Chapter 4 #2
Ella bajó la mirada hacia la cesta, como buscando refugio en un gesto cotidiano.
El silencio entre ambos se llenó de significados que Claudia no alcanzaba a descifrar, pero que intuía con claridad.
Tiberius soltó una carcajada contenida.
—Vaya, maestro. No sabía que también tenías secretos fuera de los túneles.
Marcus le lanzó una mirada severa, pero Claudia sonrió con complicidad. Por primera vez en días, había visto en Marcus algo más humano, más cercano.
—Marcus —repitió, ahora más cerca, con un tono más íntimo—. No me engañes: tus ojos dicen que traes preocupaciones más pesadas que una cesta de dátiles.
Él tomó aire. Aquel gesto suyo, directo y a la vez lleno de ternura, lo desarmaba como ninguna amenaza.
—No es lugar para hablar —contestó, mirando de reojo a los guardias que patrullaban la ribera.
Durante un instante se percibió en Julia la hija de un comerciante acostumbrada a leer el mercado y los hombres con igual precisión.
Claudia intercambió una mirada con su hermano. Ella, con su intuición aguda, captó al instante la intensidad que unía a Julia y Marcus. Tiberius, más pragmático, simplemente sonrió con ironía.
—Si necesitas ayuda, sabes dónde encontrarme. Mi casa del lago siempre tendrá un lugar para ti y para los hijos de Vito.
Antes de marcharse, tomó uno de los dátiles de la cesta y lo puso en la mano de Claudia.
—Para la hija de Vito —dijo con cariño—. Tu padre fue siempre un hombre de honor.
Claudia la miró sorprendida, pero agradeció el gesto. Julia se despidió entonces con un movimiento elegante, y su figura rubia se perdió entre los puestos del puerto.
El silencio quedó flotando unos segundos entre ellos.
Claudia apretó el dátil en su mano, como si fuese más que un simple fruto.
La luna ascendía sobre los tejados cuando se acercaron al liceo.
El edificio, erigido con columnas austeras y muros de piedra blanca, parecía más solemne en la penumbra que durante las horas de estudio.
El silencio lo envolvía todo, roto solo por el ulular de un búho desde el cerro del templo de Baco, que dominaba la ciudad desde lo alto.
Paulus se detuvo junto a una puerta lateral, medio oculta tras una higuera. Sacó una pequeña llave de bronce que colgaba de un cordón en su cuello.
—Esta es la entrada a las bodegas —explicó en voz baja—. Nadie nos verá.
Tiberius lo miró con recelo.
—O quizá nos esperan.
El aprendiz tragó saliva, pero abrió igualmente. La puerta cedió con un crujido, y un soplo de aire suave los envolvió.
Avanzaron por un corredor angosto. El suelo estaba cubierto de mosaicos gastados: figuras geométricas, racimos de uvas, rostros de filósofos. Claudia rozó con los dedos una de las paredes, y la piedra áspera le transmitió un frío repentino.
—Aquí mismo estudiaba padre —susurró—. Puedo sentirlo.
Marcus levantó la lámpara de aceite, que proyectó sombras alargadas sobre los muros. Reconocía aquel lugar: había sido alumno de Vito en esas aulas, había caminado por esos pasillos con la ilusión de que el conocimiento podía iluminarlo todo.
Pero ahora, en la penumbra, el liceo parecía otro: un santuario profanado por secretos.
Paulus los condujo hasta unas escaleras de caracol que descendían. El olor a humedad y barro se intensificaba.
—Estas bodegas conectan con pasadizos más antiguos —explicó el muchacho—. Nadie habla de ellos, pero yo encontré tablillas escondidas en las estanterías.
Claudia miró a Marcus, inquieta.
—¿Y si nos llevan al mismo corazón que buscaban los encapuchados?
El maestro asintió.
—Entonces debemos estar preparados.
Claudias apretó los puños.
—Lo estamos.
Llegaron a una puerta de madera reforzada con hierro. Paulus colocó la llave y giró con esfuerzo. El chirrido resonó en la oscuridad como un eco.
La puerta se abrió lentamente, revelando un pasadizo más profundo, cubierto de inscripciones toscas. Algunas parecían hechas siglos atrás; otras, frescas, con trazos aún oscuros de vino reseco.
Marcus se inclinó sobre una de ellas. Reconoció el símbolo del círculo de fuego.
—No cabe duda —murmuró—. Los cultos han hecho de este lugar su refugio.
Un murmullo lejano recorrió el corredor, como un cántico apenas audible. Claudia se estremeció.
Paulus apretó los papiros contra su pecho y susurró:
—Ya lo sabían. Nos estaban esperando.
Avanzaron con cautela por el pasadizo. La lámpara de Marcus apenas alcanzaba a iluminar los muros húmedos, donde aparecían símbolos tallados a toda prisa: espirales incompletas, racimos de uvas desfigurados, círculos que parecían ojos observando desde la piedra.
La piedra estaba fría, pero el trazo era reciente, aún impregnado de vino.
—Alguien estuvo aquí hace poco —susurró.
Paulus asintió, casi temblando.
—No es la primera vez que lo veo. Cada luna nueva aparece un signo distinto. Como si marcaran un camino que no se puede ver.
Tiberius miraba las inscripciones con la mente ágil que lo caracterizaba.
—No es un simple adorno. Es un lenguaje cifrado. Cada espiral, cada racimo señala una dirección o un ritual concreto. Esto no es fanatismo improvisado, es como si alguien llevaba generaciones planificando cada detalle.
Marcus lo miró con atención.
Más adelante, el pasadizo se ensanchó en una sala baja sostenida por pilares toscos. En el centro había restos de ofrendas: copas volcadas, ramas secas de hiedra, fragmentos de máscaras de barro cocido.
Claudia se inclinó a recoger una de ellas. La arcilla se desmoronó entre sus manos, dejando al descubierto el dibujo de un rostro grotesco, con la boca abierta en un grito eterno.
—Son las mismas máscaras que llevaban los encapuchados.
En un rincón de la sala, un mosaico fragmentado cubría parte del suelo. Aunque deteriorado, se distinguía un racimo rodeado de lenguas de fuego. Claudia contuvo el aliento.
—Otra vez el círculo de fuego.
Marcus se arrodilló para examinarlo. El desgaste de las teselas revelaba que había sido pisado durante generaciones, como si los rituales hubieran tenido lugar allí mucho antes de Roma.
—Esto es más antiguo de lo que pensábamos —dijo con voz grave—. El culto no nació con nuestros tiempos. Viene de muy atrás.
El murmullo de cánticos volvió a escucharse, ahora más cercano. Voces graves, acompasadas, que se filtraban desde algún pasadizo contiguo.