Hijas de Lilith LA SOMBRA #2
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LA SOMBRA #2

El hechizo ha funcionado e Indi pasará a recoger a su hermana a las seis de la tarde, al salir del trabajo.

Retraso lo que puedo la hora de regresar. Me repito a mí misma que es para dejar organizada la trastienda antes del puente, pero sé que es una forma ridícula de evitar enfrentarme a los ojos oscuros de Indi.

Fracaso estrepitosamente. Cuando a las siete y media de la tarde abro el portalón de hierro, Indi está en la puerta de entrada, abierta de par en par.

A sus pies, la maleta de Uxía, demasiado grande para una escapada de tres días.

Lleva puesta una cazadora de cuero marrón forrada de borreguillo, unos vaqueros oscuros y unas botas de piel desgastadas y de aspecto cómodo.

La lluvia le ha empapado el cabello, los mechones más largos se le pegan a la frente y al cuello y las gotas resbalan por su piel pálida.

Me quedo paralizada en medio del camino de entrada, sin saber qué decir. He tratado por todos los medios de evitar este encuentro; he llegado más tarde de lo habitual para no encontrármelo precisamente hoy, pero aquí está.

—¡Uxi, date prisa que nos van a dar las uvas! —dice asomando medio cuerpo por la puerta.

Se aparta un mechón de la cara mientras se gira hacia la entrada y nuestros ojos se encuentran bajo la lluvia. En este momento, lamento haberme decantado por un paraguas transparente; bueno para dejar pasar la luz en los días oscuros, malo para esconderme de su mirada.

—No he visto tu coche al bajar —le digo señalando el camino, donde la suave cuesta se empina.

—He aparcado abajo, vine por el otro lado.

—Ah.

No sé qué más decir. Así que callo. Respiro hondo haciendo acopio de la poca determinación que siento y me acerco a la entrada, bajo el resguardo del porche.

Nuestros cuerpos están tan cerca que por un momento pierdo un poco el equilibrio, pero me recompongo, cierro el paraguas y entro en casa justo cuando Uxía baja apresuradamente la escalera.

—Ya voy, ya voy. Cojo el bizcocho y estoy lista —comenta entrando en la cocina.

Solo unos segundos después, reaparece de nuevo con un bulto envuelto en papel de plata entre las manos.

—Lista. Te he dejado lasaña en la nevera, si no te la comes, métela en el congelador. Venga, ¡vámonos!

Uxía sale disparada, dejando atrás a su hermano, y yo me deshago del abrigo.

—Amanda —una mano cálida me sostiene del antebrazo y me obliga a darme la vuelta—, tenemos que hablar. Lo sabes, ¿verdad?

—Cuando volváis. —Fuerzo una sonrisa—. Dale un beso a tu madre.

Me aparto de Indi y me dirijo a la mecedora donde Trina dormita. La puerta se cierra con un golpe seco.

Todavía no son las nueve de la noche cuando el timbre interrumpe la suave cadencia del repiqueteo de la lluvia en los cristales.

La calma y la calidez del salón, unidas a mi falta de sueño, me han adormecido pese a la inquietud que siento, así que el ruido me asusta y salto de la mecedora, llevándome a Trina por delante, que cae a unos pasos de mí y bufa.

Se le eriza el lomo y se le encrespa la cola.

—Solo es el timbre, tranquila.

Pero la gata parece saber mejor que yo que el timbre es solo el preámbulo, y, con un gruñido, sale corriendo del salón hacia la cocina.

Abro la puerta y ahí está: la elegante figura de Betsabé, delgada y soberbia, enfundada en un vestido negro de cuello barco y largo hasta la rodilla. Su abrigo de cachemir, también negro y de aspecto carísimo, descansa sobre su antebrazo.

—¿Preparada?

Asiento sin decir nada, y en ese momento, como si me hubieran visto darles permiso, una docena de hombres y mujeres cubiertos por abrigos negros comienzan a desfilar por el camino de entrada hacia la puerta. Una Santa Compaña que convierte el sendero de gravilla en una elegante procesión.

Instintivamente, doy un paso atrás para dejarles paso a Betsabé y su séquito, pero justo en ese momento, estoy a punto de perder el equilibro: el cuerpo suave de Trina se cuela entre mis piernas y escapa como una flecha por el camino de entrada emitiendo unos chirriantes maullidos.

—¡Trina! —Amago el gesto de ir tras la gata, pero la mano de Betsabé se posa en el centro de mi pecho y me detiene.

—No —sus mirada es fría y determinada, aunque una sonrisa suave asoma a sus labios pintados de coral—. No es el momento, querida. Volverá, ya lo verás. Vamos arriba.

Y mientras subo las escaleras, con Betsabé liderando su séquito de abrigos negros, me empeño en repetirme a mí misma que he tomado la decisión correcta. Pero la verdad es que empiezo a dudarlo.

***

Lo supimos desde el principio. Lo supimos siempre.

Pero la prueba irrefutable fue la aparición de Circe, orgullosa y altiva.

No sabemos qué ha hecho ni cómo, pero ni toda la magia que hemos conjurado nos ha permitido vencer el muro que ha construido alrededor de Amanda.

Una barrera que se debilita cuando Indi está cerca, pero que se afianza cuando se aleja, más inexpugnable si cabe.

Lo supimos siempre, pero no fuimos capaces de frenar el destino. Solo ella puede hacerlo, aunque va a necesitar ayuda. Y con tanta urgencia que por primera vez abandonamos la casa. Para nosotras no es fácil hacerlo, porque la casa nos protege, incluso ahora que la oscuridad la invade.

Tardamos unos minutos en localizar el coche de Indi.

Han parado en el cajero. Ha sido buena idea hacer desaparecer el dinero del monedero de Uxía y la cartera de Indi.

Es casi un milagro que el truco haya funcionado, pero lo ha hecho, y eso es lo importante.

Ahora tenemos que dejarnos ver, tenemos que convencerlos.

Uxía está sentada en el asiento del copiloto, es él quien teclea en el cajero. Las puertas del coche están cerradas, así que Indi es nuestra única posibilidad.

—Anda, ¿y tú? —Enredarnos en sus piernas nos ha servido para llamar su atención, pero necesitamos más—. Eres una gatita muy bonita, ¿te has perdido?

—Oye, ¿te queda mucho?

—No, ya está, es que estaba saludando aquí a la amiga.

Uxía baja la ventanilla y mira hacia nosotras con ternura, hasta que su semblante cambia ligeramente hacia la intriga.

—Joder, esa gata se parece mogollón a Trina, ¿no?

Indi se agacha y nos coge en brazos. Es el momento.

—Mmm… sí, un poco, la verdad.

—¿Se habrá escapado?

—No creo, ¿no?

—Lleva semanas muy rara, ya nunca duerme con Amanda, no sube al segundo piso. Igual está enferma.

Indi se mete en el coche y nos deja en brazos de Uxía, que mira hacia él con desconcierto.

—¿Qué haces?

—Vamos a llevarla a casa, y luego salimos directos.

—Vale… —Uxía suspira, pero deja que sus dedos se pierdan entre el suave pelaje—, pero un segundo, ¿eh?, que vamos a llegar tardísimo.

El coche emite un sonido extraño en la subida de la cuesta que nos conduce a casa, y el motor se detiene en seco.

Indi maldice, vuelve a arrancarlo, pero no consigue avanzar ni medio metro, porque se vuelve a parar.

Tras dos o tres intentos, descubre que, al pasar de cierto punto, solo le funciona la marcha atrás.

—Manda cojones. Esto sí que es raro. Bueno, mira, el taller de Paco está aquí al lado. Vamos a que le eche un vistazo. No creo que haya cerrado todavía. Y tú, ¡hala! —Abre la puerta y nos deja en el camino—. Venga, ve a casa.

No es suficiente. Necesitamos más. Resulta difícil volver a saltar en su regazo con rapidez antes de que vuelva a cerrar la puerta del coche, pero lo hacemos.

—Pero ¿qué pasa? ¿No quieres volver con Amanda?

—A lo mejor no quiere volver sola.

Uxía nos coge en brazos y sale del coche decidida, pero al llegar a la verja de la entrada se gira hacia Indi.

—Indi…

Indi sale corriendo del coche y se acerca a ella, preocupado.

—¿Qué pasa? ¿Estás bien? ¿El bebé está bien?

—Sí, sí, es solo que… —Uxía niega con la cabeza—. Intenta tú abrir la puerta, anda.

Durante unos segundos no pasa nada. Toda nuestra energía se concentra en intentar que Indi y Uxía venzan el hechizo que los mantiene alejados de la casa, pero Amanda es una bruja poderosa, y nosotras…

nosotras no existimos. O no en este plano.

Solo contamos con este cuerpo prestado y el poder de la energía que rodea nuestros espíritus.

Y no es suficiente. No es suficiente, ni sumando todas nuestras fuerzas.

—¿Qué coño…?

Indi tiene el ceño fruncido, los brazos extendidos a lo largo de su cuerpo, paralizados. La lluvia ha dejado de ser tan intensa hace rato, pero las gotas finas que siguen cayendo han empapado los rizos de Uxía. Se gira hacia el coche, resuelta, dejando estupefacto a Indi.

—Sube al coche, vamos a buscar respuestas ahora mismo —le grita.

***

Betsabé abre con decisión la puerta del dormitorio de mi madre, y me hace un gesto para que pase tras ella. Al cruzar el umbral, siento que la fuerza se me escapa por cada poro de la piel. Y me siento muy cansada.

Detrás de mí, se cuela la docena de acólitos. Es extraño, no han levantado la vista del suelo en ningún momento.

—Por fin —dice Betsabé dando vueltas lentamente sobre sí misma en el centro de la habitación, con los brazos elevados, como si estuviese esperando una ovación—, por fin estamos aquí.

—¿Quién es toda esta gente? —mi voz suena somnolienta.

—Mi aquelarre.

—Creí que tu aquelarre era el de las brujas Alén.

—No me quisisteis entre vosotras, así que tuve que buscarme uno. —Extiende teatralmente las manos para señalar hacia el grupo de hombres y mujeres uniformados.

Todos se llevan las manos a la nuca y se cubren la cabeza con las capuchas de sus abrigos. Quizá no sean abrigos, sino capas. Pero ya me da igual.

—Bueno, querida. ¿Hay algo que quieras saber antes de empezar?

Soy un globo de helio que va perdiendo fuerza poco a poco y desciende del techo, olvidado tras una fiesta. Me cuesta mucho expresarme, pero necesito saber más.

—¿Para qué han venido?

—Para el ritual, por supuesto. Este ritual precisa de un aquelarre.

—No vi nada de eso en los libros…

Betsabé se ríe, condescendiente.

—Claro que no, querida, no todo está en los libros. Pero créeme, este ritual es lo que necesitas. Y para que salga bien exige el aquelarre. Y, por supuesto… —da una vuelta sobre sí misma buscando a su alrededor—. ¡Oh! ¡Aquí estás! Y por supuesto, a ella.

—¿A la gata?