Hijas de Lilith LA SOMBRA #7
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LA SOMBRA #7

(Escucha tu fuerza, Amanda, escucha tu legado, sigue tu destino. Tu destino no está en la oscuridad, no está en la luz. Tu destino está en la sombra. Busca la sombra).

¿Anuncia habla el lenguaje del aquelarre? ¿Por qué Anuncia habla nuestra lengua secreta? ¿La abuela se la enseñó?

Y mientras las preguntas me dan vueltas en la cabeza, me doy cuenta de que, por primera vez desde que comenzó este ritual, he podido entender una invocación completa. Anuncia ha hablado el lenguaje del aquelarre y he entendido cada palabra.

Algo se rompe entre la espiral de negrura y yo. Un hilo. Una cadena. Mi cuerpo, suspendido sobre el pentagrama, se tambalea, pero la mano de Betsabé, unida firmemente a la mía, me mantiene en el sitio.

—¡Betsabé, no lo entiendes! ¡Ella es la elegida! ¡Es la elegida!

—¡Cállate, vieja! —Betsabé la señala con furia y su magia alcanza a Anuncia.

Su aullido de dolor se pierde en el estruendo de un temblor que la derrumba como un castillo de naipes. Cae al suelo con fuerza. Encarna grita y se arrodilla a su lado llorando, tratando de sostenerla.

Todo está cambiando. Necesito pensar.

—¡Amanda! ¡Por favor! —Los ojos de Indi son un pozo de dolor al que mi alma se asoma por propia voluntad.

—Indi…

Su nombre sabe a lágrimas, a mar, a sangre. Sale de mi garganta, rasposo y seco, ahogado, casi mudo.

Me siento a punto de zozobrar, y, entonces, por fin puedo verlo.

Puedo ver mi cuerpo. Estoy fuera de él, pero soy yo.

Soy yo y puedo sentirlo todo, verlo todo.

Mi cabeza está inclinada hacia atrás, el cuello dislocado como si fuese un trapo.

Los ojos en blanco, los párpados abiertos como los de una muñeca vieja; la boca entreabierta, seca, magullada.

El brazo izquierdo extendido al frente, asido por Betsabé, espigada como un junco, levitando como una visión magnífica frente a mi cuerpo desmadejado y maltrecho.

Mi cuerpo se muere. Pero yo sigo atada a esta casa.

—¡AMANDA!

La voz aflautada y poderosa de Uxía se materializa antes que ella. Para cuando su cuerpo redondeado se abre paso en la habitación, la orden ha conseguido que el murmullo permanente del mantra de los acólitos cese, pero la espiral sobre mi cabeza sigue zumbando, y mi cuerpo, suspendido y muerto.

—¡No te atrevas! ¡No te atrevas a intentarlo, niña!

Betsabé se encara con Uxía sin soltar mi mano, pero Uxía no la mira a ella. Me mira a mí. A mí. No a mi cuerpo suspendido en el aire, no a mis ojos vacíos de muñeca. A mí. Uxía me ve.

—Amanda, tienes el poder de parar esto. Busca las sombras y asume tu destino. No nos falles. —Se acaricia la tripa abultada y sé que ese «nos» se refiere a ella, a Indi, a Anuncia, a Encarna y a la niña que lleva en su vientre.

Y mientras enfoco mis ojos sin forma en la curva de su cadera, veo la sangre. La sangre oscura, densa y viscosa que le empapa el pantalón. La sangre que anuncia la muerte. La sangre que ya detuve una vez. La única sangre que no estoy dispuesta a derramar.

Sacudo con fuerza la mano, pero mi cuerpo se agita solo ligeramente.

Siento la electricidad recorrer mis extremidades, la espina dorsal, el cerebro, llenando de vida el amasijo de músculo y vísceras que hay debajo mí.

La siento, sí, pero no es suficiente. No tengo fuerza suficiente para revertir el ritual. No la tengo.

Un maullido intenso rompe la tensión. Trina. La gata tricolor ocupa su lugar junto a los pies de Uxía.

Un relámpago de luz lechosa atraviesa el vórtice sobre nuestras cabezas e impacta directamente sobre mi cuerpo suspendido en medio del pentáculo.

Noto su fuerza en cada poro, su impacto mortal que, sin embargo, me ha devuelto la vida.

Y tira de mi yo consciente, soy corpórea de nuevo, vuelvo a sentir dolor, un dolor lacerante y metálico que me recorre entera.

Mi mano se suelta de la de Betsabé, y ambas caemos al suelo con un golpe seco, mientras la espiral sobre nuestras cabezas se llena de lenguas de fuego de un rojo salvaje.

Indi se precipita hacia mí, desaparecido el campo de fuerza invisible que protegía el círculo de sangre y tiza. Los acólitos de Betsabé se han apartado del vórtice de negrura y llamas, aterrorizados.

—Amanda, ¿estás bien, estás bien?

Volver a sentir la calidez de sus manos me estremece. Estoy aturdida, pero viva. Estoy viva.

—¡Idiotas! ¡No podéis vencer el poder de la oscuridad con el poder de una bruja de luz!

Betsabé está en el suelo. Tiene una brecha en la ceja.

La sangre le mancha la frente y se le escurre por el párpado.

Se palpa la herida y mira los restos de sangre con incredulidad.

Está colérica. Se levanta y se acerca cojeando hacia nosotros, pero Indi es más rápido que ella.

Me ayuda a ponerme en pie y me aleja de ella.

Anuncia, débil pero viva, Encarna, Uxía y la gata tricolor me acogen.

Los ojos de Uxía muestran una determinación irrefrenable. Y su voz deja salir una invocación en el lenguaje de mi clan:

Esven eira morven de mostraven tu poter. Es tu eira selval. Eira meiga d’umbraval. Reclamven tu regnal, desterraven eiras regnal varas.

(Es el momento de manifestar tu poder. Eres la elegida. La bruja de las sombras. Reclama tu reino, destierra los reinos pasados).