10. Sacrificio
Sacrificio
El pandemónium era su amigo. Y cada noche, tenían una nueva oportunidad para causar una destrucción desenfrenada.
¿Cómo se podía planificar algo contra el caos?
Los monstruos, por muy bestiales que fueran, tenían planes. Tenían motivos. Podías entenderlos. Predecirlos. Podías adivinar a dónde irían después. Poner un cebo. Preparar una trampa. Organizar una emboscada. Matarlos.
Incluso los vampiros solían ser sencillos. Sabías que querían sangre. Pero también seguían siendo humanos, en cierto modo. Podías negociar con ellos. Confiar en sus impulsos racionales. Podías prepararte.
No estaba segura de si Ukwesaba y sus Izingane Zegazi eran racionales o no.
Pero, si se estaban alimentando, no habíamos sido capaces de pillarlos desprevenidos mientras lo hacían.
Porque alimentarse no era el objetivo. Todo lo que querían era sembrar el terror.
Un terror que empujara a la ciudad a entregar a sus héroes.
Y estaba funcionando.
Otra noche, y otra carnicería. Afortunadamente, no murió ningún Cruzado. Pero sí algunos familiares. Recibí la noticia de que la madre viuda de un Cruzado muerto hacía mucho tiempo había sido asesinada. La recordaba. Yo misma le había entregado en persona la noticia de la muerte de su hijo.
Los Izingane Zegazi querían que todo el mundo supiera que nunca estarían a salvo. Abandonar a los Cruzados, o incluso morir, no libraría a sus familias.
No había otra salida que entregar a Guy y a mí.
Ningún Cruzado había mostrado ningún indicio real de ir a hacerlo. Habíamos luchado juntos, sangrado juntos. Confiaba en ellos. En todos ellos. Pero no les culparía si al menos hubiera alguna duda pasando por sus mentes.
Fui a mi apartamento en lugar de al cuartel general, para poder escapar de sus miradas y también de los manifestantes.
Pasé a hurtadillas por delante de los piquetes y los saqueadores y logré volver a mi casa.
Afortunadamente, parecía que mi dirección no se había filtrado.
¡Gracias a Atenea por eso! Ahora Alex estaba a salvo conmigo.
No sabría qué hacer si le pasara algo. Sabía que el Mentor podía entrar, pero si hubiera tenido la intención de matar a mi gato para llegar a mí, ya lo habría hecho.
Eran los vampiros y los saqueadores atacando la casa de Cindy, mucho más vulnerable, lo que me preocupaba en ese momento.
Salí al balcón, contemplando mi ciudad. El humo se elevaba bajo la falda de la Montaña de la Mesa.
El hospital. Lo habían atacado de nuevo anoche.
Al parecer, se habían llevado a rastras a pacientes y personal.
Tenía a Cruzados buscándolos. Lo estaban intentando con todas sus fuerzas, pero la policía se interponía en el camino.
Incluso aquellos del cuerpo con los que habíamos tenido una relación amistosa nos miraban con desprecio y reproche.
¿Cuánto faltaba para que uno de mis propios Cruzados se volviera contra nosotros? Y ¿podía esperar tanto tiempo?
—Tal vez, debería entregarme... —no pude evitar murmurar, dejando que la brisa se llevara mis palabras hacia el vacío.
El estallido de un cristal me despertó de mi ensimismamiento. Extendí la mano, esperando a Ithalen, pero no apareció.
Detrás de mí, sobre una bolsa de plástico de la compra caída con el contenido hecho añicos, estaba Brett, con los ojos llenos de incredulidad. Treth estaba junto a él, con la mirada colérica y decepcionada.
—¿Cómo has podido decir eso? —siseó Treth—. ¿Cómo has podido siquiera contemplar que eso sería una buena idea? ¡Piensa en ti misma por una vez! No sabes a cuánta gente haces daño cuando no lo haces.
—¡¿Cómo no voy a pensarlo?! —grité, mirando fijamente a Treth mientras Brett permanecía pálido y en silencio—.
¡Hay gente muriendo! ¡Por mi culpa! Porque sacudí un puto avispero y los invité a atacarnos.
Invité al Necroseñor a luchar contra nosotros.
Provoqué a los vampiros. ¡Fui yo! Y ahora gente inocente está pagando el precio.
Negué con la cabeza. Intenté estar enfadada. Enfadada para no llorar. Para no mirar la expresión del rostro de Brett.
Treth brilló con un tinte rojizo y luego sacudió la cabeza. Desapareció en el vacío. Dejándome con Brett, solos en nuestro apartamento. Incluso Alex se había esfumado.
Me mantuve apartada de mi novio, intentando no encontrarme con su mirada, mientras el ácido me subía por el estómago. Cuanto más se alargaba el silencio, más me lo preguntaba: ¿Qué he hecho?
—Brett, yo...
—Los vampiros —me interrumpió él, con voz fría—.
Se llevaron a mi familia. Convirtieron a mi hermana, luego mataron al resto de mi familia.
Quemaron mi hogar. Se llevaron... todo. Incluso cuando estaba en el Cuerpo, fueron los vampiros los que me arrebataron a mis amigos.
Así que luché contra ellos. Pero, al hacerlo, me quitaron la humanidad. Me quitaron la infancia.
Sacudió la cabeza, y ahora vi rabia en su rostro. Rabia y determinación.
—No voy a dejar que te lleven a ti. Cueste lo que cueste.
—¿Aunque eso destruya nuestra ciudad?
Él asintió. —Nada más me importa. Guy es mi hermano, y tú eres mi vida. Nunca dejaré que os pase nada malo a ninguno de los dos.
Dejé que sus ojos se cruzaran con los míos. No había en ellos una rabia fría y mecánica. Vi amor, y vi ira, y vi tristeza y pérdida. Y por encima de todo eso, vi miedo.
No era solo yo quien sufriría si me sacrificaba. Treth tenía razón. Y yo amaba a Brett. Y amaba a Treth. Y a todos los que dejaría atrás.
—Nunca voy a rendirme ante ellos —susurré, lo bastante alto para que me oyera. Cueste lo que cueste.
Me acerqué al amor de mi vida con los brazos abiertos y lo abracé. Apoyé su cabeza en mi hombro mientras mi abrigo de llamas ronroneaba de forma reconfortante.
—No voy a ir a ninguna parte a la que tú no puedas seguirme.
Le miré a los ojos y esbocé una débil sonrisa.
—Además, ¿cuándo iba yo a hacer algo que un vampiro quisiera? ¡Como si fueran a cumplir su parte del trato!
Brett estuvo a punto de sonreír, pero su ceño fruncido no tardó en volver. Miró al suelo, donde se le había caído la compra. El vino blanco y la cerveza se mezclaban en un charco sobre el suelo de baldosas.
—Lo siento —dijo—. Tenía planeada una tarde agradable. Un poco de relajación antes de...
Antes de que el ataque comenzara de nuevo.
Le acaricié la mejilla. Brett era fuerte. Uno de los hombres más fuertes que conocía. Pero había una fragilidad allí. Una vulnerabilidad que solo dejaba ver a unas pocas personas.
—Tendremos muchas más oportunidades de relajarnos... juntos. Y además, no necesitamos vino ni cerveza...
Esta vez sí sonrió mientras yo soltaba una risita traviesa. Justo cuando a mi teléfono le dio por sonar. Abracé a Brett con fuerza, ignorándolo. Ya había cumplido con mi deber de sobra. ¡Toda la noche! Parecía una vida entera. Podía ignorar una llamada telefónica...
Pero no paraba.
Brett me soltó y miró mi bolsillo, resignado y decepcionado. Suspiré. ¡Si la frustración pudiera usarse como arma, no tendría que preocuparme por los Izingane Zegazi ni por el Cónclave! Maldita sea, Riaan probablemente explotaría por la fuerza de mis niveles de estrés, puros y palpables.
Miré el móvil. Quien llamaba era Jane. Típico de una ex-política sumar problemas a los míos.
—Más vale que esto sea importante —respondí, mirando a Brett con aire de disculpa. Él empezó a recoger las botellas rotas y a fregar lo derramado.
—¡Mejor que importante, Kat! —exclamó Jane, ignorando el veneno de mi voz—. Conrad y yo por fin hemos localizado a nuestro amigo común. El roedor que hemos estado buscando.
—No estoy de humor para acertijos, metáforas ni juegos de palabras, Jane.
—El topo, Kat. Hemos encontrado al topo. Y lo tenemos atado en el cuartel general, esperando tu interrogatorio.