Hijas de Lilith LA SOMBRA #6
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LA SOMBRA #6

—¡Ella estará bien mientras Amanda esté bien! ¡Están conectadas! ¡No sé cómo, no sé por qué, pero lo están! —Se encoge de nuevo gruñendo entre dientes y se lleva las manos a la cabeza, tratando de amortiguar el pitido en sus oídos—. ¡Algo va mal ahí dentro, Indi! ¡Entrad ya!

Saltamos del murete hacia el camino de acceso y nos ovillamos junto al cuerpo derrotado de Uxía, ronroneando y rozándole el vientre con la cabeza.

Toda nuestra fuerza, toda nuestra energía se concentra en mantenerla a salvo.

No podemos salvar a Amanda, pero podemos ayudar a que Uxía siga con vida mientras Indi, Anuncia y Encarna lo intentan.

—¡¡Corred!!

La orden de Uxía suena más como una súplica desesperada, y ha surtido efecto. Indi echa a correr hacia la puerta de la cocina, que Amanda siempre deja abierta.

Encarna y Anuncia lo siguen a paso más lento.

Cuando entran en la casa, el incendio de oscuridad y llamas coloniza ya todo el espacio.

Estoy exhausta, pero esto es relajante. Agradable.

Como sumergirte en una bañera de agua caliente rodeada de velas aromáticas.

Como dejarte caer sobre una cama mullida y con las sábanas limpias tras un día agotador.

Como arroparte con una manta esponjosa frente al fuego una tarde de tormenta.

Mi cuerpo ha dejado de ser mío; flota en un estado de gravedad imposible.

No hay peso, ni dolor ni preocupaciones.

Los huesos disueltos en la carne, la carne fundida con el cosmos.

La conciencia adormecida, ajena, perdida en un infinito de oscuridad. Es placentero. Y sin embargo…

Percibo algo tenso en esta calma, algo extraño, fuera de lugar. Una especie de ruido blanco. Me molesta. No me deja disfrutar del abandono. Me mantiene ligeramente despierta, alerta. Lo odio.

Sentí miedo cuando Betsabé me cortó en la mano y mezcló su sangre con la mía. Pero ya no.

Pegó su palma a la mía y gritó una serie de palabras intrincadas y nombres de deidades. Su aquelarre murmuraba mantras rítmicos, como los latidos de un corazón. ¿Seguía funcionando el mío? Me daba igual. Me daba completamente igual.

Dejé que mi cuerpo se rindiese y respiré hondo. Y ahora estoy aquí, flotando en esta nada densa y acogedora. Y sería perfecto si no fuese por ese chirrido, ese pitido. Quiero ignorarlo, pero no puedo.

¡Sigren mi mandral, deivrel d’oscuven. Hades, Nyx, Chernobog, Set, Kali, Morrigan, e plenven eira cirval ke nun dalven fravrel. Eira lux regnavel per secul, sean oscuven regnavel ora. Sean eiras potrel de eira meiga serfan a su provel. Sean mi es su instrumval.

(¡Obedeced mi mandato, dioses de la oscuridad! Hades, Nyx, Chernobog, Set, Kali, Morrigan, y completad el círculo que nunca debió romperse. La luz ha reinado durante siglos, que la oscuridad lo haga ahora. Que los poderes de esta bruja sirvan a su propósito. Que yo sea su instrumento).

Algo no va bien. Puedo sentirlo aunque no quiera. La voz de Betsabé se cuela en mi cabeza.

—Eso es, Amanda. Ríndete, déjate ir.

El zumbido empieza a atenuarse. Mi cuerpo se evapora y se funde con la nada. Puedo sentir la paz.

Me diluyo.

—¡Nooooo!

¿Indi? ¿Esa es su voz? ¿Qué está haciendo aquí? Yo solo quiero descansar, necesito descansar.

—¡Demasiado tarde! ¡Vete de aquí! —le grita Betsabé.

—¡¡Nooooo!!

Este ruido no me deja dormir. Y es lo que más deseo.

Los murmullos que adormecían mi conciencia se alejan y el pitido regresa, intenso, chirriante, imposible de ignorar.

Mi carne gana de nuevo corporeidad, se endurece, se hace tangible.

La cabeza me pesa. Tengo garganta y ojos.

Tengo vísceras. Tengo sed y hambre. Tengo miedo. ¿Por qué tengo miedo?

Intento gritar. Quiero gritar. Que el zumbido cese. Tengo los ojos abiertos. Han vuelto a sus cuencas, viscosos y brillantes. Y me muestran horrores que no estaban en la oscuridad que me arrullaba, que se me ocultaban a simple vista.

Mi cuerpo está suspendido sobre el pentáculo de tiza y sangre, atado al de Betsabé; nuestras manos unidas en un lazo imposible de romper. Bajo nosotras, el aquelarre se balancea al ritmo de un mantra hipnótico, y todo gira. Gira muy rápido. Demasiado rápido.

—¡Déjate ir, Amanda! ¡Descansa por fin!

Pero ya no puedo ignorarlo. No puedo ignorar el pitido en los oídos, el aquelarre a mis pies, la sangre goteando de mi mano, la espiral vertiginosa y negra sobre la cabeza, las lenguas de fuego rojo coronando el cielo de la noche del Samaín.

No puedo ignorar a Indi atrapado en este huracán, tratando inútilmente de vencer la resistencia de una fuerza invisible que lo mantiene a un metro del círculo de sangre, tiza y seres rendidos a la oscuridad que son los doce acólitos de Betsabé.

La cara de Indi muestra un dolor indescriptible, los músculos de su cuerpo tensos, a punto de estallar, con el torso inclinado hacia delante, luchando contra una fuerza invisible. Quiero gritarle que se rinda, pero mi garganta sigue muda y mi cabeza da vueltas.

Y entonces aparecen ellas. Sus figuras desiguales y enlutadas tras el quicio de la puerta, arrastrándose. Un resplandor dorado emana de ellas, puedo distinguirlo entre la negrura.

—¡Amanda! —La voz de Encarna me llega lejana y amortiguada.

¡Audren tu forzal, Amanda, audren tu legaval, sigren tu fatar! ¡Tu fatar no druvan en oscuven, no druvan en lux! ¡Tu fatar druvan en umbraval! ¡Querren eira umbraval!