LA SOMBRA
Fue cobarde, lo sé, pero no pude remediarlo.
Me fui de casa antes de que el sol hubiese salido del todo.
Mandé un mensaje a Uxía para decirle que tenía que ir al herbolario a preparar unos pedidos, pero evité deliberadamente escribir a Indi, así que no me sorprendió que no apareciese por casa esa noche. Ni esa, ni las siguientes.
Uxía sigue durmiendo en el antiguo cuarto de mi abuela, pero el sofá cama del cuarto de juegos no ha vuelto a utilizarse desde la noche anterior a que Indi y yo nos acostáramos; y aunque nos hemos visto casi todos los días, es evidente que algo se ha roto entre nosotros.
Sé que si dejo que esto se convierta en algo más, me complicará la vida, y él sabe que no es momento para afrontar nuestros sentimientos, así que, sencillamente, fingimos que no ha pasado nada, aunque el distanciamiento es palpable.
Podría llamarlo, quedar a solas con él y hablar del tema, pero después recuerdo que él podría hacer lo mismo y aparco el pensamiento.
Tal vez se arrepintió. Tal vez se dejó llevar y prefiere no enredar las cosas.
O está enfadado. Así que puede que sea mejor así.
Octubre avanza y cubre las calles de Fene de hojas, calabazas y castañas.
La frutería que hay junto al herbolario se llena de referencias al Magosto y al Samaín y la vida se ralentiza.
Se acerca la noche del 31, y cada vez duermo menos.
En parte, porque no quiero sufrir pesadillas.
Bebo tanto café que mi estómago se resiente, y programo la alarma cada hora para evitar caer en un sueño profundo.
La medianoche del 25 de octubre, mientras trato de concentrarme en la lectura, recibo la llamada que llevo tiempo esperando y temiendo a partes iguales.
Uxía se ha acostado hace horas. Últimamente está más cansada; el embarazo empieza a pesarle, y aunque el trabajo le encanta, ya se le hace cuesta arriba.
Ayer, mientras recogíamos la cocina tras un intenso día de horneados, se le escapó un hondo suspiro.
—Vete a la cama, no te preocupes.
—¿Seguro que no te importa?
—Claro que no.
—Gracias. Estoy deseando que empiece la reforma, trabajaré más cómoda con la cocina nueva. Indi dice que a mediados de noviembre estará lista.
—¿Ah, sí?
—¿No te ha dicho nada? —Negué con la cabeza y metí el último bol en el lavaplatos—. Se le habrá pasado.
Pero las dos éramos conscientes de que no era un olvido, y yo, concretamente, sabía con seguridad que Indi había evitado contármelo para no tener que sentarse a hablar conmigo. Igual que sé que esta llamada lo cambiará todo.
Pulso el botón verde en la pantalla.
—Hola.
—Buenas noches, Amanda, ¿qué tal estás?
—Podemos ahorrarnos las formalidades, créeme, no me van a hacer sentir más cómoda con esto.
—Esto, querida, es tu decisión, no la mía, así que no veo por qué deberías sentirte incómoda.
—Acabemos de una vez. ¿Lo tienes todo listo?
—Por supuesto que sí. Dispuesto y preparado. —Una aspiración suave al otro lado de la línea me deja intuir que Betsabé ha encendido uno de sus cigarrillos rubios y finos—. La pregunta es, querida, ¿lo tienes tú todo listo?
—Sí.
—¿Estás segura?
Suelto aire con impaciencia.
—Tranquila, Uxía e Indi no estarán en la casa la noche del 31. Yo me ocupo de eso. Tú encárgate de que todo salga bien y de que sobreviva al ritual.
—Haré lo que pueda, querida.
—Eso espero.
Trina se ha despertado. Gira su carita de ojos redondos hacia mí con un gesto de desaprobación.
—Tengo que hacerlo…
«No sé por qué me justifico ante una gata», pienso de camino al taller. Una gata que, además, no ha vuelto a subir al segundo piso desde la noche en que Indi y yo estuvimos juntos. Como si lo que la convenció para regresar a mi dormitorio hubiese desaparecido. Tal vez sea así.
Trina no me sigue hasta el taller. En su lugar, Noite espera sobre la mesa de trabajo, sentada con elegancia, describiendo ondas suaves sobre la madera con la cola.
Dispuse los ingredientes y el hechizo hace días, pero necesitaba recibir esta llamada para ponerme en marcha.
Supongo que una parte de mí confiaba en que estas semanas sucediera algo que me hiciera replantearme la decisión; sin embargo lo único que ha cambiado es el aspecto de los árboles del jardín que se vislumbran desde la cristalera del taller, ahora teñidos de rojo.
El otoño está en su apogeo. Dentro de unos días entraremos en la etapa más oscura de esta estación, esa en la que, poco a poco, la naturaleza muere para renacer en primavera.
Sobre la mesa, atados con un cordel negro, hay un rizo de Uxía y un suave mechón de pelo de Indi. Los he mantenido en un frasco con lavanda y albahaca durante estos días, esperando el inicio de la cuenta atrás. Siete días, siete puestas de sol para que el hechizo surta efecto.
Los mechones de pelo son la base, pero no lo único necesario. Sobre ellos, en un cuenco de piedra gris, vierto polvo del camino de la entrada, hojas de ruda machacadas y un puñado de sal.
Ha llegado el momento.
Cojo una cerilla larga de madera y la acerco al rascador, pero en el último minuto me arrepiento.
Esta será la última vez que emplee mi magia, después de este hechizo no habrá más.
En solo siete días mi poder dejará de pertenecerme.
Así que me dejo llevar y me regalo un último truco.
Cierro los ojos, me concentro, y soplo sobre la cabeza del fósforo con suavidad, hasta que brota una llama anaranjada y estilizada.
Acerco la cerilla al cuenco y las llamas prenden primero la ruda, y después el resto del contenido, incluyendo el cabello de las dos personas que más quiero. El resplandor rojizo de las llamas ilumina los cristales del taller. Fuera, la noche ulula.
Esta es la única manera. La única.
Tengo que conseguir que Indi y Uxía estén lejos de la casa, lejos de Fene, de mí.
Apartarlos del ritual. Y este hechizo es la única manera.
No quiero anular su voluntad, solo plantar en ellos la necesidad de alejarse durante un tiempo, un viaje corto servirá.
Debo conseguir que las brasas no se apaguen antes de la medianoche del próximo 31 de octubre.
La gata negra, que ha permanecido sobre la mesa de trabajo todo este tiempo, salta al suelo y me mira desde abajo. Cojo aire y recito de memoria el conjuro.
Sean eira flamma varel entremi dun ke la ferven e mi vren. Morrigan, adven mi mandral, e fendan dun no druvan est alman.
(Que esta llama sea barrera entre quienes la hacen arder y mi voluntad. Morrigan, atiende mi mandato y separa lo que no debe estar unido).
A la mañana siguiente, Uxía aparece en la cocina somnolienta y despeinada mientras yo preparo té y tostadas con mantequilla y los restos del último tarro de la mermelada de mora casera que Uxía elaboró el verano pasado.
Los rizos desordenados de mi amiga se agitan cuando se deja caer sobre el taburete.
—Pareces cansada.
—No he dormido muy bien —dice mientras se frota con suavidad el ojo izquierdo, tratando de despejarse—. He tenido unos sueños rarísimos, algo relacionado con hierbas, fuego y no sé, no recuerdo mucho. Pero sí recuerdo que se me caía el pelo. ¿Significará eso algo?
—Significa que estás ya de casi ocho meses —afirmo con convicción, aunque en mi interior estoy tratando de acallar las voces que me gritan que lo sabe, que algo dentro de ella la ha advertido—. Dentro de nada estarás ya demasiado avanzada y no te apetecerá ni moverte. Y mucho menos viajar, claro.
—Bueno… —Uxía coge una tostada y le añade una gruesa capa de mermelada—, tampoco es que tenga ningún viaje planeado.
—Oh.
—¿Qué? —la pregunta se escapa de sus labios mientras mastica con hambre el primer mordisco de pan.
—No, nada, es que pensé que querrías ir a ver a tu madre antes de que naciese el bebé.
—No lo había pensado… —frunce el ceño como si valorar la propuesta le costase más de lo que esperaba—. La verdad es que me da pena que no pueda verme así de gorda.
—No estás gorda, estás preñada —la reprendo con cariño.
—Preñada y gorda, efectivamente. —Da un nuevo mordisco a la tostada y reanuda el hilo de su pensamiento en voz alta—. Dijo que vendría en cuanto me pusiese de parto, pero como no conduce desde que tuvo los vértigos, venir hasta aquí se le complica un poco. Tal vez podría ir a verla.
—Puedes aprovechar el puente de octubre. —Me sorprende la naturalidad en mi voz, una frase casual, inesperada. Como si no llevase semanas planeando el momento de decirla. Como si no formase parte de un plan meticulosamente orquestado.
—Pues tienes razón. Seguro que Indi se anima, y así no conduzco yo, que con esta panza hacerme la AP9 hasta Vigo es como subir el Tourmalet.
—Coméntaselo, ya verás como se apunta.
—Luego lo llamo.
Cuando regreso a casa la tarde del 26 de octubre, Uxía está hablando por teléfono con Indi, que ha decidido cogerse el puente y no ha dudado en acompañar a su hermana a Vigo.
El último día de octubre amanece lloviendo.
En realidad, anoche, en cuanto el sol se ocultó, una lluvia ligera y fría comenzó a caer sobre Fene.
El asfalto está resbaladizo y hay charcos de lodo en el camino de tierra que lleva hasta la casa.
A medianoche, sentada en la cama leyendo, con la esperanza de no quedarme dormida hasta pasadas las 3:33, oí cómo la lluvia arreciaba y se transformaba en una tormenta.
El viento azotó las ramas de limonero contra la ventana toda la noche; una bendición que me mantuvo despierta sin esfuerzo hasta bien entrada la madrugada.
Es un día gris, húmedo y oscuro, perfecto para acompañar el espíritu del Samaín.
Un espíritu que parece haber poseído Fene y que he tratado de ignorar sin mucho éxito.
La mañana transcurre ajetreada y entretenida atendiendo a los clientes del herbolario, que ya llevan unos cuantos días pidiéndome mezclas con canela y calabaza, porque, según dicen, es lo que toca en esta época.
No tengo corazón para contarles que, en estas fechas, el enebro, la menta, el maíz o las manzanas tienen mucho más poder que esas deliciosas mezclas con canela o las calabazas talladas.
Unas calabazas a las que Uxía no ha podido resistirse y que ahora decoran la puerta de entrada de casa.