Chapter 8 #2
Julia cerró los ojos un segundo y vio el rostro de Marcus entre el humo de las lámparas.
—No tenemos mucho tiempo.
Remilia asintió.
—Entonces no lo gastemos.
Tomó la lista de sospechosos y la sostuvo a la luz. La cera dejó ver, bajo el brillo, una línea casi borrada junto al nombre de Paulus: translatio ad scholam , un traslado a la escuela, aunque el resto del texto había sido cuidadosamente raspado.
—Intentó ocultar un movimiento del liceo —murmuró Remilia—. Alguien dentro sigue jugando a dos bandos.
Julia apretó el cordel entre los dedos.
—Hoy no los liberaremos —dijo—. Pero inclinar la ciudad puede salvarlos mañana.
Remilia levantó la vista. En sus ojos había una decisión antigua, la de una matrona que ya había enterrado a un esposo y no pensaba enterrar a sus hijos.
—Vamos a inclinarla.
Al mediodía, Remilia salió de la domus cubierta con un velo azul oscuro. No lo hacía para ocultarse, sino para anunciar su presencia. Había convocado a varias matronas senatoriales en la casa de Licinia, una antigua amiga con influencia entre los bancos de la curia.
El peristilo de la casa estaba adornado con fuentes y parras que daban sombra. Allí, sentadas en semicírculo, esperaban las mujeres, cada una con esclavas abaniqueando el aire. Los ojos se clavaron en Remilia cuando entró.
—Os agradezco que me recibáis —dijo con calma—. Sabéis por qué estoy aquí.
Una de ellas, Cornelia Fausta, de rostro severo y joyas pesadas, respondió con frialdad:
—Venís a hablar de un juicio que ya no está en nuestras manos.
Remilia no titubeó. Sacó la tablilla con el sello de la curia y la colocó sobre la mesa de mármol.
—Entonces escuchad: Valerius ordenó el traslado de mis hijos tres días antes del disturbio. La sentencia no es justicia; es teatro.
Las matronas intercambiaron miradas rápidas. Licinia, la anfitriona, frunció el ceño al ver la marca del cordel cortado.
—Si esto llega al pueblo…
—El pueblo ya lo sabe —la interrumpió Remilia con voz dura—. Lo que falta es que vosotras lo digáis también.
Un silencio pesado cayó en el patio. Al fin, Cornelia dejó escapar un suspiro resignado.
—No desafiaremos a Valerius abiertamente. Pero si la curia convoca mañana, podemos presionar para que sea sine populo sólo de nombre. Una voz nuestra bastará para exigir que los ciudadanos entren.
Remilia asintió. Sabía que en política romana, un resquicio podía ser un terremoto.
Esa misma tarde, Julia recorría el barrio de los artesanos. Vestida con una túnica sencilla y un pañuelo en el cabello, parecía una mercader más. Llevaba una tablilla cubierta por un paño de lino, y en cada taller dejaba apenas un copia rápida en cera del edicto de Valerius.
—Lo preparó antes del juicio —decía con voz baja a los alfareros, a los herreros, a los curtidores—. No hubo justicia, sólo trampa.
Algunos dudaban en responder. Otros, con el ceño fruncido, asentían en silencio. Un herrero de brazos fuertes murmuró:
—Si mañana llaman a la plaza, iremos. Y no iremos mudos.
Julia sonrió apenas, con un temblor en el pecho. No era la victoria, pero era el comienzo de un murmullo que corría rápidamente.
Cuando el sol comenzó a caer, Remilia regresó a la domus. Julia ya estaba allí, agotada pero con los ojos brillando de determinación.
—Las matronas aceptaron presionar —dijo Remilia, quitándose el velo—. No será fácil, pero ninguna quiere que Valerius gobierne de esa forma.
—Y los artesanos… —añadió Julia—. No todos, pero algunos ya creen en lo que vieron. Si mañana se abre la plaza, habrá voces que griten.
Remilia apoyó la mano en el hombro de la muchacha.
—Has hecho más que muchos hombres de esta ciudad.
Julia bajó la mirada, sonrojada.
Remilia no preguntó más. Solo alzó la vista hacia el cielo encendido del atardecer.
—Mañana será la batalla de la palabra. Y aunque los míos estén encerrados, no estarán solos.
El pretorio de Nabrissa era un edificio de piedra oscura, adosado a la muralla interior. En sus salas bajas, húmedas y silenciosas, la guardia encerraba a los acusados mientras la ciudad dormía.
Marcus, Claudia y Tiberius compartían una celda amplia, con bancos de piedra adosados a las paredes y una lámpara de aceite que apenas vencía a la penumbra.
Tiberius caminaba de un lado a otro, sus pasos resonaban en el suelo de losas.
—Nos condenarán mañana, lo sé —decía, con la voz cargada de rabia—. Valerius no busca justicia, busca espectáculo. Y nosotros somos la moneda.
Claudia lo observaba en silencio, su rostro mostraba cansancio.
—Si gritas toda la noche, solo le darás más razones. Lo que tenemos es la palabra, no la espada.
Tiberius se detuvo, clavando en ella la mirada.
—¿Palabras? Las palabras no salvaron a padre.
Marcus, que permanecía sentado contra la pared, levantó la vista con calma.
—No. Pero su silencio lo habría matado mucho antes.
Un silencio pesado se apoderó del cuarto. Claudia apartó la mirada hacia la llama de la lámpara.
—Esta noche soñará con nosotros —añadió—. Querrá que mañana nos dobleguemos. Pero yo no pienso inclinarme.
Tiberius suspiró. Se sentó a su lado y, por un instante, apoyó la frente en las manos.
—No quiero que te lleven, Claudia. Prefiero morir yo primero.
Ella lo miró con ternura, aunque su voz fue firme.
—No digas eso. Si uno de nosotros cae, que sea luchando. No con miedo.
Marcus observaba a los dos hermanos, y en su silencio había una mezcla de orgullo y preocupación.
—Escuchadme —dijo al fin—. Si mañana Valerius cierra la plaza, intentará arrancarnos en privado una confesión. Que lo sepáis: la tortura es su arma.
Claudia tragó saliva, pero no apartó los ojos de él.
—¿Y cómo resistiremos?
Marcus se inclinó hacia ellos, bajando la voz.
—No resistiendo cada uno por su cuenta, sino recordando siempre quiénes somos. Si nos arrancan la carne, que no nos arranquen la memoria.
La lámpara crepitó. Afuera, el paso de la guardia resonaba como un metrónomo inexorable.
Claudia cerró los ojos un instante y vio de nuevo el fuego en los túneles, el rostro de su padre extendiendo la mano. Supo que la verdadera batalla comenzaba al alba.