Hijos de Nabrissa Veneria Chapter 2 #2
6%

Chapter 2 #2

—Entonces vayamos ya. No pienso quedarme fuera mientras otros deciden por nosotros.

Las escaleras los condujeron a una galería estrecha. El aire se volvía pesado, impregnado de humedad y piedra antigua. Inscripciones apenas visibles se extendían por los muros: espirales, racimos de uvas, figuras que recordaban a máscaras.

Claudia pasó la mano por uno de los relieves.

—Son los mismos símbolos que vi en el sueño.

Marcus asintió.

—No son simples decoraciones. Estos signos marcan un camino. Vito los estudió en secreto, convencido de que llevaban a una cámara principal.

El sonido de un golpe metálico los hizo detenerse. Alguien había cerrado una compuerta a sus espaldas. La luz de la lámpara tembló.

—No estamos solos —señaló Marcus, empuñando un pequeño puñal que llevaba bajo la túnica.

Un murmullo lejano recorrió el túnel, como un canto apagado. Voces múltiples, repetitivas, que hablaban de Baco, del vino y de la oscuridad. Claudia se estremeció.

Tiberius, con el ceño fruncido, se inclinó hacia su hermana.

—¿Lo escuchas? No es eco, es un ritual.

La galería se bifurcaba en dos direcciones. Una marcada con símbolos que descendían en espiral; la otra con inscripciones más rectas, como una senda hacia la superficie.

Marcus alzó la lámpara.

—Debemos elegir.

Antes de que pudieran decidir, la sombra de una figura encapuchada apareció al final del pasadizo, delante de ellos. No avanzó, no habló: simplemente los observaba en silencio, como un guardián en la penumbra.

La figura encapuchada no se movió al principio. El silencio se volvió insoportable.

De pronto, el encapuchado alzó una antorcha y comenzó a avanzar con paso firme hacia ellos. La luz oscilante dibujó su rostro apenas cubierto por una máscara de barro cocido, de rasgos grotescos, típica de los ritos báquicos.

—¡Atrás! —ordenó Marcus, empujando a Claudia y Tiberius hacia la bifurcación.

Marcus llevaba años enseñando a sus alumnos que toda pregunta encontraba una respuesta.

Sin embargo, frente a aquel pasadizo, comprendió que existían lugares donde el conocimiento no bastaba.

Por primera vez desde la muerte de Vito, sintió que podía conducir a aquellos dos jóvenes hacia el mismo destino del que había jurado protegerlos.

El desconocido levantó la antorcha y dejó caer un objeto metálico al suelo. El sonido retumbó como una señal. Desde la galería contraria llegaron más pasos, más sombras que se unieron en un coro de voces bajas, entonando invocaciones a Baco.

Tiberius apretó los dientes.

—¡Nos rodean!

—Por aquí —decidió Marcus, guiándolos hacia el pasadizo en espiral.

Corrieron entre muros húmedos mientras el canto se intensificaba detrás. La lámpara apenas bastaba para iluminar el suelo resbaladizo. Claudia tropezó con una losa suelta y Marcus la sostuvo del brazo justo a tiempo.

Al final del corredor se abrió una sala más amplia, sostenida por columnas toscas.

En el centro había un altar bajo, cubierto de inscripciones y manchas oscuras que parecían antiguas ofrendas.

Sobre él descansaba un fragmento de mosaico con el mismo símbolo que Claudia había visto en sueños: un racimo de uvas rodeado por un círculo de fuego.

Claudia se acercó, hipnotizada.

—Es lo que padre buscaba…

Marcus se inclinó sobre la piedra, pero un silbido cortó el aire. Una flecha se clavó en la columna junto a su cabeza.

—¡Atrás! —gritó, volviéndose.

El encapuchado había entrado en la sala acompañado de otros dos hombres. Todos portaban máscaras de barro y armas cortas. El murmullo ritual se convirtió en un grito unánime que retumbó en las paredes.

Tiberius levantó una piedra y la blandió como arma improvisada.

—No pienso huir.

Marcus alzó su puñal, preparado para enfrentarlos. La luz de la lámpara se agitaba en su mano, proyectando sombras danzantes sobre los muros.

El líder encapuchado dio un paso al frente y extendió la mano hacia Claudia, como si la reclamara en nombre del culto.

Ella retrocedió, pero no apartó la mirada. En sus ojos brillaba algo más fuerte que el miedo: una certeza naciente.

Y en ese instante, el suelo bajo sus pies tembló, como si una fuerza antigua despertara en las entrañas de Nabrissa.

El suelo vibró con fuerza, desprendiendo polvo de las bóvedas. Claudia retrocedió instintivamente hasta chocar con su hermano. Marcus buscó un signo de derrumbe, pero la sacudida cesó tan repentinamente como había comenzado.

Los encapuchados aprovecharon la confusión. Uno de ellos lanzó otra flecha que rozó el brazo de Marcus, arrancándole un grito breve. El maestro apretó los dientes y levantó la mano libre.

—¡Corran! —ordenó.

Claudia y Tiberius obedecieron. Se adentraron por el corredor opuesto mientras las voces rituales los perseguían como un eco vivo. Las llamas de las antorchas se agitaban tras ellos, proyectando sombras que parecían alargar los brazos de los perseguidores.

El pasillo se estrechaba, obligándolos a avanzar casi de lado. Marcus mantenía la lámpara en alto y el puñal preparado, girando la cabeza cada pocos pasos para asegurarse de que la figura encapuchada no los alcanzaba.