Chapter 4
Capítulo III — Voces en el foro
Un nuevo día devolvió a Nabrissa Veneria su bullicio habitual.
El foro estaba repleto de comerciantes que desplegaban paños de colores, aceitunas recién recolectadas y ánforas de vino destinadas a Hispalis y Gades.
Los pregoneros voceaban las noticias de la víspera: un cadáver hallado en la ribera, rumores de sectas prohibidas, órdenes del magistrado para reforzar las patrullas nocturnas.
Claudia caminaba entre la multitud junto a Tiberius y Marcus.
Su trenza negra resaltaba sobre la túnica clara y sus ojos se movían inquietos, atentos a cada conversación.
Su mente seguía atrapada bajo la ciudad.
Desde la noche anterior, cualquier conversación cotidiana le parecía extraña, como si Nabrissa continuara viviendo sin saber que, bajo sus calles, respiraba un peligro que podía cambiarlo todo.
Le sorprendía que la gente siguiera comprando pan, discutiendo por el precio del vino o riendo con absoluta normalidad.
¿Era posible que el mundo siguiera igual cuando el suyo acababa de romperse?
En contraste, su hermano parecía absorberlo todo con mente analítica: los precios de los comerciantes, las palabras exactas de los rumores, los gestos nerviosos de quienes los repetían.
—La ciudad habla de lo sucedido —murmuró Tiberius—. Y sin embargo nadie se atreve a nombrar a Baco en voz alta.
Marcus asintió, sin dejar de observar a los hombres que colocaban tablillas de edictos en el pórtico del Senado local.
—El miedo es la mejor arma de un magistrado. Mantiene a la gente en silencio.
Un anciano vendedor de higos los detuvo con un gesto. Su túnica estaba raída, pero en su mirada había un brillo de alarma.
—Vosotros, los hijos de Vito. Tened cuidado. Dicen que la curia os vigila.
Claudia se inclinó hacia él.
—¿Quién lo dice?
El hombre dudó, luego señaló discretamente hacia el grupo de notables que se reunía junto a la estatua de Augusto. Entre ellos estaba Gaius Valerius, conversando con un escriba.
Marcus colocó una mano en el hombro del anciano, agradeciéndole en silencio, y lo dejó marchar.
—Valerius quiere controlarlo todo —susurró—. Y lo que no puede controlar, lo silencia.
Mientras avanzaban, el bullicio se volvió más denso. Un joven orador se subió a una tarima improvisada y comenzó a gritar contra los abusos del magistrado. El pueblo lo rodeó, aplaudiendo o murmurando, según el ánimo de cada cual.
Tiberius se detuvo, fascinado.
—¿Lo ves? No todos callan. La ciudad empieza a despertar.
Claudia lo tomó del brazo, preocupada.
—Despertar puede ser peligroso cuando los ojos equivocados te observan.
Marcus notó cómo dos guardias se acercaban entre la multitud. No iban tras el orador, sino tras ellos. El corazón le dio un vuelco: el juego de Valerius se estaba cerrando cada vez más rápido.
—Seguid caminando —ordenó en voz baja—. Y no miréis atrás.
Los pasos de los guardias se acercaban. Marcus aceleró el paso, llevando a Claudia y Tiberius hacia la explanada del foro, donde el bullicio podía confundirse con una salida discreta.
Pero el murmullo del gentío se volvió bullicioso cuando un grupo de comerciantes descargó ánforas en medio del camino, bloqueando el paso.
—Por aquí —susurró Marcus, desviándolos hacia un pasadizo lateral que bordeaba el pórtico del teatro.
Las columnas altas proyectaban sombras frescas. Desde dentro llegaba el eco de voces ensayando una tragedia; actores y músicos se movían entre bastidores, ajenos a la persecución que ocurría fuera.
Claudia se detuvo un instante, fascinada. A través de una rendija vio el escenario iluminado por antorchas, y en su mente apareció fugaz la imagen de su padre, Vito, hablándole de los mitos que unían a los hombres con los dioses.
—Claudia, ahora no te puedes parar —la reprendió Marcus, tirando de ella.
Doblaron una esquina y el ruido del puerto les golpeó de lleno.
Las aguas del lago Lagustín reflejaban el sol del mediodía, y las barcas amarradas se mecían suavemente.
El olor a pescado impregnaba el aire. Los pescadores voceaban el precio de las capturas, y niños correteaban descalzos por los muelles.
—Si cruzamos por el embarcadero, los perderemos —dijo Tiberius, con determinación.
Marcus evaluó el terreno. Los guardias seguían ganando terreno; no había tiempo para rodeos.
Un muchacho salió de entre los puestos de redes. Vestía una túnica corta manchada de barro y llevaba un rollo de papiros bajo el brazo. Reconoció a Marcus y se acercó de inmediato.
—¡Maestro! —susurró agitado—. Venid, por aquí.
Era Paulus, su aprendiz del liceo. Un joven brillante e inquieto en el que Marcus había puesto muchas esperanzas. Con rapidez los condujo entre cestas de pescado y barriles, hasta una escalerilla que descendía a un embarcadero menor.
—Los guardias no se atreverán a registrar aquí —dijo con voz temblorosa—. No sin permiso del gremio de pescadores.
Marcus lo miró con atención.
—¿Qué haces aquí, Paulus?
El joven bajó la vista.
—Buscando lo mismo que vosotros… respuestas.
Antes de que pudiera añadir nada más, los gritos de los soldados retumbaron en el muelle. Marcus hizo una seña a Claudia y Tiberius, y los cuatro se internaron por la escalerilla de madera, escondiéndose bajo los toldos que cubrían una barca vacía.
El golpeteo de sandalias pasó por encima, y las voces se alejaron poco a poco hacia el mercado.
Claudia exhaló aliviada. Tiberius, en cambio, no apartó la vista de Paulus.
—Un aprendiz del liceo en el puerto, con papiros bajo el brazo… —dijo con suspicacia—. O sabes demasiado, o no estás aquí por casualidad.
Paulus lo miró en silencio. Sus manos temblaban, pero en su rostro se dibujaba la sombra de un secreto aún no revelado.
Resguardados bajo el toldo de la barca, el murmullo del puerto cubría sus voces. Marcus fijó la mirada en el joven que no dejaba de apretar contra su pecho los papiros.
—Habla, muchacho —dijo Marcus con tono firme—. ¿Qué ocurre?
Paulus tragó saliva. Sus ojos oscuros brillaban de inquietud. Llevaba días preguntándose si debía quemar aquellos papiros o entregárselos a Marcus. Cada noche tomaba una decisión distinta. Aquella mañana comprendió que el miedo empezaba a parecerse demasiado a la cobardía.
—En el liceo algunos maestros no enseñan todo lo que deberían. He encontrado notas en tablillas antiguas, escondidas entre tratados de geometría. Dibujos de espirales, racimos, círculos de fuego.
Claudia se inclinó hacia él, el rostro iluminado por la luz que se filtraba entre las tablas del embarcadero.
—¿Cómo los conseguiste?
El muchacho dudó, pero finalmente levantó los papiros. Eran copias torpes, hechas con tinta reciente, de símbolos que Claudia reconoció de inmediato.
—Son los mismos que vimos en los túneles —susurró, acariciando una de las hojas.
Tiberius parecía desconfiado.
—¿Y por qué iba un aprendiz a copiar símbolos prohibidos?
Paulus lo sostuvo la mirada, nervioso pero sin retroceder.
—Porque no quiero vivir en una ciudad gobernada por el miedo. Porque sé que vuestro padre murió buscándolos. Y porque alguien en el liceo sigue protegiendo a los cultos.
Marcus lo miró con inquietud.
—¿Qué insinúas?
El joven bajó la voz.
—Alguien ha estado guardando fragmentos de esas tablillas en los lugares más insospechados.
Marcus sintió una punzada de decepción. Siempre había creído que los enemigos se encontraban fuera de los muros.
Descubrir que podían esconderse entre quienes dedicaban su vida a enseñar le resultaba mucho más difícil de aceptar.El silencio cayó entre ellos.
El movimiento del agua y el graznido de las gaviotas llenaron el vacío.
Claudia percibió la tensión en el rostro de Marcus: entre incredulidad y temor.
—Si lo que dices es cierto —dijo finalmente—, entonces los túneles no son el único lugar donde debemos buscar. El liceo mismo está infectado.
Claudia se mordió los labios.
—Entonces no tenemos más remedio que volver.
Paulus alzó la vista, con un destello de orgullo.
—Yo os guiaré. He estudiado en los pergaminos pasadizos que se utilizan para ir de las aulas a las bodegas. No todos aparecen en los planos.
Claudia lo observó en silencio. Había algo en aquel muchacho, en su mezcla de miedo y valentía.
Marcus apoyó una mano en el hombro de Paulus.
—Si nos ayudas, pondrás tu vida en riesgo.
El joven apretó los labios y asintió.
—Ya lo sé. Pero prefiero arriesgarme que seguir fingiendo que no pasa nada.
El bullicio del puerto se fue transformando a medida que el sol descendía sobre las aguas del lago. Barcas cargadas de redes regresaban lentamente, mientras los vendedores voceaban las últimas ofertas del día.
Claudia y Tiberius caminaban juntos, aún tensos por lo ocurrido, cuando Marcus se detuvo de repente. Entre los puestos de cerámica y telas la reconoció no la veía desde hacía meses.
Julia .
Vestía una túnica ligera color marfil, ceñida a la cintura con un cordón rojo.
Su cabello estaba recogido en un moño trenzado que dejaba escapar algunos mechones, y sus ojos reflejaban la luz dorada del atardecer con una calidez serena.
Sostenía una cesta con dátiles frescos, conversando con una vendedora, hasta que giró la cabeza y lo vio.
Sus miradas se encontraron, y por un instante el ruido del puerto pareció desvanecerse.
—Marcus… —murmuró ella, avanzando con paso lento.
Él inclinó ligeramente la cabeza, tratando de mantener la compostura. Hacía años, cuando aún era discípulo de Vito, había compartido largas charlas con Julia en los jardines del liceo. Ella era hija de un comerciante local, y su inteligencia y dulzura habían dejado una huella profunda en él.
—Julia —respondió, con voz más baja de lo que pretendía.
Claudia lo observó con sorpresa. Nunca había visto a su maestro titubear de esa manera. Tiberius arqueó una ceja, intuyendo de inmediato lo que ocurría.
Julia sonrió con suavidad.
—Dicen que la ciudad ya no es segura y ahora os encuentro aquí, en medio del puerto.
Marcus asintió.
—Nabrissa nunca fue tan segura como parecía.