Hijas de Lilith Octubre 2018 #5
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Octubre 2018 #5

Quien te abraza cada noche hasta que pasa la puta hora bruja esa en la que te conviertes en una especie de zombi, quien enterró el cadáver de Gonzalo fui yo, ¡quien te ayudó a volver de esa mierda de inframundo en el que estabas atrapada! Siempre soy yo, por eso lo sé.

—Yo no te lo he pedido, ¿no es cierto? No puedes echármelo en cara ahora, Indi.

—Cierto. —Su tono desciende—, no me lo has pedido, lo he hecho porque he querido.

—Pues ya sabes lo que tienes que hacer si no te gusta lo que hay, la puerta no se ha movido de sitio. —Me doy la vuelta para subir al dormitorio. Quiero perderlo de vista, escapar de este sentimiento que me estruja el corazón—. Vete si quieres.

—¡Es que no quiero! —Me sujeta por los hombros, obligándome a frenar—. Y eres más tonta de lo que pensaba si no te has dado cuenta todavía, joder.

Estamos en mitad del vestíbulo. La noche se cierne sobre la casa, iluminada solo por la tenue luz de las lámparas de la entrada y las del pasillo superior, cuyo resplandor anaranjado se cuela en cascada por la escalera.

El silencio nos envuelve durante unos segundos, mientras nos miramos, pero toda la calma que rodea este momento, este lugar, es incapaz de lidiar contra la rabia que tenemos contenida.

Los dos. Mi corazón golpea contra la caja torácica en cada latido y creo que puedo oír cómo el de Indi se acelera.

Su respiración se vuelve más intensa, más profunda y rápida, y con un movimiento ágil me zafo de su agarre.

—Ah, ¿yo soy la tonta? ¡Eres tú el que dice que quiere quedarse, Indi! Qué demonios te impulsaría a quedarte conmigo, ¿eh? No soy un lugar seguro, precisamente, soy una bomba de nitroglicerina, y no apruebas mis decisiones, así que, ¿por qué te quedas?, ¿eh? ¡¿Por qué te quedas?!

Durante un par de segundos una chispa de algo parecido al odio prende al fondo de sus pupilas. Durante un par de segundos creo que va a abrir la puerta y largarse para no volver jamás. Durante un par de segundos estoy convencida de que por fin se ha rendido.

Y entonces lo oigo musitar un «joder».

Y lo siguiente que ocurre es que sus labios muerden los míos en el beso más hambriento que podría imaginar.

Nos besamos. Nos besamos con ansia, con posesión, de forma casi animal.

Nos besamos en el vestíbulo, a los pies de la escalera, y continuamos besándonos mientras subimos, mi cuerpo aprisionado contra la pared, contra la barandilla.

Nuestros labios no se separan ni cuando abrimos la puerta del dormitorio, ni cuando caigo sobre la cama, sepultada bajo el calor febril que emana el cuerpo de Indi.

Sus manos revolotean sobre mi torso y se deshacen del jersey con facilidad.

Yo soy más torpe descartando las prendas que lo cubren a él, pero no parece importarle.

Se aleja un segundo de mí para quitarse el jersey y la camiseta con un par de movimientos hábiles, y vuelve a devorar mi boca mientras me desabrocha los vaqueros.

No sé en qué momento me he quitado los zapatos, o cuándo dejó él caer los suyos, pero qué importa.

Me recorre el cuello con la boca, desciende hasta las clavículas, se aferra a mi pecho con hambre voraz. Sus besos son dolorosos y a la vez suaves, me incendian la piel, la marcan a fuego, la tatúan. El contacto de su boca en el interior de mis muslos es insoportable. Y toda yo estallo en llamas.

La piel de Indi es suave, los ángulos de sus caderas contrastan con las curvas de sus nalgas.

Su pecho y su estómago son firmes. Es como una montaña rocosa recubierta de mullido algodón.

No puedo dejar de acariciarlo, de besarlo, de reclamar cada centímetro de él, que nada tiene que ver con el del niño tímido y miedoso que fue.

Este hombre es valiente, decidido, y su mirada, eléctrica, se clava en mis ojos.

—¿Estás segura?

Mi respuesta tiene forma de beso. Uno desesperado que lo obliga a girar sobre sí mismo y dejar que lo cubra con mi cuerpo.

Indi es más alto que yo, pero ahora mismo tengo la sensación de ser más fuerte, más poderosa, gigantesca.

Me alzo sobre sus caderas y dibujo círculos con la pelvis sobre él.

De su boca entreabierta escapa un gemido suave y grave.

Cierro los ojos y dejo que mi cuerpo tome el control de mi deseo, de mi miedo, de todo lo que soy. De lo que somos.

No es dulce, no es delicado. Es pura sed. Elevo la cadera y me dejo caer sobre su miembro, poco a poco, sintiendo como cada nervio se tensa en un placer insoportable. Indi cierra los ojos y su boca se entreabre en un gesto sordo que deja intuir un gemido contenido. Y entonces todo empieza a vibrar.

Es como si la casa entera estuviese agitándose con nosotros, un zumbido armónico que tiñe nuestro alrededor con una luz anaranjada y cálida.

Cierro los ojos y me dejo llevar mientras el universo se estremece al ritmo que marcamos nosotros y que reverbera en las paredes del dormitorio, en los tablones del suelo, en las luces de los plafones del pasillo, en las hojas del limonero cargado de brotes en esta última luna llena de octubre,

en las ramas que las sostienen, en las estrellas casi invisibles.

Cada átomo del universo se acompasa a nuestros cuerpos en una melodía muda y sostenida.

Y es esa tensión, esa energía mágica, la que acompaña nuestros cuerpos hasta el clímax.

Siento cómo Indi se derrama dentro de mí al mismo tiempo que un zumbido colapsa mis oídos.

Mi cuerpo entero se tensa para, acto seguido, caer desmadejado sobre el suyo.

No hay pesadillas esa noche. Ni sueños lúcidos ni terrores nocturnos.

Despierto con la luna todavía coronando el cielo, el cuerpo cálido y desnudo de Indi a mi espalda, protegiéndome. El reloj del vestíbulo da las seis de la mañana con sus campanadas desiguales y sordas. No había vuelto a sonar desde nochevieja.

Me levanto de la cama intentando no despertar a Indi, me envuelvo en el albornoz que cuelga en el gancho tras la puerta y trato de contener el ronquido de los goznes oxidados cuando salgo al pasillo.

Los plafones que iluminan el corredor siguen encendidos.

Al final de la escalera se intuye el brillo de la lámpara del vestíbulo.

El cuerpo suave y cálido de Trina se enreda entre mis pies al llegar a la escalera. Es la primera vez en semanas que la gata sube a esta planta.

—Vaya, ¿dónde te escondes, eh, que ya no duermes conmigo?

Me agacho a acariciarla y ella ronronea. Se queda junto a la puerta cerrada de mi habitación muy tiesa, ladeando la cabeza, como si me preguntase dónde voy.

—Ahora no, Trina, tengo que hacer una cosa.

La gata maúlla bajo y agudo, un sonido que suena a súplica y que me obliga a acariciar de nuevo su cabecita.

—Ahora no.

Mis pasos suenan como golpes sobre cristal templado en cada peldaño de la escalera. La madera está fría y despierta mis sentidos y mi determinación.

Atravieso el vestíbulo y apago la luz. Mi móvil sigue en la encimera de la cocina, donde lo dejé anoche. Tiene un quince por ciento de batería. Más que suficiente.

Abro WhatsApp y respiro hondo buscando el contacto correcto.

6:15 Amanda: Hagámoslo.