LA SOMBRA #5
Esta gata es una bruja Alén. Puede que más de una, porque nunca habíamos visto una gata tricolor. Pero esta no es Circe, ella era…
—Negra —concluye Indi—. Circe es la gata negra.
—¿La has visto? —Anuncia parece desconcertada.
—Hace unos meses apareció en la casa de repente. Al principio no abandonaba el piso de abajo, pero últimamente duerme con Amanda.
—Pero eso no es posible. Circe se fue hace años, cuando Amanda era pequeña, a no ser que… —Encarna mira directamente a Indi—. Cuando la gata apareció, ¿notasteis algún cambio en la casa?
—Bueno, no sé, supongo que nada especial.
—Sí, algo sí cambió —Uxía contradice a su hermano—: Trina dejó de pasar tanto tiempo en la casa y fue cuando Amanda empezó a encontrarse peor.
—¿Peor?
—Tiene muchas pesadillas —dice Indi—, muy vívidas. Terrores nocturnos.
—Está pasando otra vez —Anuncia vuelve a llorar amargamente.
—¿El qué? ¿Qué está pasando?
—Cuando Amanda era pequeña, Circe apareció en la casa. La seguía a todos lados, dormía con ella, sentía adoración por la niña. Y solo por la niña. Ignoraba a Aurora y despreciaba a Amparo.
—Bufaba y se escabullía, no se dejaba tocar si no era por Amanda.
—Aurora convenció a Amparo de que debía dejar que la gata cuidase de Amanda, que sus ancestros la vigilasen. Y le costó lo suyo, porque por aquel entonces Amparo ya sabía parte de la verdad.
—¿Parte de la verdad?
—Aurora crio a Amparo como si fuese la elegida, y la niña creció convencida de ello, pero siempre se había mostrado reacia, temía su propio poder y creyó que con ella cumpliría la profecía: si la elegida no dominaba ambas magias, el clan se acabaría.
Amparo entendió que así terminaría el aquelarre…
Hasta que se quedó embarazada. El destino de la elegida que renunciaba a la magia implicaba no tener descendencia.
La profecía era muy clara al respecto. Así que encaró a su madre, porque si ella estaba embarazada, entonces no había sido hija única y le había ocultado que tuvo una hermana. Su gemela.
—Aurora le contó la verdad y Amparo se volvió loca.
No pudo asimilar que su propia madre hubiese sido capaz de hacer algo así.
Renegó de la magia y quiso marcharse de casa, pero Aurora la convenció de que la única forma de mantenerla segura era permaneciendo juntas.
Que la casa y los ancestros la protegerían de la oscuridad.
Un oscuridad que, tras tanto tiempo separada de la luz, se había vuelto incontrolable, poderosa y maligna.
—Entonces, ¿por qué Amparo se marchó con Amanda?
—Porque todo se precipitó. —Anuncia se limpia las lágrimas, suspira, nos deja sobre el butacón y se levanta con dificultad—.
Aurora y Amparo hicieron un pacto: se quedarían en la casa siempre y cuando Aurora mantuviese a Amanda alejada de la magia, protegida.
Pero no se puede apartar a una bruja de su destino.
De alguna manera, Circe despertó los poderes de Amanda.
—El destino de una bruja no puede cambiarse solo con ignorarlo. La historia del aquelarre lo había demostrado una y otra vez.
—¿Qué quieres decir? —Indi se ha levantado también. A estas alturas solo Encarna permanece en el butacón, con la cabeza entre las manos.
—Aurora empezó a notar cosas. Pequeños detalles.
Como un día de sol radiante cuando el tiempo había anunciado tormentas justo el día que Amanda quería ir de excursión, reposiciones de sus dibujos favoritos en horarios muy extraños.
Cosas así. Una tarde se encontró a Amanda en la cocina, se relamía comiendo castañas asadas.
Su nieta odiaba las castañas, así que sintió curiosidad.
Cuando se llevó una a la boca, descubrió que sabía a natillas de chocolate.
Aurora se asustó. Toda esa magia era solo en su propio beneficio, algo que una bruja de luz jamás haría.
—¿Cómo es posible? —Indi está fuera de sí—. Si nadie le enseñó, si ni una sola persona se paró a explicarle quién era…
—Ni una persona, efectivamente —aclara Encarna—, pero las brujas no tienen por qué tener forma humana, ya lo sabes.
Encarna se inclina sobre el sofá a acariciar nuestro lomo, confirmando las sospechas de los hermanos.
—Pero ¿eso quiere decir que Amanda se inició en la magia con una bruja de oscuridad?
—Con la más fuerte de la historia.
—No me extraña que Amparo enloqueciese —se lamenta Uxía.
—Amparo quería lo mejor para su pequeña, pero tenía tanto miedo, estaba aterrorizada. Se negó a escuchar a Aurora cuando lo supo. Cogió las maletas, la mano de su hija, salió por esa puerta y nunca más volvió.
—¿Se negó a escuchar a Aurora? Tampoco lo veo tan raro. ¿Y qué pensaba hacer ella? No parece que hubiese muchas más opciones. —Uxía está emocionada.
—Había una. Y Aurora lo sabía.
—El conjuro de Altea se convirtió en una maldición porque buscaba separar la luz de la oscuridad, pero ambas conviven dentro de las brujas. Por eso, con los años, la maldición terminó por fortalecer los poderes de la oscuridad.
—Ya, bueno, pero también haría más fuertes a las brujas de la luz, ¿no?
—Es igual de malo. Sin oscuridad, la luz se vuelve demasiado intensa. Sin luz, la oscuridad lo cubre todo. La magia es equilibrio, Indi. Y Aurora lo entendió cuando perdió a Circe y empezó a educar a Amparo como la elegida.
—Sin descuidar ninguno de los dos poderes —musita Uxía.
—Exacto —confirma Anuncia.
—Fue una bruja magnífica, pero asustada de su propio poder, hasta que, al quedarse embarazada y conocer su pasado, renegó de la magia.
Uxía se acerca al butacón que normalmente ocupa Anuncia y en el que ahora estamos nosotras, nos levanta en brazos y se sienta, dejándonos de nuevo en su regazo antes de preguntar.
—Vale. Entonces… —frunce el ceño— Amanda es la elegida, pero la poca instrucción que tuvo fue la que, de una manera u otra, le transmitió Circe.
—Es poderosa, pero no tiene control sobre sus poderes. Nadie le ha enseñado. —Anuncia se acerca a Uxía y le acaricia la cabeza—. Y no sabe que es la elegida. Eso la hace vulnerable.
—Entonces me alegro de que tomase esa decisión. —Indi habla para sí mismo, pero todas nosotras lo hemos oído.
—¿Qué decisión? —pregunta Encarna.
—Cuando comenzaron las pesadillas fuimos a ver a Betsabé. Nos explicó el ritual, nos dijo que sería la forma más eficiente de librarse de todo aquello. Joder, y pensar que me enfadé con ella por querer renunciar a los poderes, pobre.
—¿Ritual? ¿Qué ritual? —la voz de Anuncia suena aguda, alarmada.
—Un ritual de traspaso, para ceder sus poderes a otra bruja.
—Indi parece no descifrar la gravedad que transmiten las caras de Anuncia y Encarna—.
Pensé que era una pena que perdiese su poder, pero ahora lo veo de otra forma.
No está preparada y la magia la está matando.
Betsabé es una bruja de oscuridad, sabrá qué hacer con esos poderes.
Ahora entiendo por qué nos alejó de la casa, cree que estoy enfadado, que trataré de impedirlo.
—¡Vámonos! —Anuncia se dirige hacia el vestíbulo a la mayor velocidad que su edad, sus achaques y sus carnes le permiten—. ¡Vámonos ahora mismo!
—¿Qué pasa? —Indi se levanta y sigue a Encarna y Uxía. Ambas van tras Anuncia y recogen sus abrigos del perchero de la entrada.
—No se puede separar a una bruja de su destino, Indi. —Uxía sí ha comprendido lo que está a punto de suceder.
—El destino de Amanda es reunir de nuevo la oscuridad y la luz, recuperar las sombras.
—Ese ritual es peligroso con cualquier bruja —Encarna ha abierto ya la puerta de la casa y apremia al grupo—, pero nunca puede practicarse en la elegida. Tenemos que pararlo. O morirá.
Saltamos al asiento de atrás en cuanto Anuncia abre la puerta del coche. Todavía estamos a tiempo, podemos sentirlo. Pero no queda mucho.
***
Sobre la casa, reina una quietud desconcertante, mal fario.
Una cortina de fina lluvia que desaparece justo frente a la verja de entrada marca la frontera.
El coche se ha parado, de nuevo, al inicio del camino de entrada.
Hemos subido andando, Indi y Uxía delante; Encarna y Anuncia tras nosotras.
La última, respirando cada vez con más dificultad.
De un salto, subimos a la columna que sostiene la verja exterior, y maullamos.
—¿Cómo vamos a entrar? —pregunta Indi.
—Vosotros no pudisteis, nosotras sí —dice Encarna girando sin esfuerzo alguno la manilla y abriendo la puerta de par en par.
—Pero no podéis enfrentaros solas a esto. No pienso dejar que entréis solas ahí.
—Tu determinación es fuerte. ¿Estás seguro? Entonces, prueba.
Indi da un paso timorato. El pie derecho pisa el camino de acceso al porche.
Las piernas se le doblan, como si alguien le hubiese golpeado el estómago y estuviese tratando de mantenerse en pie, pero se recompone.
Un segundo paso, más lento, un gruñido agónico y el hechizo desaparece. Indi está dentro.
—Joder —murmura—, creí que no lo conseguiría.
—Pero lo has hecho —Anuncia le acaricia con cariño la espalda—. Debes quererla mucho.
—¡Aaahhhh!
Un grito de dolor, y los tres se giran hacia Uxía. Sabíamos que esto podría pasar.
—¿Estás bien? —Indi hace el amago de acercarse a ella, pero Uxía retrocede con violencia.
—¡Quédate dentro! ¡Tú has conseguido romper el hechizo, no la cagues ahora!
—¡Pero estás sangrando! —Una mancha oscura se extiende en la entrepierna de los vaqueros premamá de Uxía—. ¡El bebé!
Indi intenta de nuevo salir del perímetro de la casa para ayudar a Uxía, pero entonces todo cambia sobre nuestras cabezas.
Una negrura inmensa, coronada con llamaradas incandescentes, aparece sobre el tejado de la casa.
Es lo más parecido a la puerta del infierno que podríamos imaginar.
La presión atmosférica aumenta tanto que los oídos empiezan a pitarnos. El aire se enrarece.
Uxía da de nuevo otro paso atrás, se arrodilla sobre la gravilla del camino y se lleva la mano al vientre mientras se encoge sobre sí misma, ahogando un grito.
—¡Uxía!
—¡Estoy bien! —Una especie de tornado empieza a remover la tierra del camino, a agitar con violencia las ramas de los árboles—. ¡Id a por Amanda, por favor!
—¡Pero el bebé…!