Chapter 3
Capítulo II — Las huellas del pasado
El sol iluminaba los mosaicos del foro y hacía brillar los techos de tejas rojas, mientras los pregoneros anunciaban y los mercaderes desplegaban sus mercancías. La ciudad, ajena a los secretos de la noche anterior, parecía vivir en calma.
En la casa de Remilia, sin embargo, la tensión era palpable. Claudia y Tiberius permanecían en el atrio, repasando en silencio los símbolos que habían visto en los túneles. Marcus, de pie junto a la fuente, aguardaba a que la madre de ambos hablara.
Remilia se había levantado temprano. Ahora regresaba del triclinium con un cofre pequeño entre las manos. Sus dedos acariciaban la tapa como quien guarda en ella un recuerdo peligroso.
Remilia sostuvo el cofre unos instantes antes de entregarlo.
Había pasado años escondiéndolo, convencida de que aquel silencio mantenía a salvo a sus hijos.
Ahora comprendía que protegerlos ya no consistía en ocultar la verdad, sino en confiar en que fueran capaces de soportarla.
Le dolía abrir aquella tapa casi tanto como el día en que la cerró.
—Este cofre pertenecía a vuestro padre —dijo con voz serena—. Lo escondí después de su muerte, temiendo que cayera en manos equivocadas.
Lo colocó sobre la mesa y lo abrió. Dentro había pergaminos enrollados, un sello de bronce con forma de racimo de uvas y un fragmento de mosaico muy parecido al que habían visto en los túneles.
Marcus contuvo la respiración. Durante un instante dejó de ser el maestro del liceo.
Volvió a sentirse aquel muchacho que observaba a Vito con admiración mientras este le explicaba que el conocimiento era un privilegio, pero también una carga.
Nunca imaginó que un simple sello pudiera devolverlo tantos años atrás.
Reconocía el sello: Vito lo había mostrado una sola vez, en secreto, cuando aún era su maestro.
—Con esto marcaban los recipientes destinados a los rituales —explicó Remilia—. No era un simple adorno. Era un signo de pertenencia.
Claudia rozó el mosaico con cuidado.
—Es idéntico al del altar bajo la ciudad…
El silencio se apoderó del atrio. Marcus comprendió que los fragmentos formaban un todo, un mapa incompleto que señalaba un lugar aún oculto.
—Entonces vayamos allí. Si padre murió por descubrirlo, no podemos quedarnos quietos—insinuó Claudia.
Permanecer inmóvil le resultaba mucho más insoportable que cualquier peligro.
Remilia la miró con severidad.
—No seréis vosotros quienes os lancéis sin más. Hay alguien más que debe escuchar lo que habéis visto.
Tiberius la observó con sorpresa.
—¿Quién?
—Un viejo amigo de vuestro padre. —Remilia bajó la voz—. Decimus, el alfarero. Él conocía los símbolos tanto como Vito. Quizá pueda ayudaros a entender lo que significan.
Marcus asintió. Recordaba al alfarero, un hombre discreto que apenas hablaba en público pero cuyas ánforas eran enviadas incluso a Roma.
Si Vito había confiado en él, era porque veía algo que iba mucho más allá de un simple alfarero.
Su maestro siempre decía que el conocimiento rara vez habitaba en los lugares donde todos lo buscaban.
Un golpe en la puerta interrumpió la conversación. Un esclavo entró corriendo, con el rostro desencajado.
—Señora, en el mercado dicen que un grupo de guardias ha arrestado a varios hombres acusados de profanar los túneles. Y que se encontraron máscaras de barro.
Los tres se miraron en silencio.
Marcus cerró el cofre y lo cubrió con un paño.
—Entonces no tenemos tiempo que perder. Si los cultos han caído bajo sospecha, Gaius Valerius moverá sus piezas. Y cuando eso ocurra, todo lo que vuestro padre protegió estará en peligro.
El taller de Decimus se encontraba en las afueras de la ciudad, cerca de las canteras de arcilla. El aire olía a humo y barro húmedo; hornos encendidos ardían sin descanso, y los aprendices trabajaban moldeando ánforas, platos y lámparas de aceite.
Marcus, Claudia y Tiberius atravesaron el patio interior, siguiendo a un muchacho que los condujo hasta la estancia principal. Allí, entre pilas de vasijas recién cocidas, un hombre de cabello gris y manos endurecidas por el trabajo los esperaba.
—Sabía que tarde o temprano vendríais —dijo Decimus, sin alzar demasiado la voz—. La sombra de vuestro padre aún pesa sobre esta ciudad.
Claudia lo miró con asombro.
—¿Padre te habló de los símbolos?
El alfarero asintió lentamente. Se inclinó hacia una mesa donde reposaban varias ánforas decoradas con marcas apenas visibles: racimos, espirales y círculos de fuego.
—No eran simples adornos para el comercio. Eran mensajes. Vito creía que los pasadizos guardaban un secreto más antiguo que Roma misma.
Marcus se adelantó, tomando una de las ánforas entre sus manos.
—Anoche vimos esas marcas en los túneles. Los cultos de Baco las siguen usando.
Decimus clavó en él una mirada inquieta.
—Entonces ya no queda tiempo. Si los guardias han empezado a arrestar en el mercado, significa que el magistrado se ha enterado. Gaius Valerius no es hombre que tolere rivales.
Tiberius clavó la mirada.
—¿Hablas de rivales políticos o religiosos?
El alfarero soltó una risa amarga.
—En Nabrissa, ambas cosas son lo mismo.
Claudia acarició el borde de la ánfora con la punta de los dedos.
—Padre murió buscando la cámara principal. ¿Sabes dónde está?
Decimus guardó silencio un instante demasiado largo. Después, sacó de un arcón un fragmento de tablilla de madera. Sobre ella se distinguía un mapa rudimentario del subsuelo, con líneas que se cruzaban como raíces bajo la ciudad.
—Esto es lo único que conservo —dijo—. Vito lo dibujó conmigo la última vez que nos vimos. Juró que lo completaría cuando encontrara la entrada verdadera pero nunca regresó.
El fragmento mostraba un pasaje marcado con el mismo símbolo que llevaba el mosaico del cofre. Marcus lo reconoció al instante.
—Es la misma señal. El círculo de fuego.
El rostro de Decimus cambió.
—Tened cuidado. Quien porta ese símbolo se convierte en objetivo. No todos los que lo buscan lo hacen por conocimiento. Algunos lo buscan por poder.
Voces de soldados se acercaban, y el golpeteo de sandalias contra la piedra resonaba en el patio.
Decimus palideció.
—¡La guardia! Han seguido vuestros pasos.
Marcus escondió la tablilla bajo su túnica y señaló una puerta trasera.
—¡Rápido, por allí!
Los golpes contra la puerta principal retumbaron en el taller. Las ánforas temblaron en sus estantes y un aprendiz dejó escapar un grito antes de huir hacia el patio.
—¡En nombre del magistrado, abrid! —tronó una voz al otro lado.
Decimus empujó a Marcus y a los jóvenes hacia la salida trasera. El corredor olía a barro húmedo y hollín, apenas iluminado por rendijas de luz.
—¡Moveos! —susurró—. Conocen este lugar, no tardarán en rodearlo.
Marcus sujetó el brazo de Claudia para que no se quedara atrás. Tiberius iba delante. Llegaron a una puerta secundaria que daba a un callejón estrecho. La madera crujió al abrirse, y los tres salieron justo cuando los guardias irrumpían por el acceso principal.
El callejón estaba flanqueado por muros altos y pasaba junto a los hornos apagados de los alfareros. El humo aún impregnaba el aire, formando una neblina espesa que podía servirles de cobertura.
—¡ Están ahí ! —gritó uno de los soldados al divisarlos.
Marcus no dudó. Empujó a Claudia hacia la derecha, internándose en la nube de humo.
Tiberius, en cambio, se detuvo, tomó una piedra del suelo y la lanzó con fuerza contra una de las ánforas apiladas. El estrépito hizo que varias se quebraran en cascada, bloqueando momentáneamente el paso de los guardias.
—¡Vamos! —rugió, alcanzando a su hermana.
Avanzaron a toda prisa hasta salir a una calle más ancha que desembocaba en la ribera del lago. El murmullo del agua y el bullicio de los pescadores los envolvió de inmediato, confundiendo sus pasos entre los del resto de ciudadanos.
Marcus se volvió para asegurarse de que nadie los seguía. Vio a dos guardias forcejeando con el montón de vasijas rotas, mientras otros rodeaban la casa de Decimus.
—Él corre peligro —reconoció.
Claudia lo miró con angustia.
—¿Y si lo arrestan?
Marcus guardó silencio un instante. Sabía que Decimus era valioso, pero también que había cosas que el alfarero nunca les había revelado.
—Si es tan sabio como creo, sabrá cómo resistir. Lo importante ahora es mantener a salvo lo que nos entregó.
Tiberius tocó la túnica de Marcus, donde había escondido la tablilla.Buscaba proporciones. Había aprendido que la verdad rara vez estaba en el centro de un plano; solía esconderse en aquello que parecía un simple detalle.
—Ese mapa vale más que cualquier vasija. No podemos perderlo.
Marcus asintió, y al girarse vio un detalle que lo hizo estremecer: en un muro cercano, pintado con cal reciente, brillaba el símbolo del círculo de fuego.
No era obra de niños. Era una señal, clara y desafiante, como si los seguidores de Baco quisieran dejar constancia de su presencia a plena luz del día.
Claudia lo vio también. Sintió que el aire se volvía más pesado.
Aquel símbolo despertaba en su interior una emoción imposible de nombrar, como si una parte de ella lo hubiera conocido mucho antes de verlo por primera vez.
Intentó convencerse de que era solo miedo, pero en el fondo sabía que era algo distinto.
Marcus la tomó del hombro.
—Debemos movernos con cuidado. El enemigo no solo acecha en los túneles. Ha extendido sus ojos por toda la ciudad.
El humo de los hornos quedó atrás mientras atravesaban varias calles de Nabrissa sin apenas pronunciar palabra. El sobresalto de la persecución seguía latiendo en sus cuerpos, pero el cansancio empezaba a imponerse al miedo.