Chapter 3 #3
—No os alarméis. No busco perseguiros… siempre que vuestra curiosidad sirva al bien de la ciudad.
Claudia no pudo contenerse.
—¿Y qué bien se obtiene ocultando cámaras y símbolos?
Los guardias dieron un paso adelante, pero Valerius levantó la mano para detenerlos.
—La juventud siempre confunde justicia con rebeldía. Tu padre lo sabía, muchacha, y por eso trató de guiaros. —Su mirada se endureció—. No cometáis el mismo error que lo llevó a la tumba.
La voz del magistrado sonaba menos a advertencia que a amenaza.
Marcus dio un paso atrás, sin romper la compostura.
—Recordaré tus palabras, Gaius Valerius.
El magistrado inclinó apenas la cabeza, como si hubiera logrado lo que quería: sembrar la duda. Después se volvió hacia sus hombres y continuó hablando con los notables.
Los tres descendieron las escaleras en silencio. En los ojos de Claudia ardía la rabia, mientras Marcus luchaba contra el miedo. Tiberius, en cambio, guardaba en su mente cada gesto, cada palabra del magistrado.
Sabía que aquel hombre no era un simple político. Era un jugador de poder, y en su tablero las piezas se movían ya hacia un desenlace oscuro.
La noche había caído sobre la ciudad. En el atrio de la casa de Remilia, las lámparas de aceite arrojaban destellos dorados sobre los mosaicos del suelo y el murmullo de la fuente llenaba el silencio.
Tiberius estaba sentado junto al brocal, con la espalda erguida y la cabeza inclinada. Resaltando el brillo cálido de sus ojos verdes. Su serenidad era evidente incluso en la penumbra.
—No podemos esperar más —dijo Claudia de pronto, rompiendo el silencio—. Padre lo intentó solo, y murió. Si nosotros nos quedamos aquí, los encapuchados seguirán creciendo en las sombras.
Tiberius levantó la vista, con una calma que contrastaba con el ímpetu de su hermana.
—Padre también sabía que lanzarse sin comprenderlo todo es igual que caer en su trampa. Yo… yo siento que sus sueños quieren guiarme. Quizá lo que vi en el altar no fuera casualidad.
Tiberius dejó escapar un suspiro de preocupación por su hermana y se pasó la mano por el cabello.
—Siempre tus visiones, Claudia. La ciudad no necesita sueños, necesita respuestas.
Marcus intervino antes de que la discusión creciera. Se inclinó hacia ellos, con la lámpara en la mano, y su rostro quedó iluminado a medias.
—Nabrissa necesita ambas cosas. Razón y visión. Vuestro padre lo sabía. Y por eso os dejó a cada uno una parte de sí mismo.
Remilia, que hasta entonces había escuchado en silencio, habló con voz serena:
—Tu padre confiaba en vosotros, aunque de formas distintas. A ti, Tiberius, te vio como la mente que sabría descifrar los signos. A ti, Claudia, como el corazón capaz de escuchar lo que otros no quieren oír.
Las palabras flotaron en el aire, y por un momento los hermanos se miraron con una mezcla de rivalidad y complicidad. Marcus percibió en ese instante lo que Vito había dejado tras de sí: no solo un secreto, sino una herencia compartida que, si aprendían a unirse, podía salvarlos o destruirlos.
El esclavo de la casa apareció.
—Señora… han encontrado algo en la ribera. Un cadáver.
Remilia se puso en pie con gesto grave y tomó un manto para cubrirse. Marcus miró a Claudia y Tiberius: no había opción de quedarse atrás.
La ribera estaba iluminada por antorchas cuando llegaron. Un pequeño grupo de pescadores se agolpaba en torno a un cuerpo tendido sobre la arena húmeda. Guardias del magistrado mantenían el perímetro, mientras uno de ellos conversaba en voz baja con un escriba que tomaba notas apresuradas.
Marcus apartó a un curioso y se abrió paso con los jóvenes. El olor a agua estancada y sangre lo golpeó de inmediato.
El cadáver pertenecía a un hombre joven, quizá un artesano. El torso estaba desnudo y marcado con símbolos pintados en vino reseco: racimos de uva, círculos entrelazados, una espiral que terminaba sobre el corazón.
Claudia sintió un vuelco en el estómago.
—Es… el mismo signo que vimos en el altar.
Tiberius se inclinó, estudiando los trazos con ojos brillantes de inteligencia.
—No es solo un adorno ritual. Es un mensaje.
Marcus lo tomó del hombro y lo obligó a retroceder.
—Demasiado cerca, Tiberius. No sabemos si aún nos observan.
En ese momento apareció Gaius Valerius, escoltado por dos lictores. Su toga impecable contrastaba con la crudeza de la escena.
—¡Apartaos! —ordenó con voz firme—. Este asunto será tratado por la curia.
Marcus lo enfrentó con calma.
—¿Y qué explicación darás al pueblo cuando los símbolos de Baco aparezcan en plena ribera?
El magistrado lo miró con frialdad, sin responder. Luego ordenó a sus hombres que cubrieran el cuerpo y lo trasladaran.
Claudia observó cómo se llevaban al muerto. El resplandor de las antorchas iluminaba el rostro de Tiberius, llenos de preguntas que ninguno se atrevía a formular en voz alta.
Remilia apretó el manto contra su pecho.
—Empieza de nuevo —susurró—. Lo que vuestro padre temía ha vuelto.
La brisa nocturna agitó las aguas del lago, arrastrando el eco de las voces que parecían susurrar desde los túneles. Y en lo más profundo de Nabrissa Veneria, las sombras aguardaban, paciente