Hijas de Lilith Octubre 2018 #4
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Octubre 2018 #4

—Ahora sabemos que fue la peor decisión de su vida. Estaba equivocada, porque lo único que logró fue que tu abuela y ella misma muriesen, no era…

—Espera, espera, espera —la ira ha echado raíces en mi estómago, y sus ramas, fuertes y densas, trepan ahora por mi tracto digestivo, dispuestas a brotar en forma de palabras—, ¿de verdad me estás diciendo que la decisión de mi madre de marcharse fue la causa de su muerte?

¡¿Y de la muerte de mi abuela?! ¡¿Pero cómo podéis ser tan malas personas? !

—No te equivoques. —Anuncia llora y las lágrimas se estancan en sus mejillas llenas de surcos—, no es la responsable, pero apartarte de la magia y alejarte de Aurora, fue un error.

—Amanda —Encarna se levanta. Su cuerpo enjuto y huesudo se crece—, tu madre te alejó de la magia para intentar salvarte, pero la magia forma parte de ti, y tarde o temprano te iba a encontrar.

El problema es que la parte oscura te ha encontrado muy rápido.

Y sin la suficiente fuerza en tu interior como para dominarla.

—Por favor —digo intentando contener la potencia de mi mal humor—, explicádmelo bien, porque estoy a punto de levantarme y marcharme.

—Antes de irse, tu madre conjuró un último hechizo.

Uno que cumplió su cometido hasta… bueno, hasta poco antes de morir.

Una especie de barrera de protección que te mantenía oculta de las fuerzas de la oscuridad.

Lo formuló ella sola, sin ayuda de tu abuela, que siempre pensó que estaba cometiendo un terrible error.

Pero Amparo lo tenía decidido: te blindó frente a la magia, cogió las maletas y dejó su vida atrás.

—Tu abuela respetó su decisión, claro, pero… —Encarna duda, y es Anuncia quien retoma el discurso.

—No podía mantenerse alejada, así que de un modo u otro se las arregló para saber qué tal os iba.

—Y os fue bien, durante bastantes años.

—Hasta que os encontró.

—¡¿Qué?! ¡¿Qué demonios nos encontró?!

Anuncia se enjuga las lágrimas con el dorso de la mano y se cubre el rostro, mientras Encarna, todavía de pie, se coloca tras el butacón y se apoya las manos en el respaldo. Sus dedos delgados parecen garras sobre el tejido de pana marrón.

—El lado oscuro —dice con voz profunda—. Tú estabas a salvo, solo una invocación te haría visible al lado oscuro, pero tu madre… tu madre era muy visible—. Y tu abuela lo supo enseguida. Nos avisó esa misma noche y acudimos enseguida para intentar ayudarla.

—Pero era demasiado fuerte y no fuimos capaces. Lo intentamos, Amanda, lo intentamos, te lo juro, pero la oscuridad era demasiado profunda y poderosa, y estaba decidida a llegar a ti.

—Estuvimos toda la noche trabajando con Aurora, pero fue inútil. Y pudo con ellas.

Siento un pitido intenso y agudo en los oídos, la sangre me sube a la cabeza de golpe: me arde el vientre y los pulmones. Estoy a punto de estallar.

—A ver si lo he entendido bien. Me estáis diciendo que mi madre y mi abuela no murieron por causas naturales, sino que la causa fue una fuerza oscura que en realidad me estaba buscando a mí, ¿es eso?

Mis tías agachan la cabeza, aunque Encarna recupera pronto la compostura y fija sus ojos en los míos casi desafiante.

—Cuando llegaste a Fene, dudamos de si debíamos contártelo todo, pero era demasiado complicado. No sabías nada, Amanda. Y optamos por dejar que fueses averiguándolo poco a poco.

—¿Poco a poco? —Oigo una risa feral y grave, y descubro con asombro que ha salido de mí—. ¡¿Poco a poco?! ¿Os parece que todo esto es enterarme poco a poco?!

—Nos equivocamos. —Anuncia vuelve a llorar, pero esta vez es un llanto desconsolado, con hipidos y lamentos—. Nos equivocamos…

—Creímos que tu falta de instrucción, tantos años sin contacto con la magia… creímos que tardarías más tiempo en…

—Estabais allí. —Me levanto del sillón de un salto—. Estabais allí cuando en nochevieja la radio empezó a funcionar, cuando la luz se fue, cuando se cayó el tejado. ¡Visteis el cuarto de mi madre! ¡Lo visteis todo! Y aun así, elegisteis callar. ¡LO ELEGISTEIS! ¿Cómo pudisteis?

—No nos correspondía a nosotras…

Encarna trata de atajar mi discurso, pero estoy demasiado enfadada. Estoy furiosa. El fuego de mi vientre es ahora un incendio incontrolable, y en mis pulmones se conjura un tifón. La cabeza se me nubla, pierdo la visión lateral, el pitido en los oídos es ahora un ulular grave e imparable.

—¡No! ¡No te atrevas a decir que no os correspondía! ¡Solo vosotras sabíais lo que había pasado, toda mi vida estaba en vuestras manos, pero elegisteis callar! He enterrado a mi madre, he enterrado a mi abuela, me he enfrentado a todo esto a ciegas, y elegisteis callar.

—No lo entiendes, Amanda. Eres especial, eres única, nosotras solo somos dos viejas con algunos conocimientos de magia, pero tú…

—Yo soy la hija de una elegida muerta, eso es lo que soy.

—No, no, te equivocas.

—En eso tienes razón —digo mientras emprendo el camino hacia el vestíbulo a grandes zancadas y recojo mi abrigo del perchero con hastío—, claramente me equivoqué creyendo que estabais de mi lado.

Me giro para encarar a las dos ancianas que han llegado al vestíbulo renqueando, seguidas de mis dos amigos, absolutamente perplejos.

—Me equivoqué volviendo a Fene. Me equivoqué confiando en vosotras. Me equivoqué en casi todo, pero se acabó. —Me pongo el abrigo y abro la puerta, pero antes de marcharme enfrento de nuevo los rostros heridos de estas dos mujeres que ya no sé si considero mi familia—. Esto se acaba aquí.

El portazo que doy al salir, obliga a Indi y Uxía a abrir la puerta de nuevo y seguirme hasta el coche.

Recorremos el trayecto hasta casa en silencio, un silencio que se prolonga el resto de la tarde.

Uxía prepara sopa y filetes rusos para cenar, y nos concentramos en nuestros platos.

Ni Indi ni yo tocamos apenas el segundo.

Todavía no son las nueve y media de la noche cuando Uxía nos desea buenas noches y se encierra en su cuarto.

—¿Qué te parece si te preparo una infusión para ayudarte a dormir? —Indi se me acerca por la espalda mientras cargo el lavaplatos.

—No, gracias.

—Bien, entonces, ¿qué te parece si hablamos de lo que ha pasado esta tarde?

Cierro con un golpe seco la puerta del electrodoméstico y giro sobre los talones para enfrentarme a él.

—¿Quieres hablar de eso? Bien, fenomenal.

Verás, resulta que las dos únicas personas que sabían qué estaba pasando en mi vida decidieron que era mejor callarse.

No consideraron, por lo que fuera, vete tú a saber —mi tono se va avinagrando con cada frase—, que contarme que mi abuela y mi madre eran brujas fuese relevante.

Tampoco valoraron decirme que soy la descendiente de la elegida, una especie de anomalía del destino, que nunca debí haber nacido y que eso ha espoleado a los poderes de la oscuridad, que van como locos detrás de mí.

Poderes, por cierto, que son los responsables de la muerte de mi madre y de mi abuela.

Y así estamos, ya ves tú, tengo pesadillas cada noche, he tenido que acostumbrarme a vivir con las migrañas y, ¡ah, sí!

, ¡se me olvidaba!, he matado a un hombre.

Pero he salvado a su hijo no nato, o, bueno, tampoco, porque al parecer ese bebé ya no tiene nada que ver con él, y es una especie de engendro que lleva mis genes.

Y ya está, ¿cómo lo ves?, ¿eh? ¿He hecho un buen resumen?

Indi está muy callado, serio y tenso, pero en sus ojos se adivina una chispa de dolor que no llega a ser pena. Es algo más cercano. Empatía, tal vez. Aunque ni eso me ablanda. He abierto las compuertas y le ha tocado a él lidiar con la riada.

—Porque yo creo que no es un mal resumen, la verdad —continúo—.

De hecho, es un resumen bastante completito y jodidamente horroroso de toda la mierda que me está pasando.

Y lo cierto es que no puedo más, Indi. No puedo más.

Estoy harta. ¡Estoy tan harta! Harta de que todos me oculten la verdad, harta de lidiar con toda esta mierda, harta de la muerte, de las pesadillas y de los dolores. ¡Harta de la magia! Estoy… estoy…

Me echo a llorar sin control y, durante un segundo, Indi permanece inmóvil frente a mí, dejando que las lágrimas lo arrasen todo y la rabia se evapore de mi cuerpo en forma de llanto. Y, de repente, como si respondiese a una orden superior, me estrecha contra su pecho.

—Deja que salga, Amanda, deja que salga.

Recorre mi espalda con caricias suaves, y el olor de su cuerpo se filtra a través de la calidez de la lana de su jersey.

Me dejo arrullar por el calor de su abrazo y lloro sin vergüenza.

Lloro durante minutos, horas, tal vez. Lloro hasta que siento que mi cuerpo se ablanda y se vuelve maleable, casi líquido.

Cuando por fin me desprendo de su abrazo, tengo la sensación de haberme vaciado.

Me siento aliviada, ligera, incorpórea, como si pudiese volar.

Solo una piedra densa en mis entrañas me ancla a la realidad.

Me limpio las lágrimas sin deshacerme del abrazo de Indi, que me mira ahora con ternura, sus ojos oscuros esperando mi respuesta.

—Gracias —sonrío—, lo necesitaba.

—Cuando quieras. —Sus brazos siguen rodeando mi cuerpo, y no tengo la menor intención de moverme—. No lo has dicho en serio, ¿verdad?

—¿El qué?

—Lo de que estabas harta de la magia. No… no vas a traspasar tus poderes, ¿verdad?

Me echo hacia atrás y sus manos pierden el contacto con mi cuerpo. Miro al techo con desesperación.

—¡Por supuesto que sí! Indi, ¿tienes idea de por lo que estoy pasando? ¿Sabes lo que han sido las últimas semanas para mí?

—Claro que sí.

—¡No! —Elevo el tono de nuevo, la rabia que había conseguido diluir ha regresado—.

No tienes ni idea. Crees que lo sabes, pero no es así, porque la que tiene terrores nocturnos paralizantes soy yo, la que no puede contener sus emociones soy yo, la que ha matado a un hombre soy yo.

¡Joder, soy yo la que ha estado a punto de morir, Indi! ¡Yo!

—¡Sí! —su tono me desconcierta. Es la primera vez que me grita así, con este coraje, con este dolor en el fondo de su garganta—.

¡Sí, eres tú, Amanda! ¿Y sabes por qué lo sé?

Porque soy yo el que ha estado a tu lado en todos esos momentos.