Hijos de Nabrissa Veneria Chapter 4 #3
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Chapter 4 #3

Tiberius se tensó.

—Ya no estamos buscando rastros. Ellos están aquí.

Marcus apagó la lámpara con un soplido, y el grupo quedó envuelto en la oscuridad, mientras los pasos y los cánticos se acercaban cada vez más.

La oscuridad era casi total, pero los cánticos guiaban sus pasos.

Marcus avanzó en silencio, con la mano extendida para indicar a los jóvenes que lo siguieran.

El pasadizo desembocaba en una cámara más amplia, sostenida por columnas de piedra tosca.

Desde allí, una abertura permitía asomarse a otra sala iluminada por antorchas.

Se agazaparon en la penumbra.

Al otro lado, una veintena de figuras encapuchadas se disponían en círculo.

Llevaban túnicas oscuras ceñidas con correas de cuero, y en sus rostros brillaban las grotescas máscaras.

Entre ellos, un sacerdote alzó una crátera de vino, derramando parte del líquido sobre un altar cubierto de ramas de hiedra.

— Io Bacchus —clamaron al unísono las voces, haciendo retumbar las paredes.

Claudia se estremeció. Su respiración se aceleró al ver cómo uno de los iniciados sacaba de entre las sombras un cabrito, al que adornaron con guirnaldas antes de llevarlo al centro del círculo. El animal baló débilmente, y las voces crecieron en intensidad.

—Quieren sangre —susurró Tiberius.

Marcus lo obligó a mantenerse agachado.

—Silencio. Si nos descubren, no saldremos de aquí.

El sacerdote hundió una daga en el animal. La sangre fue recogida en un cuenco, y con ella comenzó a trazar símbolos en el suelo: espirales, círculos en llamas, el mismo racimo de uvas que habían visto en mosaicos y tablillas.

Claudia sintió que la visión de su sueño regresaba con fuerza: aquel círculo de fuego ardía de nuevo ante sus ojos, como si la piedra misma lo reclamara.

Uno de los encapuchados se adelantó. En su máscara, el rostro estaba pintado con tonos rojos y negros. Tomó el cuenco de sangre y lo alzó hacia el techo, pronunciando palabras en un latín arcaico que apenas entendieron.

Paulus, temblando, murmuró entre dientes:

—Prometen la vida eterna en el vino a cambio de cuerpos y silencio.

Claudia lo miró con horror.

—¿Cómo sabes eso?

El muchacho no respondió.

Las voces alcanzaron un clímax. El sacerdote golpeó el suelo con la crátera, haciendo saltar gotas de vino y sangre alrededor. Las máscaras se inclinaron al unísono, y el círculo de fuego trazado en el suelo pareció arder bajo la luz de las antorchas.

Claudia estuvo a punto de levantarse, pero Marcus la contuvo.

—No ahora. Observa. Aprende.

El silencio posterior fue tan profundo como el canto había sido ensordecedor. Las figuras encapuchadas se arrodillaron, murmurando plegarias que parecían venir de siglos pasados.

Tiberius apenas podía respirar. Todo en aquel lugar parecía vibrar con una fuerza oscura, como si el suelo mismo quisiera engullirlos.

Un crujido rompió el silencio. Paulus, en su tensión, había rozado con el pie una piedra suelta. El eco se expandió como un trueno en la penumbra.

Las cabezas enmascaradas se alzaron al instante. Un murmullo recorrió la sala; las antorchas giraron hacia la abertura donde el grupo se escondía.

—¡Intrusos! —bramó el sacerdote, alzando la daga aún manchada de sangre.

Marcus no dudó. Tomó a Tiberius del brazo y tiró de él, mientras Claudias se ponía en pie con una rapidez feroz. Paulus retrocedió, pálido como la cera. Durante un instante deseó no haber encontrado jamás aquellos papiros.

Los encapuchados se abalanzaron hacia el pasadizo. El estrépito de sandalias contra la piedra llenó el aire. Marcus desenvainó su puñal y se plantó en el umbral, conteniendo el primer golpe de uno de los hombres. El metal chirrió en la oscuridad.

—¡Corred! —gritó, forcejeando.

Tiberius no obedeció. Con una agilidad inesperada, arrancó una antorcha del muro y la blandió contra los atacantes. La llama iluminó su rostro, y en sus ojos brillaba una inteligencia salvaje, calculando cada movimiento.

Claudia, retrocedió unos pasos, pero algo dentro de ella se negó a huir del todo. Sus ojos se fijaron en el mosaico del círculo de fuego, que parecía latir bajo la luz. Una certeza la atravesó: no era solo un símbolo, era una advertencia o una llamada.

El sacerdote se abrió paso entre sus hombres. La máscara grotesca ocultaba su rostro, pero su voz resonó con autoridad:

—¡Cogedlos!—

Marcus golpeó con el puñal, hiriendo a uno de los encapuchados, y gritó hacia ella:

El pasadizo se estrechaba, y el aire se llenó de humo cuando Tiberius lanzó la antorcha contra un montón de ramas secas, encendiéndolas.

Las llamas crecieron, obligando a los encapuchados a retroceder por un momento. El calor abrasó la sala, proyectando sombras monstruosas sobre las paredes.

—¡Rápido! —exclamó Marcus, reuniéndolos mientras retrocedían hacia la salida.

Pero mientras huían, la voz del sacerdote resonó detrás de ellos, clara y aterradora:

—El círculo de fuego se cerrará y cuando lo haga, ninguno escapará.

Las palabras los persiguieron por los pasadizos, más amenazadoras que el propio fuego.