Hijas de Lilith Octubre 2018 #3
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Octubre 2018 #3

Los terrores no han desaparecido, pero cuando él está a mi lado son más manejables, menos intensos. O tal vez es que el ritual funcionó, al menos en parte.

No hemos avisado antes de venir, y ahora pienso que habría sido buena idea.

Prevenirlas de nuestra visita, de que vengo a por respuestas y de que no me marcharé sin ellas.

Pero cuando anoche prometí a Uxía e Indi que no lo demoraría más, pensé que era mejor pillarlas desprevenidas, con la guardia baja, sin tiempo de inventar ningún cuento.

—¿Quieres entrar sola? —Uxía me acaricia el hombro frente a la puerta de madera pintada de verde de la casa.

—No, os necesito a mi lado en esto. A los dos.

—Aquí estamos. —Indi coloca una mano sobre mi otro hombro—. Al cien por cien, ¿estás lista?

—Eso, ¿has tenido suficiente con una semana de reposo y otra de mentalización, princesa? —El tono burlón de Uxía me hace sonreír.

—Estoy lista. —Inspiro con fuerza y fijo la vista en el timbre—. Vamos allá.

Pero antes de que pueda tocar el botón, la puerta se abre de par en par. Anuncia y Encarna son dos estatuas de sal vestidas de negro, los rostros pálidos y arrugados enmarcando unas sonrisas leves. Nos estaban esperando.

—No sabíamos si te atreverías a llamar al timbre —dice Anuncia.

—Así que hemos preferido ponértelo fácil. —Encarna se echa a un lado invitándonos a entrar—. Pasad, que se nos va a hacer de noche. Hemos preparado café y bizcocho marmolado. Era tu favorito de niña.

El salón huele dulce, a hogar. Las labores de punto de ambas descansan sobre los butacones que ocupan cada tarde.

En la mesa del centro hay cinco tazas con sus cinco platos, una cafetera italiana, una jarra de leche y una bandeja alargada con el bizcocho.

Cuando éramos niños, veníamos algunas tardes a visitarlas, casi siempre con mi abuela.

Eran tardes diferentes, y por eso me gustaban.

Normalmente eran ellas quienes pasaban tiempo en nuestra casa, pero en ocasiones, sin ningún motivo aparente, mi abuela decidía cambiar el plan, nos embutía en los abrigos y recorríamos los veinte minutos que separan esta casa de la de mi abuela saltando en los charcos y persiguiendo pegas.

Siempre en invierno.

En mi imaginario infantil, Anuncia y Encarna eran hermanas.

Hermanas entre ellas, y hermanas de mi abuela.

Pronto descubrí que el parentesco con mi familia era falso, aunque eso no cambió nada.

Tampoco cambió nada cuando un compañero de colegio me gritó en el patio que las dos amigas de mi abuela eran bolleras.

Me limité a absorber el grito y seguir con mi vida, hasta que unos días después decidí preguntarle a mi abuela qué significaba aquella palabra.

Recuerdo su risa y la caricia áspera de su mano en la mejilla.

Una especie de oleada de amor me sacudió y sentí que las piezas encajaban. Sin más.

Nos sentamos a la mesa y Anuncia pone frente a mí un trozo de bizcocho, luego sirve otro a Indi y a Uxía. Acto seguido, se deja caer en la butaca y emite un leve gemido de dolor. Encarna le golpea la mano con cariño.

—La ciática me está matando, me pasa cada otoño, es llegar la humedad y ponerme fatal —se excusa con una sonrisa forzada. Su rostro, rubicundo y lleno, acusa cada vez más el paso de los años.

—Puedo prepararte un remedio si quieres. —El ofrecimiento nace del centro de mis tripas y no pasa por el filtro del enfado y la firmeza que me he autoimpuesto en esta visita.

—No te preocupes, neniña, tu abuela nos enseñó a prepararlo. —Encarna me sonríe con sus labios finos y apergaminados.

—Ay, mujer, digo yo que el que prepare ella algo más de efecto tendrá, ¿no? Los remedios de una bruja tan poderosa son mucho más efectivos. —Anuncia dice esto último mirándome directamente a los ojos, y el cariño y el calor que se había hecho hueco en mis entrañas se congelan de golpe.

—Bien, veo que podemos ir al grano entonces —digo con sequedad—. ¿Qué demonios me está pasando y cómo lo paro?

Encarna suspira y es Anuncia quien le acaricia ahora la mano. Cuando los ojos de las dos se encuentran, todo el dolor del mundo se ha concentrado en las pupilas de Encarna, pero Anuncia sonríe suavemente y asiente, tratando de calmar a su compañera.

—¿Conoces la leyenda de las brujas del aquelarre Alén, Amanda?

—Ahorraos la parte teórica —dejo la taza sobre su platito y me acomodo en el sillón. Percibo la tensión en Indi y Uxía—. Ya me la ha contado Betsabé.

—Tal vez te convenga escuchar este lado de la historia. La versión de tu abuela —aclara Encarna. Y, acto seguido, se gira para mirar a los ojos de Anuncia, tratando de infundirle fuerzas.

—Tu aquelarre es uno de los más fuertes de la historia, Amanda.

Brujas naturales cuyo linaje condensa toda la sabiduría de la tierra.

Para bien y para mal. Las brujas Alén dominan los elementos, están en contacto con las fuerzas de la naturaleza, pueden invocar deidades ancestrales y, sobre todo, son duales.

En su interior albergan tanto la luz como la oscuridad. Siempre fue así, hasta que…

—Sí, sí, Astrid y las gemelas y la maldición, y blablablá. —Estoy empezando a perder la paciencia—. Es un poco tarde para contarme esos cuentos, Anuncia.

—La maldición de Astrid no es ningún cuento. —El tono de voz de Encarna se ha vuelto seco, casi metálico—. Es la peor pesadilla a la que han tenido que enfrentarse las mujeres de tu linaje.

—La dualidad es parte de la vida —Anuncia retoma el discurso con un susurro—, pero Astrid cambió eso para siempre.

—Una bruja portadora de luz, otra portadora de la oscuridad, ya lo sé.

—No —Encarna suena cada vez más enfadada—, no lo sabes. No tienes ni idea.

—¿Y de quién es la culpa, eh?

—Vamos a calmarnos todos, por favor. —Anuncia posa una mano sobre el hombro huesudo de Encarna, tratando de calmarla, mientras me mira con la súplica tatuada en sus pupilas—. Amanda, entiendo que estés enfadada, pero no sabes lo difícil que ha sido todo esto para nosotras.

—Pues adelante —hago un gesto condescendiente con las manos, ofreciéndole todo el espacio y tiempo del mundo—, cuéntamelo, por favor.

—Tu abuela era una bruja poderosa. Una bruja con una intuición increíble. Y era muy joven cuando se dio cuenta de lo que estaba pasando.

Paso de la condescendencia a la intriga, y, de manera inconsciente, mi cuerpo se desplaza hacia delante. Apoyo los codos sobre las rodillas y descanso la barbilla sobre las manos.

—Conocimos a tu abuela cuando no éramos más que unas niñas. Supimos que era bruja incluso antes de que ella nos lo contase muchos años después.

—En el pueblo era un secreto a voces, mucha gente evitaba a tu bisabuela Altea y a Aurora, pero nosotras… —empieza Encarna.

—Bueno, nosotras ya éramos diferentes, no veíamos mal alguno en pasar tiempo con quien también lo era. Y nos hicimos muy amigas.

—Tu bisabuela nos trató siempre como si fuésemos dos hijas más. Prácticamente nos criamos juntas.

—Vimos nacer a Betsabé.

—Y vimos cómo todo cambiaba.

Las ancianas se cogen ahora de la mano, buscando un apoyo mutuo que las ayude a seguir adelante.

—Aurora era una bruja poderosa, ya de niña. Pero Betsabé…

—Betsabé lo era incluso más, aun sin haber recibido formación de ningún tipo. Eso nos lo contó tu abuela.

—Cuando llegó la adolescencia —continúa Anuncia—, Aurora era ya toda una experta en hechizos, pócimas y rituales, y también una bruja intuitiva excepcional.

Así fue como supo que algo estaba cambiando.

Recopiló toda la información que fue capaz de hallar y llegó a una conclusión: cuanto más cerca estaba la elegida, más fuertes eran los poderes de las dos brujas precedentes.

—Y los poderes de Aurora y Betsabé ya eran arrolladores, así que…

—Así que llegó a la conclusión de que la elegida estaba al caer —digo en un susurro.

—Efectivamente.

—Por eso se empeñó tanto en protegeros a tu madre y a ti.

—¿Protegernos? Mi madre no practicó magia en su vida, al menos que yo sepa.

—Tu madre tenía sus propias ideas. —Anuncia suena triste, pero en lugar de conmoverme, me enfado todavía más.

—Y al parecer eso es algo negativo en esta familia —digo con sorna.

—Tu madre creció con miedo, Amanda. —Encarna suena fría, casi encolerizada—. Y ahora sabemos que tenía motivos.

—Aurora la formó como la bruja absoluta que quería que fuese, y durante su juventud, Amparo fue una bruja excepcional, créeme. Pero siempre tuvo miedo. Y cuando naciste, tu madre cambió.

—Normal, se supone que yo no debería haber nacido.

—No lo entiendes —dice Encarna.

—Oh, claro que lo entiendo, lo que no entiendo es por qué vosotras me habéis ocultado todo esto durante tantos años.

—¡Para protegerte! —gritan las dos al mismo tiempo.

—Protegerme ¡¿de qué?!

—De ti misma, Amanda. De todo lo que eres, de todo lo que puedes ser. —Anuncia ha bajado tanto el tono que casi parece un suspiro.

—Cuando naciste, tu madre se negó a seguir practicando magia.

—Encarna retoma el relato—. Quiso marcharse lejos, pero tu abuela la convenció de que en la casa estabas más segura.

Dos brujas fuertes protegiéndote eran mejor que una, eso seguro.

Sobre todo si esa una se negaba a practicar la magia. Pero Aurora y Amparo discutían mucho.

—No recuerdo que discutiesen tanto —replico enfadada.

—Eras una niña, cariño —los ojos de Anuncia se han llenado de lágrimas—, y ellas te querían, evitaban a toda costa que estuvieses en medio. Pero discutían, y mucho.

—¿Por qué?

—Porque Aurora quería instruirte, formarte, protegerte con la magia. Y Amparo…

—Amparo pensó que era mejor seguir los pasos de Astrid, ser cauta y no arriesgar. Creyó que si no tocabas nunca la magia, si renegabas de ella sin saber siquiera que formaba parte de ti, vivirías una vida normal. El aquelarre y la magia morirían contigo.

—¿Por eso nos fuimos?

Las dos ancianas se miran a los ojos con miedo. Mi pregunta ha abierto una puerta que no sé adónde me lleva, pero intuyo que es importante.

—Tu madre descubrió algo que la traumatizó.

—Tu abuela lo afrontó lo mejor que supo.

—Y Amparo decidió marcharse de la casa contigo sin mirar atrás.