Hijas de Lilith LA SOMBRA #4
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LA SOMBRA #4

—No sabíamos a quién recurrir. Sois las únicas que podéis ayudarnos. Así que —Uxía deja de acariciarnos y saltamos de su regazo—, si de verdad queréis a Amanda, ha llegado el momento de poner las cartas sobre la mesa.

De un salto, nos encaramamos al regazo de Anuncia, que mira a su compañera de vida, y le hace un gesto afirmativo con la cabeza, invitándola a hablar.

—No habéis podido entrar porque Amanda ha lanzado un hechizo contra vosotros.

—Ella no haría algo así. —Uxía parece ofendida.

—Ah, ¿no? —Anuncia coge su tazón de consomé y da un trago—. Entonces supongo que no fue idea suya que fueseis a ver a tu madre justo ahora, ¿verdad? ¿Acaso lo propusiste tú?

Uxía se encoge sobre sí misma.

—Os quería lejos de la casa. Normal, hoy es Samaín. La última noche de octubre. Seguramente ha preparado algún ritual porque habrá descubierto quién es realmente.

—Ya sabe quién es —suelta Indi, acelerado—. La hija de la elegida. Una anomalía.

—No. —Anuncia mira a Encarna, asustada, y nosotras maullamos con fuerza.

—Amanda no es la hija de la elegida.

—Sí lo es, Betsabé se lo explicó. La profecía de la primera hija única en la estirpe Alén y todo ese rollo de ser la bruja más poderosa. Amparo era su madre.

—Amparo no era la elegida.

Encarna ha abierto la caja de Pandora que ha mantenido tantos años cerrada.

—¿Qué?

—¿Cómo?

—Aurora tuvo dos hijas.

—Pero Amparo jamás nos habló de una hermana.

—Y Amanda no sabe nada de una tía. Lo más parecido a una tía que ha tenido sois vosotras. —Uxía se ha acercado tanto al borde del sillón que su cuerpo curvilíneo está casi suspendido en el aire.

Nuestros maullidos se intensifican cada vez más, necesitamos que los secretos salgan a la luz, es el momento.

—Ya, ya… ya lo sé. —Anuncia acaricia nuestro lomo buscando calmarnos—. Necesitamos que escuchéis con mucha atención.

—Y, sobre todo, sin prejuicios.

—Lo que os vamos a contar es una verdad que lleva años oculta.

—Puede, de hecho, que seamos las únicas personas vivas que sepamos lo que vais a escuchar. —Encarna se gira hacia Anuncia y acaricia suavemente su mano.

—Cuando Aurora se enteró de que estaba embarazada, nos hizo prometer que la asistiríamos en el parto.

—Nos pareció un poco excéntrico, porque en aquella época los partos estaban medicalizados y se atendían en hospital, pero ella quería dar a luz en casa. Estaba obsesionada con ello.

—Y aún lo entendimos menos cuando nos informó de que no esperaba uno, sino dos bebés.

—¿Gemelas? ¿Amparo tenía una hermana gemela? —El asombro se cuela en la voz de Uxía, que se acaricia el vientre instintivamente.

—Aurora decidió llevar su embarazo sola, con la ayuda y los consejos de una comadrona del pueblo, que murió de vieja solo un par de meses después del parto, y por nosotras dos, claro, que no teníamos ni idea de embarazos. Una locura.

—Pero no quería que se supiese que iba a dar a luz gemelas. Estaba aterrorizada.

—¿Aterrorizada? —Indi comprende la dimensión de lo que está escuchando—. Ella misma tenía una hermana, conocemos a Betsabé. ¿Cuál era el problema?

—El problema —suelta Encarna con decisión— era la profecía.

—Aurora sabía que la elegida se acercaba, porque los poderes de las brujas Alén llevaban años creciendo.

De hecho, siempre creyó que ella sería la madre de la elegida, que con su heredera acabaría por fin la maldición.

Betsabé fue una anomalía; así que veía claro que de ella nacería una bruja de luz y de oscuridad, y después, se acabó.

Aurora era mucho más poderosa que Altea, e incluso Betsabé, criada sin formación y sin contacto con la magia, era una bruja dotada.

Pero el embarazo gemelar lo cambió todo.

—¿Por qué? —Uxía no deja de circunvalar su vientre con un patrón calmante y regular.

—No solo se dio cuenta de que habría una nueva generación de brujas, sino de que el poder oscuro ganaba terreno —apunta Encarna.

—Durante siglos —Anuncia se reclina con parsimonia contra el respaldo del butacón—, las brujas Alén fueron gemelas.

La bruja de luz siempre había sido la primera en nacer; la bruja de oscuridad, la segunda.

Con los años, las brujas de la oscuridad se hicieron cada vez más fuertes, aunque siempre fueron menos dotadas que sus hermanas mayores.

—Pero Aurora sabía que eso había cambiado porque Betsabé era más poderosa que ella. La oscuridad la había encontrado, incluso sin un parto gemelar, y ella había sido capaz no solo de controlarla, sino de dominarla —se adelanta Indi.

—Exacto. Y Aurora empezó a obsesionarse.

Pensaba que la primera en nacer podía albergar también parte de oscuridad; le horrorizaba la idea de que una gemela consumiese a la otra en su vientre, que la magia de luz no fuese suficiente y la segunda en nacer fuese demasiado poderosa…

—Encarna se abraza, su rostro muestra el sufrimiento que vivieron aquellos días.

—Y tomó una decisión. Creednos; fue la decisión más dura de su vida —Anuncia mira a los hermanos alternativamente.

Durante unos segundos, el silencio ocupa todo el espacio. Podemos oír con claridad el repiquetear de la lluvia contra los cristales, el tictac del reloj de la entrada, el ulular del viento. Hasta que Uxía rompe el hechizo con voz temblorosa.

—La mató…

No es una pregunta, aunque tampoco una afirmación. Las palabras de Uxía son más bien una especie de tentativa, una convicción que espera ser desterrada por ser demasiado terrible.

—No quiso hacerlo. —Anuncia suena tan triste, tan herida, que no podemos evitar ronronear en su regazo—. En realidad, quería salvarla.

—¿Salvarla? Explícame cómo es posible matar a alguien a quien quieres salvar, porque no lo entiendo. —Indi ha endurecido su gesto.

—Amparo nació primero. Un parto sencillo y un bebé normal, una niña sana y rolliza. Pero Circe… —Encarna es incapaz de seguir.

—Circe venía de nalgas. Aurora comenzó a sentir la presión del expulsivo antes de que hubiésemos conseguido limpiar a Amparo. Intentamos girarla. Y entonces todo se complicó.

Uxía se levanta, la mano izquierda sobre el vientre, y se acerca a Anuncia y Encarna. Anuncia llora en silencio, las lágrimas comienzan a caer más rápido en cuanto Uxía le pone la mano derecha sobre el hombro.

—Anuncia, ¿qué pasó?

—Las cosas se complicaron. Mucho. Circe era demasiado poderosa.

La habitación comenzó a temblar, las luces parpadeaban sin parar, Aurora estaba perdiendo muchísima sangre.

Intenté convencerla para llamar a un médico, pero se negó.

Estaba convencida de que aquella sería la única manera.

Y no se había equivocado en sentir tanto miedo durante el embarazo.

Cuando Circe nació, eran las 3:33 de la madrugada, y la radio subió de volumen, hasta que pudimos oír lo que sonaba por encima del caos, del llanto de Amparo y de los gritos de Aurora. Una copla.

—El día que nací yo —susurra Uxía.

—Aurora se la tatuó en el alma, como una especie de cicatriz. No dejó jamás de canturrearla. —Encarna tiene la mirada perdida.

—¿La niña nació muerta, entonces? —pregunta Indi tratando de asimilar lo que está escuchando.

—No —Encarna niega con la cabeza—, pero por poco mata a su madre en el parto. Por poco nos mata a todas.

—¿Cómo?

—Circe no era normal. Estaba destinada a ser la última bruja oscura, albergaba un poder inmenso ya desde su nacimiento. Tanto, que fue capaz de conjurar la oscuridad antes incluso de abrir los ojos a este mundo.

—En cuanto dio la primera bocanada de aire —le toma el relevo Anuncia—, la casa se transformó en un torbellino y nosotras estábamos en el ojo del huracán.

El dormitorio parecía la boca del infierno.

Aurora intentó calmarla, acercarla a su pecho, bendecirla.

Pero Circe llevaba en su alma el poder acumulado de siglos de oscuridad reprimida.

Así que hicimos lo único que podíamos hacer.

Uxía se aparta la mano del vientre y se la lleva la boca, tratando de frenar sus propios pensamientos.

—¿El qué?

—Intentamos… intentamos cauterizar sus poderes.

—Aurora estaba tan débil… No paraba de sangrar, pensamos que iba a morir. Que la oscuridad de Circe arrasaría con todo.

—Pero Aurora era fuerte. Y lista. Y como os hemos dicho, estaba obsesionada con que algo malo iba a suceder en el parto, así que estaba preparada.

Nos obligó a ayudarla a levantarse y sacó del armario los elementos necesarios: las velas, el hilo rojo, el hilo negro, la daga, la tierra, el agua del regato.

—Como pudo, tumbó a la niña en la cama, extendió a su alrededor los cordeles y la tierra, mojó su cabecita con el agua. Y cortó el cordel negro con el cuchillo ceremonial.

—Debería haber funcionado…, pero Circe era demasiado fuerte.

—Y Aurora estaba demasiado débil —apostilló Anuncia.

—Sobre nuestras cabezas se abrió un abismo, negrísimo, más negro que el de nochevieja, y Circe comenzó a elevarse hacia él.

—Y Aurora hizo lo único que podía hacer, lo único que podía salvarla. Salvarnos.

—Cortó el hilo rojo. —Uxía susurra las palabras, pero suenan como un trueno en esta quietud.

Encarna afirma con la cabeza y Anuncia llora desconsolada.

—Y al hacerlo también cercenó la vida de su propia hija —hipa Anuncia.

—El abismo desapareció enseguida y el cuerpecito de Circe cayó sobre la cama.

—La enterramos junto al regato. —La voz de Anuncia suena cada vez más débil—. La lloramos mucho.

—Aurora nunca se repuso de la muerte de su otra hija e intentó criar a Amparo como si fuese la elegida —continúa Encarna—.

Supongo que se quiso aferrar a la idea de que la muerte de Circe no había sido en balde.

Pero la oscuridad siempre encuentra la manera de volver, siempre, vosotros mismos lo habéis visto.

Anuncia nos aprieta contra su pecho.

—Siempre vuelve.

Y, de repente, es como si un rayo hubiese atravesado a Uxía y todas las piezas encajasen.

—¡¿La gata?! —grita señalándonos.

—¡No! ¡no! —Encarna trata de explicarse, pero Anuncia se le adelanta.

—Las brujas Alén nunca abandonan la casa.

Su energía está ligada a ella. Y, de alguna manera, se retroalimentan; son más poderosas cuanto más cerca están de su hogar.

Y cuando mueren, regresan… —Anuncia acaricia nuestro lomo— convertidas en gatos.