Chapter 2
Capítulo I — Nabrissa Veneria
Las primeras luces del amanecer se filtraban sobre las murallas de Nabrissa Veneria, la ciudad próspera del valle meridional de la Bética.
El aire fresco llegaba desde el lago y despertaba lentamente a la urbe: en el foro, los esclavos comenzaban a montar los puestos, mientras los decuriones atravesaban el pórtico camino del Senado local.
Entre las columnas de mármol, los mosaicos brillaban húmedos todavía por el rocío de la noche.
Nabrissa se extendía como un manto de luz sobre la llanura fértil del bajo Betis, donde los vientos del mar antiguo aún murmuraban entre marismas y vides. A sus espaldas, el Monte Alcón se alzaba tranquilo, vigía de la ciudad desde tiempos que solo los viejos recordaban.
En su cima, contemplando el valle con solemnidad, se encontraba el templo de Baco.
Sus muros de piedra blanca y sus columnas austeras dominaban el horizonte, y la vid trepaba hasta sus umbrales como si la tierra misma ofreciera fruto al dios que, según la tradición, había bendecido a Nabrissa con su espíritu fecundo.
Allí, el viento soplaba distinto: traía olor a mosto, a tierra removida y a misterio antiguo.
Más abajo, en el corazón urbano, el foro latía con la vida cotidiana.
Allí se alzaban los pequeños templos dedicados a Júpiter, Juno y Minerva, modestos pero dignos, orgullo cívico y símbolo de la unión con Roma.
No tenía el mármol de las grandes capitales, sino piedra local pulida por siglos; sin embargo, su presencia era firme, inquebrantable, como la ley y el orden que representaba.
El templo de Minerva, discreto junto a los escribas y a los talladores de tablillas, respiraba serenidad. Decían que las muchachas de Nabrissa, al pasar, tocaban sus dedos al manto de la diosa, buscando claridad en el pensamiento, pulso firme en las manos y valor en el alma.
Entre el monte y el foro, entre los lagares y las casas de adobe y teja, Nabrissa vivía un ritmo que era suyo: vino al alba, mercado al mediodía, plegarias a la tarde, y el murmullo de la ciudad que no dormía del todo, porque bajo sus calles corría aún la sangre cálida de sus mitos.
Era una ciudad pequeña, sí, pero orgullosa; romana en su ley, ciudad del vino en su espíritu, antigua como los dioses que la vieron nacer. Y en cada piedra, en cada sombra y en cada racimo colgante, parecía latir una promesa: que la luz, tarde o temprano, siempre regresaría.
En el corazón de la ciudad, el liceo se alzaba solemne, testigo de siglos de enseñanza y disputas filosóficas.
Sus muros guardaban todavía la memoria de Vito, maestro y erudito que años atrás había entregado su vida.
Su recuerdo pesaba sobre su familia y sobre el joven que lo había seguido como discípulo: Marcus, convertido ahora en maestro del liceo.
Marcus era un hombre de figura sólida, de esos cuya presencia se nota sin necesidad de alzar la voz.
De estatura media, espalda firme y brazos fuertes pese a su oficio, llevaba el cabello oscuro recogido atrás y algunas hebras plateadas que brillaban en las sienes.
La barba, corta y cuidada, enmarcaba un rostro serio, de rasgos rectos y mirada clara.
Su piel, ligeramente tostada, y las manos firmes hablaban tanto de trabajo como de estudio.
Su túnica sencilla y el manto de maestro caían rectos, sin adornos: limpio, correcto, sobrio, como él.
Se detuvo ante la entrada del edificio. El bronce de las puertas reflejaba la primera claridad del día, y durante unos instantes se quedó en silencio, como si buscara en aquellas piedras la voz de su antiguo maestro.
A su lado, Claudia y Tiberius, los hijos de Vito y Remilia, avanzaban con paso aún titubeante.
Eran jóvenes, pero cargaban con un legado que desconocían en toda su magnitud.
—El foro ya se llena de rumores —dijo Tiberius, mirando hacia la plaza donde la multitud crecía—. Hablan de pasadizos ocultos bajo el teatro, de símbolos extraños grabados en ánforas ¿Qué tiene que ver todo eso con nosotros?
Marcus examinó en él una mirada serena, consciente de la impaciencia del muchacho.
—Nada ocurre en Nabrissa sin que deje huella en su historia. Y vuestra familia está en el centro de esa historia —respondió.
Claudia, que hasta entonces había guardado silencio, se adelantó unos pasos. Su mirada se perdió en la dirección del templo de Baco, cuya silueta se recortaba contra el sol naciente.
—Anoche soñé con padre —dijo en voz baja—. Lo vi descender a las bóvedas del liceo, como si buscara algo que se le había escapado.
Marcus la escuchó con atención. No era la primera vez que Claudia hablaba de visiones relacionadas con Vito. Soñaba con él desde niña, como si la memoria del padre hubiera quedado grabada en sus pensamientos.
Un grupo de aprendices pasó corriendo junto a ellos y rompió la calma. El bullicio de la ciudad empezaba a imponerse, y Marcus se volvió hacia los hermanos.
—Venid. No es día para quedarnos en recuerdos. Hoy el magistrado, Gaius Valerius, pretende anunciarnos algo.
Mientras atravesaban el pórtico, una figura encapuchada los observaba desde la sombra de una columna cercana. Nadie reparó en ella. Sus ojos siguieron a Marcus y a los hijos de Vito hasta que desaparecieron tras las puertas del liceo.
Tiberius avanzaba unos pasos por delante, alto y de porte firme, con esa presencia natural que no buscaba imponerse pero lo hacía.
Su cabello castaño, dejaba ver unos ojos verde claro que parecían analizarlo todo, como si cada sombra y cada piedra pudieran convertirse en un problema a resolver.
Tenía los hombros anchos, la postura recta y las manos fuertes, marcadas por el uso tanto del estilete de escribir como de los trabajos diarios; era un joven que llevaba la inteligencia en la mirada y la disciplina en el cuerpo.
A su lado, Claudia caminaba con paso ligero, casi desafiante.
Era más baja que él, de piel clara y rostro sereno, pero sus ojos oscuros, grandes y vivos, revelaban una intensidad distinta —más fuego que calma.
Su cabello negro, grueso y largo, caía trenzado por la espalda, y en ella se veía esa belleza que llamaba la atención incluso sin proponérselo.
Si Tiberius observaba el mundo con cálculo y paciencia, Claudia lo hacía con intuición y coraje.
Él era aire contenido; ella, chispa preparada para encenderse.
Juntos, formaban una presencia imposible de ignorar: el rigor y la pasión caminando al unísono hacia el foro, como si algo en la ciudad los estuviera esperando.
El foro hervía de voces cuando llegaron.
Comerciantes, artesanos y campesinos se mezclaban entre columnas y estatuas, cada cual con su mercancía y sus preocupaciones.
El anuncio del magistrado había convocado a más gente de lo habitual.
El rumor corría de boca en boca: Gaius Valerius hablaría sobre hallazgos en los túneles cercanos al teatro.
Marcus, Claudia y Tiberius se abrieron paso entre la multitud. Al verlos, algunos ciudadanos murmuraron; el nombre de Vito seguía siendo recordado con respeto, aunque también con cierta incomodidad. Para muchos, su muerte aún generaba preguntas sin respuesta.
En la escalinata del edificio público apareció Gaius Valerius, vestido con la toga blanca ribeteada de púrpura. Su gesto solemne impuso silencio.
—Ciudadanos de Nabrissa Veneria —proclamó—. Hoy confirmo que los trabajos en el subsuelo del teatro han revelado pasadizos y cámaras desconocidas. Entre ellas, un espacio adornado con inscripciones que aluden a los ritos de Baco.
Un murmullo recorrió la plaza. Algunos vitorearon, otros callaron inquietos. Los cultos de Baco habían sido perseguidos en Roma por su carácter secreto y subversivo.
Gaius prosiguió:
—Para la seguridad de todos, los accesos quedarán bajo custodia de la curia y de la guardia local. Nadie podrá descender sin autorización expresa.
Tiberius apretó los puños.
—¿Custodia? —susurró a su hermana—. Significa ocultar lo que encuentre útil para él y negar a los demás el conocimiento.
Claudia bajó la voz, temerosa de que los oyeran:
—Quizá padre conocía esos pasadizos… Quizá allí se perdió la noche de su muerte.
Marcus los escuchaba sin apartar la vista del magistrado. Conocía demasiado bien el tono de Gaius Valerius: tras cada palabra de orden se escondía una ambición mayor.
Cuando el discurso terminó, la multitud se dispersó entre comentarios agitados. Marcus se inclinó hacia los hermanos.
—Debemos adelantarnos a la guardia. Si los pasadizos son lo que sospecho, allí encontraremos las respuestas que vuestro padre buscaba.
Un esclavo anciano pasó junto a ellos cargando un ánfora marcada con símbolos extraños. Marcus se detuvo en seco: reconoció entre los trazos un motivo que Vito le había enseñado en su juventud.
El anciano bajó la mirada, como si temiera haber revelado demasiado, y aceleró el paso.
Al caer la tarde, los corredores del liceo estaban casi vacíos.
La quietud contrastaba con el bullicio del foro horas antes.
Marcus caminaba entre columnas, seguido de Claudia y Tiberius, con paso decidido.
El eco de sus sandalias resonaba sobre el mármol como un recordatorio de que estaban a punto de cruzar un umbral peligroso.
—Si el magistrado manda cerrar los accesos, mañana será demasiado tarde —dijo Marcus, abriendo una lámpara de aceite para alumbrar el pasadizo que descendía hacia los sótanos.
Claudia tragó saliva. El recuerdo del sueño de la noche anterior la sacudía: veía a su padre descendiendo, como si los muros mismos lo reclamaran.
—¿Seguro que debemos entrar? —preguntó.
Marcus la miró con firmeza, pero sin dureza.
—Vuestro padre confió en mí. No pienso dejar que su legado quede enterrado bajo decretos y guardias corruptos. Marcus los había visto crecer. Para él, Tiberius y Claudia no eran solo los hijos de Vito: eran parte de su vida desde hacía años.
Claudia, siempre más impetuosa, se adelantó.