LA SOMBRA #3
—Los gatos son animales sagrados, Amanda. Y para las brujas Alén las gatas son, ¿cómo explicarlo? Algo así como animales espirituales. ¿Verdad, preciosa?
La gata negra ronronea bajo las caricias de Betsabé, y se enrosca en sus piernas antes de saltar sobre la cama llena de mugre.
—Bien, pues, si eso es todo, creo que ha llegado el momento de comenzar.
Chasca los dedos de su mano izquierda y seis de los miembros del aquelarre comienzan a arrinconar los pocos muebles del dormitorio contra las paredes y a despejar el espacio. El resto abandona la habitación con paso marcial, como soldados disciplinados.
—¿Dónde van? —Los brazos me pesan tanto…
—A por los elementos necesarios para el ritual: las hierbas, las piedras, las velas. Estarán en el taller, supongo, si has estado practicando, lo tendrás bien surtido.
Una de las mujeres cubiertas con la capucha saca de su bolsillo un pedazo de tiza y se arrodilla en medio de la habitación para dibujar un pentagrama. Betsabé y yo estamos en el centro. Luego lo rodea con un círculo que toca sus cinco puntas.
Los acólitos reaparecen con las manos llenas.
Hay frascos de mi taller, un cuenco de obsidiana que no reconozco y un cuchillo con el mango labrado que utilizo para cortar los atados de hierbas.
El hombre que porta el cuchillo se acerca con la cabeza gacha, pero no traspasa el círculo que rodea el pentáculo.
Extiende los brazos con las palmas de las manos hacia arriba y se lo entrega, reverencial. Betsabé sonríe de medio lado.
—Perfecto, perfecto. Déjame ver. —Sostiene el mango y acaricia la hoja con delicadeza y empieza a declamar:
Sean eiras vlana dun dravan serfan per avren eira porven celan e vencen eiras varel alzadas. Sean tu glavis cendan tol nexun varas per ke eiras nuven juncal poden ferven verad.
(Que las heridas que abras sirvan para abrir el portal cerrado y vencer las barreras levantadas. Que tu filo corte toda conexión pasada para que las nuevas uniones puedan hacerse realidad).
Debería haber entendido esas palabras, pero solo he captado el significado de algunas: Filo. Cerrado. Abrir. Me siento abotargada, las piernas me flaquean.
Betsabé devuelve el cuchillo a su fiel discípulo, y este se coloca en posición, firme como una estaca, en la punta del pentáculo más cercana a la puerta de entrada.
El resto de los elementos empiezan a aparecer dentro del círculo, como por arte de magia.
Betsabé se acerca, uno a uno, coloca las manos sobre ellos, cierra los ojos, murmura unas palabras que no comprendo y los va dejando a sus pies, frente a mí.
Ella, regia, está de espaldas a la puerta; yo, agotada y vencida, a la ventana.
Entonces ese aquelarre oscuro y mudo se sitúa a nuestro alrededor, uno junto al otro, rodeando el círculo de tiza en el suelo.
—¿Estás lista?
Dudo, y sé que debería estar asustada, pero me siento tan lejos de lo que está sucediendo que apenas soy consciente de lo que ocurre.
—¿Sobreviviré? —consigo preguntar.
—Digamos que no tienes por qué morir. El éxito del ritual no depende de que la bruja muera, Amanda, ya lo sabes.
—Entonces podría morir.
—Cariño, podrías morir con o sin ritual. —Su sonrisa se expande y siento un escalofrío—. La cuestión es cómo. Si prefieres morir poco a poco, atormentada por las pesadillas y los terrores nocturnos, sometida por la oscuridad que no consigues dominar… En fin, es tu decisión.
—Si muero… —dudo, pero necesito saberlo—. Si finalmente muero… ¿todo lo que yo soy en este mundo morirá conmigo?
Los ojos de Betsabé se achinan. Escruta mi rostro con una duda que la ha pillado por sorpresa.
—¿Qué quieres decir, Amanda? No estarás embarazada, ¿verdad?
—No —niego con la cabeza—, no estoy embarazada.
«No soy yo quien lo está».
Aunque las palabras me pican en la punta de la lengua, las reprimo haciendo acopio de la poca fuerza que me queda. Ya solo quiero que esto acabe.
—Bien, en ese caso, comencemos.
Betsabé cierra los ojos, lleva hacia atrás la cabeza y eleva los brazos hacia el enorme agujero sobre nuestras cabezas.
En ese momento me doy cuenta de que el suelo está seco, que la lluvia no afecta a esta parte de la casa.
Recuerdo con nitidez el agua resbalando por la nuca de Indi.
No ha dejado de llover desde ayer. Alzo la mirada lentamente y lo que veo me paraliza.
Sobre nosotras, una espiral de la más absoluta oscuridad gira sobre sí misma a un ritmo constante e hipnótico. Un agujero negro sin estrellas, sin luna, sin cielo.
Apenas soy capaz de mantenerme en pie cuando la voz de Betsabé suena, grave y profunda:
Mi voquen a tu, eira nevrun insondan de eira nox, eiras tinavrel ke velven eira munda, eira oscuven ke druvan en eira meiga tol.
Mi clamven a tu, ke tu ocultan en lo velis, esverdan tu morven.
Hades, Nyx, Chernobog, Set, Kali, Morrigan.
Esven tu morven, tu porven se avren per mí, mostraven tu poter e lesvan mi braven.
Vernen a mi clamra e lesvan ke tol tu poter entraven en mi.
(Te invoco a ti, la negrura insondable de la noche, las tinieblas que cubren el mundo, la oscuridad que habita en cada bruja.
Te llamo a ti, que te ocultas en lo invisible, esperando tu momento.
Hades, Nyx, Chernobog, Set, Kali, Morrigan.
Ha llegado tu momento, tu portal se abre para mí, muéstrame tu poder y déjame poseerlo.
Acude a mi llamada y deja que todo tu poder entre en mí).
Un destello plateado llama entonces mi atención.
Detrás de Betsabé, el hombre que sostenía el cuchillo lo ha utilizado para cortarse la palma de la mano, y de ella brota ahora un reguero constante de sangre oscura y densa.
Con la mano derecha pasa el cuchillo al acólito de su izquierda, que lo imita, y así sucesivamente.
Mientras, Betsabé sigue murmurando invocaciones.
Cuando la última mujer, a la derecha del primer hombre, se ha cortado, todos se arrodillan a la vez y extienden la mano sangrante sobre el círculo, que muta del blanco de la tiza al carmesí húmedo y grumoso.
Entonces, Betsabé eleva de nuevo la voz:
Eira cirval es plenven, eira meiga lesven su poter per vren praven. Oscuven, druvan tu laren.
(El círculo se ha completado, la bruja ha entregado su poder por propia voluntad. Oscuridad, ocupa tu espacio).
La espiral de vacío sobre nuestras cabezas acelera, una entropía que me nubla los sentidos. La cabeza me da vueltas y siento que voy a desmayarme, pero entonces, Betsabé me empuja suavemente hasta el suelo, donde me dejo caer y lucho por no perder el conocimiento.
Las manos ágiles de la única bruja Alén viva, aparte de mí, mezclan diferentes elementos en el cuenco de obsidiana.
Distingo la corteza de castaño, el estramonio y algo que parece tierra, pero no logro identificar el resto de semillas.
La espiral incrementa el ritmo; tanto, que el dormitorio y todo lo que contiene empieza a sucumbir a su fuerza centrífuga.
Los bordes de las capuchas y las túnicas de los acólitos que nos rodean se agitan suavemente.
El pelo se me rebela y algunos mechones se arremolinan.
Solo Betsabé, como una Vestal, permanece inalterable. Ella, y la gata negra, que sigue sobre la cama.
—¡Manifiéstate!
El grito despierta un poco mis sentidos.
Las dos velas rojas que enmarcan el cuenco de obsidiana, como columnas dóricas, comienzan a arder.
La llama es oscura e imperturbable, como si el viento que agita todo a nuestro alrededor no pudiese tocarlas.
Igual que en el ritual que probé yo misma hace semanas.
—Levántate, Amanda.
Ni el agotamiento infinito que siento consigue frenar la necesidad de obedecer la orden de Betsabé.
Me incorporo apoyándome en las manos. Pierdo el equilibrio por un segundo, pero me recompongo y logro incorporarme. Cuando cruzo la mirada con ella, algo en lo más profundo de mi ser se quiebra.
Betsabé extiende una mano fuera del círculo de sangre y un miembro de su aquelarre le tiende el cuchillo. Sin apartar sus ojos de mí, desliza la hoja sobre su palma izquierda. Ni un gesto, ni un sonido. Es como si el dolor no formase parte de ella.
La sangre mancha su mano fina y blanca cuando la extiende hacia mí.
—Ahora, querida, dame tu mano.
***
—Bueno, pues vosotros diréis.
Encarna se ha sentado junto a Anuncia en su butaca. Sin mediar palabra, se han limitado a prepararles un tazón de caldo, acomodarlos en el sillón de las visitas y acogerlos.
—Nosotros… —Indi mira a su hermana y esta se encoge de hombros al tiempo que nos acaricia—. Dios, es que no sé por dónde empezar.
—Puedes empezar por contarnos por qué habéis venido a vernos tan tarde con la gata de Amanda en brazos.
—Apareció de la nada. —Indi se explica atropelladamente—. Estábamos camino de Vigo, a ver a nuestra madre, queríamos ir antes de que naciese el bebé y pensamos que sería buena idea aprovechar el puente.
—¿Así que eso pensasteis? Claro, sí, parece buena idea… —Encarna mira a Anuncia sin disimulo, pero Indi está demasiado preocupado para notarlo. Nosotras no. Nosotras lo sabíamos. Sabíamos que ellas podrían entenderlo.
—Paramos a sacar dinero en el pueblo, antes de coger la autopista y la gata estaba allí.
—Es una gatita muy lista —Anuncia nos mira con pillería—. ¿Por qué no se la habéis llevado a Amanda?
—Porque…
—Porque no fuimos capaces. —Uxía termina la frase que su hermano ha sido incapaz de completar—.
El coche no avanzaba. O, mejor dicho, avanzaba, pero solo si íbamos en dirección contraria a la casa.
Y cuando la dejamos en el suelo para que volviese sola subiendo el camino, volvió a saltar a mi regazo.
Así que bajé del coche y fui andando hasta la puerta, pero al llegar, no fui capaz de abrirla.
—¿No pudiste abrirla? ¿Estaba atascada?
—No era eso. Simplemente no pude. No pude.
—Y habéis pensado que nosotras tendríamos una explicación para todo eso, ¿me equivoco?
Indi suspira con cansancio y se frota la cara con las manos.
—Vosotras lo sabéis. Sé que sabéis qué está pasando. Y sé que la última vez que Amanda estuvo aquí las cosas no fueron precisamente bien, pero… —Vuelve a frotarse la cara con desesperación—. Tengo miedo de que haga una tontería, otra más, en realidad, y no sé…