Hijos de Nabrissa Veneria Chapter 2 #3
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Chapter 2 #3

Tiberius apenas prestó atención a los gritos que resonaban tras ellos.

Mientras Claudia corría guiada por el instinto y Marcus protegía la retirada, él seguía observando los muros.

Desde que habían entrado en aquellos túneles había descubierto un patrón que nadie más parecía advertir: las marcas de humedad siempre descendían hacia el mismo lado y las corrientes de aire apenas imperceptibles nacían de pequeñas grietas ocultas entre las piedras.

Se detuvo apenas un instante. Cerró los ojos y respiró.

Allí estaba.

Una corriente de aire fresco acariciaba apenas su rostro.

—¡Por aquí! —gritó con una seguridad que sorprendió incluso a Marcus.

Apartó varias piedras desprendidas y encontró una abertura tan estrecha que habría pasado desapercibida para cualquiera. No era un pasadizo construido para hombres, sino un antiguo conducto de ventilación olvidado por el tiempo.

Mientras los encapuchados irrumpían en la galería principal, los tres desaparecieron por aquella grieta.

Marcus sonrió por primera vez en toda la persecución.

—Tu padre habría hecho exactamente lo mismo.

Tiberius no respondió. Sabía que no había sido intuición. Solo había observado lo que los demás, dominados por el miedo, habían dejado de mirar.

El sonido de los perseguidores se fue apagando, reemplazado por el latido apresurado de sus corazones.

Un último esfuerzo los llevó a una compuerta que cedió tras el empuje de Marcus. La luz del exterior los cegó por un instante. Habían emergido en una bodega abandonada junto al lago, donde ánforas rotas y restos de vino impregnaban el aire de un olor agrio.

Marcus cerró la compuerta y la aseguró con un madero. Se apoyó contra la pared, respirando agitadamente.

—No estamos preparados para enfrentarlos aún —dijo entre jadeos—. Son más de los que imaginaba, y no actúan al azar.

Claudia, todavía temblando, se abrazó a sí misma.

—La máscara… las voces… Era como si quisieran arrastrarnos a su ritual.

Claudia golpeó el suelo con el pie.

—No podemos huir. Padre no lo habría hecho.

Marcus le sostuvo la mirada.

—Y tampoco se habría lanzado a una muerte inútil. Necesitamos comprender antes de actuar.

El silencio se impuso unos instantes. Afuera, el murmullo del lago seguía su curso, ajeno a los secretos que se agitaban bajo la ciudad. Marcus apagó la lámpara y la colocó en el suelo.

—Mañana hablaremos con vuestra madre. Remilia sabe más de lo que nunca confesó. Y quizá haya llegado el momento de que hable.

La casa de Remilia se alzaba en una de las calles altas de Nabrissa Veneria, entre patios adornados con viñas y muros encalados que brillaban a la luz de la luna.

Marcus golpeó suavemente la puerta de madera.

Tardó unos instantes en abrirse; finalmente apareció una mujer envuelta en un manto oscuro.

Sus facciones, endurecidas por los años y las pérdidas, conservaban sin embargo la elegancia de quien había sido esposa de Vito.

Los ojos de Remilia recorrieron a sus hijos primero, y después se detuvieron en Marcus. Cada vez que observaba a Claudia encontraba la sonrisa de Vito. En Tiberius reconocía su manera de pensar. Aquello era un consuelo y una condena al mismo tiempo.

—Vuestros rostros hablan por vosotros —dijo con voz grave—.

Claudia se adelantó, incapaz de contenerse.

—Madre, estaban allí. Hombres con máscaras, cantando a Baco. Intentaron alcanzarnos…

Remilia cerró la puerta tras ellos y les indicó que pasaran al atrio. Las lámparas de aceite iluminaban mosaicos antiguos y una fuente central que transmitía serenidad.

—Lo sabía —murmuró, más para sí que para los demás—. Algún día la oscuridad regresaría.

Los labios de Tiberius se tensaron.

—¿Por qué nunca nos hablaste de esto, madre? ¿De los símbolos, de los túneles?

Remilia se volvió hacia él con una mezcla de tristeza y firmeza.

—Porque vuestro padre quiso protegeros. Y porque hablar demasiado de esos asuntos ha costado vidas en esta ciudad.

Marcus dio un paso adelante.

—Remilia, los pasadizos no están vacíos. Los cultos de Baco siguen vivos, más organizados de lo que creíamos. Si pretendemos detenerlos, necesitamos la verdad.

Ella sostuvo su mirada un largo instante. Después, tomó asiento junto a la fuente y acarició con los dedos el borde de piedra, como si buscara fuerzas en ese gesto.

—Vuestro padre murió porque descubrió demasiado. Lo mataron la noche en que intentó llegar a la cámara principal, allí donde las inscripciones hablan del fuego eterno de Baco.

Claudia sintió un escalofrío.

—Entonces… ¿sabía lo que encontraríamos?

Remilia asintió lentamente.

—Y sabía también que alguien dentro de la propia ciudad lo ayudaba. No todos los enemigos llevan máscara.

Las palabras cayeron como un peso sobre ellos. Afuera, el viento agitó las viñas y apagó una de las lámparas.

Marcus bajó la mirada. Durante un instante dejó de ver a la viuda de Vito y volvió a ver a la mujer que, siendo apenas un niño, le había secado las lágrimas cuando las pesadillas lo despertaban en mitad de la noche.

Comprendió que lo que habían vivido en los túneles era apenas un preludio. Las verdaderas respuestas estaban aún ocultas, y algunas de ellas dormían bajo el propio techo de Remilia.