Hijos de Nabrissa Veneria Chapter 5
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Chapter 5

Capítulo IV — El eco de las sombras

El despertar llegó pesado. Antes habían acompañado a Paulus a su casa.

Sobre los tejados aún se alzaban columnas de humo: el fuego que Tiberius había provocado en los pasadizos del liceo había encontrado salida por grietas ocultas, despertando a medio barrio durante la noche.

En la casa de Remilia, el aire estaba cargado de silencio.Claudia permanecía en el atrio, sentada junto al impluvium, con la trenza negra aún húmeda tras haberse lavado el rostro. Sus ojos, antes vivos, estaban ahora perdidos en un punto fijo del agua.

Marcus se acercó despacio.

Marcus tomó asiento frente a ella. El reflejo de la lámpara en el agua oscilaba entre ambos.

—Vuestro padre buscó la verdad hasta el final. Quizá él supo algo que aún no nos ha sido revelado.

Claudia apretó los labios, pero no respondió. El miedo en su pecho se mezclaba con una intuición que no sabía explicar.

En ese momento entró Tiberius. Su paso era enérgico y acompasado  pero en su rostro aún brillaba el cansancio de la noche.

—La ciudad ya habla —anunció—. Dicen que anoche hubo un temblor bajo el liceo y que se vieron llamaradas salir de la tierra. Los rumores vuelan más rápido que los guardias.

Remilia apareció desde el tablinum, con un manto sobre los hombros. Su mirada era severa, pero al mismo tiempo cargada de preocupación.

—Y cada rumor acerca más a Valerius a nuestro umbral. El magistrado no necesita pruebas: le basta con señalar culpables.

Marcus asintió.

—No tardará en buscarnos. Y cuando lo haga, querrá pruebas de nuestra lealtad.

Claudia rompió el silencio con voz temblorosa:

—¿Y si nos pasa lo mismo que le pasó a padre?—

Tiberius dio un paso adelante y puso una mano firme en el hombro de su hermana.

—No. Yo no permitiré que te ocurra nada, lo juro.

Antes de que pudiera decir nada más, un golpe sonó en la puerta.

—Era un mensajero del magistrado. Traía una tablilla sellada.

Remilia intercambió una mirada con Marcus y tomó el documento. El sello de Gaius Valerius brillaba en cera roja, inconfundible.

Remilia rompió el sello de cera con mano firme, aunque sus dedos temblaban apenas. Desenrolló la tablilla encerada y leyó en voz baja:

— “ Por mandato del magistrado Gaius Valerius, se convoca a Marcus, quien fuera discípulo de Vito, y a sus hijos Claudia y Tiberius, a comparecer mañana en el foro de Nabrissa. Serán interrogados acerca de los sucesos acaecidos en los túneles del liceo. La ausencia será considerada como prueba de desobediencia al Senado local.”

El silencio que siguió fue más pesado que las palabras mismas.

Claudia  se levantó.

—Sabía que acabaría señalándonos. ¡Nos quiere como culpables!

Remilia cerró la tablilla con gesto serio.

—No podemos ignorar una citación. Rechazarla sería entregar a Valerius la excusa perfecta para acusarnos de traición.

Claudia, miró a Marcus con ojos de súplica.

—¿Y si todo esto es una trampa? ¿Y si no salimos del foro?

Marcus sostuvo su mirada. La lámpara iluminaba las arrugas en su rostro, marcadas por años de estudio y sacrificio.

—Entonces iremos preparados. No como víctimas, sino como testigos de la verdad.

Tiberius arqueó una ceja, con una calma demasiado contenida.

—¿Y qué verdad espera escuchar Valerius? ¿Que su ciudad está infestada de encapuchados que sacrifican animales bajo el liceo? Se reirá en nuestra cara.

Remilia intervino.

—No subestiméis a Valerius. Puede reír en público y, en privado, firmar una condena.

Claudia abrazó sus rodillas.

—No quiero que nos dividan. Si nos enfrentamos a él, debemos hacerlo juntos.

Marcus asintió lentamente.

—Mañana compareceremos. Y lo haremos como lo que somos: la familia de Vito. Que Valerius vea que aún quedamos quienes no temen hablar.

La determinación en sus palabras encendió un destello de coraje en los ojos de Claudia y Tiberius. Pero todos sabían que, bajo aquella fachada, el día siguiente podría sellar su destino.

No todos en Nabrissa conocían la historia de Marcus, pero quienes la sabían nunca la contaban con lástima, sino con respeto.

Había llegado a aquella casa cuando apenas era un niño, sin padre ni madre, sin más pertenencias que una túnica gastada y la mirada inquieta de los que no conocen todavía su lugar en el mundo.

Fue Vito quien lo llevó de la mano hasta el umbral y, con la sencillez que lo caracterizaba, lo presentó como quien no hacía una caridad, sino lo que debía hacerse.

“ Aquí no faltará pan ni enseñanza”, dijo entonces. Y así fue.

Marcus creció entre tablillas enceradas, perfumes de mosto y el murmullo constante de la casa de Vito, donde cada amanecer empezaba con lectura y cada noche terminaba con silencio y reflexión.

Remilia lo aceptó desde el primer día sin preguntas ni reservas; jamás lo trató como intruso, sino como otro hijo bajo su cuidado discreto y firme.

Aprendió a leer, a escribir, a pensar con orden y a mirar el mundo con calma, como Vito hacía.

Aprendió también a barrer el patio, a cargar ánforas y a remendar lo que se rompía.

La vida en esa casa era trabajo y dignidad, no favores.

Nunca hubo proclamaciones de afecto ni palabras altisonantes; no hacían falta.

La cercanía se forjó en los inviernos compartidos, en las lecciones repetidas junto al lucernario, en los veranos de vendimia donde todos trabajaban hombro con hombro.

Para los vecinos era natural ver a Marcus junto a la familia; para los niños de la ciudad, era simplemente parte de la casa de Vito. Nada más, y nada menos.

Cuando Vito murió, Marcus tenía la edad suficiente para marcharse si hubiera querido, pero no lo hizo.

Permaneció allí sin reclamar nada, cuidando de la casa, del patio, de los libros y, sobre todo, de Tiberius y Claudia, a quienes había visto crecer como hermanos menores, aun sin serlo.

No pretendía ocupar el lugar de nadie, ni proclamarse jefe ni tutor; simplemente seguía allí, como parte del muro que sostiene sin necesidad de mostrarse.

Nadie en Nabrissa lo cuestionaba. Esa casa era la suya no por sangre, sino por años, por gratitud y por esa lealtad silenciosa que no necesita juramentos.

Y aunque Marcus rara vez hablaba de su pasado, bastaba con verlo entrar por la puerta para entender que, para él, aquel hogar no era refugio improvisado, sino destino escogido.

La noche se había asentado sobre Nabrissa. El atrio de la domus permanecía en silencio, iluminado apenas por la luna que se reflejaba en el impluvium. Marcus se quedó junto a la fuente, observando el movimiento del agua, cuando escuchó pasos ligeros a su espalda.

Era Claudia. Caminaba despacio, envuelta en un manto claro con la inquietud de quien carga con un peso que no entiende del todo.

—No puedo dormir —admitió, sentándose frente a él.

Marcus asintió, sin sorprenderse.

—Tampoco yo.

—Siento como si algo me vigilara, como si mi destino ya no me perteneciera.

Marcus la miró con una mezcla de ternura y gravedad.

—Los cultos siempre buscan símbolos en las personas. Claudia. Eres hija de Vito, y eso basta para que nos teman.

Ella bajó la vista al agua.

—Padre siempre decía que yo debía aprender a escuchar. Pero lo que escucho ahora son susurros que me persiguen incluso en sueños.

Marcus tomó aire, recordando al hombre que había sido su maestro.

—Escuchar no es obedecer. Es comprender. Si conviertes esos sueños en miedo, ellos ganan. Si los conviertes en fuerza, tú decides.

Claudia levantó la mirada. En sus ojos había lágrimas contenidas, pero también una chispa de coraje.

—Prométeme algo, Marcus. Pase lo que pase mañana en el foro no nos dejes solos.

Él extendió la mano y la apoyó sobre la de ella.

—Jamás lo haré.

—Una mujer pide hablar con Marcus, dice que es urgente.- dijo un esclavo que había entrado pidiendo permiso.

Claudia se puso en pie, desconcertada. Marcus salió al atrio y allí, bajo la luz de la luna, encontró a Julia. Llevaba una túnica oscura con capucha, y su cabello rubio escapaba en mechones que brillaban como oro apagado.

—No podía esperar—dijo en voz baja—. Valerius prepara algo más que una simple citación.

—¿Cómo lo sabes?

Julia se acercó, asegurándose de que nadie más escuchara.

—Mi padre comercia con las casas más poderosas. Hoy escuché a un cliente hablar de una lista… una lista con nombres de sospechosos. El tuyo, el de Claudia y el de Tiberius están los primeros.

Claudia, que había salido detrás, se quedó helada.

—Entonces¿mañana será un juicio?

Julia la miró con compasión.

—Será una exhibición. Valerius quiere demostrar que nadie está por encima de la curia. Y si puede humillarnos delante de toda la ciudad, lo hará.

Marcus apretó la mandíbula.

—Gracias por venir.

Julia alargó la mano y rozó la suya, apenas un instante.

—Ten cuidado. Si decides hablar mide y piensa antes con serenidad. Porque mañana, cada palabra puede salvaros o condenaros.

La brisa nocturna agitó los mantos de ambos. Julia se retiró en silencio, perdiéndose en la calle oscura. Marcus la siguió con la mirada, consciente de que la línea entre la lealtad y la traición sería más fina que nunca.La noche quedó atrás en un suspiro.

El sol del mediodía caía implacable sobre el foro de Nabrissa Veneria.

Las columnas proyectaban sombras acortadas sobre la explanada repleta de ciudadanos: comerciantes, artesanos, marineros y esclavos que habían abandonado sus tareas para presenciar el acto.

La voz de los pregoneros había corrido rápido: el magistrado Gaius Valerius convocaba a los hijos de Vito, acusados de profanar los túneles del liceo.

Claudia  avanzaba junto a su hermano. Sentía las miradas clavadas en ella como dagas invisibles. Algunos susurraban su nombre con respeto; otros, con miedo. Tiberius, más erguido, sostenía la mirada de quienes lo observaban, con una mezcla de orgullo y desafío.

Marcus marchaba entre ambos. Su túnica blanca estaba impecable, pero su mano descansaba discretamente sobre el puñal oculto bajo el pliegue del manto. Sabía que aquel día no era solo un interrogatorio: era un espectáculo de poder.