Chapter 3 #2
El sol ascendía ya sobre la ciudad, llenando de luz los tejados y arrancando destellos a los mosaicos del foro.
Los aromas del mercado inundaban las calles: pan recién horneado, aceitunas aliñadas, hierbas aromáticas y el inconfundible olor de los guisos que comenzaban a cocinarse en las cauponae, las tabernas donde viajeros y comerciantes se reunían para comer y descansar.Marcus se detuvo.
—Necesitamos comer.
Claudia lo miró con sorpresa.
—¿Ahora? ¿Después de lo que acaba de ocurrir?
Marcus sostuvo su mirada con serenidad.
—Precisamente por eso. Un hombre puede sobrevivir al miedo durante horas. Al hambre, mucho menos. Y una mente agotada toma malas decisiones.
Tiberius asintió en silencio. Aunque jamás lo habría reconocido, sentía el estómago completamente vacío.
Entraron en una pequeña caupona cercana al foro.
Era un establecimiento sencillo, frecuentado por comerciantes, carreteros y artesanos.
El techo de madera estaba oscurecido por el humo de los años y las paredes conservaban restos de antiguas pinturas casi borradas por el tiempo.
Varias mesas ocupaban la estancia, mientras un esclavo recorría el local sirviendo vino rebajado con agua en jarras de barro.
Desde la cocina llegaba el aroma de un guiso de lentejas con verduras y tocino. Sobre el mostrador descansaban hogazas de pan de espelta, queso de cabra, aceitunas negras, higos secos y pequeños cuencos de garum.
Tomaron asiento en un rincón, desde donde Marcus podía vigilar tanto la puerta como la calle.
Durante unos instantes ninguno habló.
El silencio solo era interrumpido por el murmullo de los clientes y el sonido de las cucharas golpeando suavemente las escudillas de barro.
Marcus apenas probó la comida. Sus ojos regresaban una y otra vez a la entrada de la taberna.
Sabía que los hombres de Gaius Valerius podían aparecer en cualquier momento.
Aun así, se obligó a comer despacio. Vito solía repetir que quien dejaba que el miedo gobernara incluso el momento de alimentarse ya había empezado a perder la batalla.
Claudia removía distraídamente el guiso con la cuchara de madera.
Descubrió que tenía hambre, pero cada cucharada despertaba un recuerdo diferente de su padre.
Cuántas veces se habían sentado los cuatro alrededor de una mesa parecida, escuchándolo hablar de filosofía, de astronomía o de cualquier asunto capaz de despertar la curiosidad de dos niños.
Aquellos recuerdos, que antes le arrancaban una sonrisa, comenzaban ahora a dolerle.
Tiberius, en cambio, apenas prestaba atención a la comida.
Mientras masticaba observaba discretamente a todos los presentes.
Contaba cuántas personas entraban y salían del local, estudiaba las conversaciones y memorizaba los rostros.
Era incapaz de dejar de analizar cuanto ocurría a su alrededor.
Incluso descansando, su mente seguía buscando patrones.
Marcus advirtió aquella mirada inquieta y sonrió levemente.
—Sigues haciendo lo mismo que cuando eras un niño.
Tiberius levantó la vista.
—¿El qué?
—Observar antes de hablar.
El muchacho dejó escapar una pequeña sonrisa.
—Padre decía que quien escucha una taberna conoce antes una ciudad que quien escucha el Senado.
Marcus dejó escapar una risa breve.
—Sí... Eso decía.
Durante unos segundos ninguno habló.
Los tres parecieron regresar al mismo recuerdo.
Marcus fue el primero en romper el silencio.
—También decía que nunca debíamos despreciar una comida compartida. Era en torno a una mesa donde los hombres dejaban de fingir quiénes eran.
Claudia bajó lentamente la mirada.
—Lo echo de menos.
Marcus sintió un nudo en la garganta.
Él también lo echaba de menos. Mucho más de lo que permitía mostrar.
A veces aún esperaba escuchar sus pasos cruzando el patio del liceo o verlo entrar en aquella casa con algún pergamino bajo el brazo dispuesto a formular una nueva pregunta imposible.
Habían pasado años desde su muerte, pero seguía descubriéndose buscando su consejo cuando debía tomar una decisión difícil.
Tomó aire con calma antes de responder.
—Yo también.
El silencio que siguió ya no era incómodo. Era el silencio de quienes compartían una misma ausencia.
Fuera, el sol comenzaba lentamente a descender. La ciudad seguía con su vida cotidiana, ignorante de que, bajo sus calles, un antiguo enemigo había despertado de nuevo.
Marcus dejó unas monedas sobre la mesa y se levantó.
—Es hora de continuar.
Los tres abandonaron la caupona, mezclándose de nuevo con el bullicio del foro, sin sospechar que, iban a cruzarse con Gaius Valerius.
A su alrededor, los comerciantes comenzaban a recoger sus puestos
En la escalinata del edificio público, rodeado de guardias, se encontraba Gaius Valerius. Su toga ribeteada con púrpura relucía bajo la luz dorada del atardecer. Conversaba con varios notables de la ciudad, pero al verlos acercarse, levantó la mano y pidió silencio.
—Marcus y los hijos de Vito —dijo en tono medido—. Justo aquellos de quienes me han hablado hoy mismo.
Claudia y Tiberius se tensaron al escuchar el nombre de su padre en boca del magistrado. Marcus, en cambio, mantuvo la calma y subió los escalones hasta quedar frente a él.
—Nabrissa aún recuerda a Vito —respondió Marcus.
Un brillo en los ojos de Gaius Valerius dejó entrever un interés que iba más allá de la cortesía.
—Habéis estado en los túneles —dijo en voz baja, apenas audible para los cercanos—. No lo neguéis. He recibido informes.
Marcus no respondió. El silencio fue más elocuente que cualquier palabra.
El magistrado sonrió, pero su gesto era ambiguo.