Octubre 2018 #2
Cuando estoy a punto de desvanecerme, unos brazos sostienen mi cuerpo. Siento que ardo, y esa otra piel, fresca y húmeda, no alivia el incendio de mis entrañas.
—¡Amanda! ¡Amanda, joder, vuelve, vuelve!
Reconozco la voz de Indi abriéndose paso entre los alaridos de mi cerebro y los aullidos de mi garganta, pero no tengo fuerzas para responderle. Quiero despedirme.
Y entonces, una orden lo para todo.
—¡BASTA!
***
Miles de alfileres al rojo vivo se me clavan en las pupilas, un pitido agudo y constante me taladra el oído y algo me golpea la cabeza de forma rítmica y sorda.
Abro los ojos y la luz suave del atardecer se cuela por las ventanas. Una tortura medieval en estos momentos, pero nada comparado con la sensación de no saber dónde estoy ni qué ha pasado exactamente.
Intento incorporarme, pero algo o alguien me obliga a volver a la posición de reposo.
—No, no, no, no, no, ni se te ocurra.
La voz de Indi. Es la voz de Indi, estoy segura.
Veo borroso y todavía me cuesta enfocar, además de que la habitación está en penumbra.
Aun así, logro hacerme a la idea de algunas cosas: estoy en mi cama, en mi dormitorio, las cortinas están echadas, pero no del todo, de ahí proviene la luz; de hecho, la única luz, anaranjada y tenue, como si la noche estuviese a punto de ocupar su lugar.
Indi está sentado en la silla del escritorio junto a la cama, y por la puerta entrecerrada se cuela una rendija de luz del pasillo.
—¿Qué ha…? ¿Cómo…? ¿Qué…?
—Espero que esta elocuencia no sea síntoma de una conmoción, porque me ha costado la vida convencer a Uxía de no salir corriendo al hospital, y odiaría haberme equivocado.
Intento sonreír, pero mover los músculos de la cara me provoca el dolor más lacerante que he sentido en mi vida, y en lugar de una risa, lo que escapa de mi boca es un quejido lastimero.
—Te diría que me da pena verte así, pero te lo mereces. ¿Qué cojones creías que ibas a hacer, Amanda?
Su tono ha adquirido cierta rigidez, mezcla de enfado y preocupación.
—¿Qué ha pasado?
—Pues eso tendrás que decírnoslo tú. Íbamos en el coche camino del ginecólogo cuando Uxía empezó a encontrarse fatal.
Se puso como una loca, asegurando que algo iba mal en casa.
Pensé que era una especie de antojo raro, yo qué sé, que su cerebro de embarazada le estaba jugando malas pasadas, pero como no hubo forma de convencerla, dimos la vuelta.
Cuando llegamos, la casa estaba a oscuras, menos el cuarto de tu madre, por las contraventanas se colaba un resplandor más rojo que la sangre, se veía perfectamente desde la carretera, Amanda.
Me incorporo con cierta dificultad e Indi reacomoda las almohadas a mi espalda. Me tiende un vaso con agua y una pastilla.
—Es ibuprofeno. Supongo que, sea lo que sea lo que te haya pasado, no tendrá efectos secundarios negativos.
Doy un trago y luego deslizo la pastilla por la garganta con un sorbo más pequeño. Vuelvo a recostarme.
—Estabas levitando, Amanda. —El tono es ahora entre escéptico y muy preocupado.
Miro a Indi con incredulidad, pero su expresión me confirma que no se trata de una forma de hablar.
—¿Levitando?
—El cuarto de tu madre estaba envuelto en llamas, el fuego más rojo que he visto en mi vida, y todo giraba, como si hubiese un tornado justo en medio de la habitación.
Tú estabas en el centro. Parecías inconsciente, completamente horizontal, la cabeza se descolgaba como si estuvieses muerta y tu cuerpo daba vueltas sobre las llamas.
Joder, es lo más horroroso que he visto en mi vida.
La mirada se le oscurece, y alargo la mano para tocar la suya, que se aferra a su muslo con ansia, como queriendo borrar el recuerdo.
—Intenté bajarte, pero no sabía cómo. Creí que te perdíamos.
—No…, no soy capaz de… Joder, Indi, gracias. Gracias por salvarme.
—No fui yo.
Y entonces lo recuerdo todo. El caos, el ruido, las llamas crepitando, el huracán a mi alrededor, la espiral demencial. Y oigo a Indi gritando de fondo. Y la voz clara y firme de Uxía: su orden categórica y determinante: «Basta».
—Uxía. ¿Cómo…?
Indi niega con la cabeza y me aprieta la mano. Todo me resulta extremadamente doloroso ahora mismo.
—No lo sé. No sé cómo lo hizo, pero lo hizo.
Entró en la habitación, se plantó en la puerta como una cariátide y gritó.
Y el caos cesó de golpe. El fuego, el huracán.
Todo. Tu cuerpo cayó al suelo con un golpe seco, creí que te habías matado.
Pero cuando me acerqué, vi que respirabas con normalidad.
Uxía quería llevarte al hospital, pero la convencí de esperar.
—Consulta su reloj de muñeca—. Subirá en unos minutos, le prometí que si al anochecer seguías inconsciente, llamaríamos a un médico.
Como si la hubiésemos conjurado, Uxía asoma con su cabellera rizada por la puerta del dormitorio. Tiene un gesto serio y preocupado. La boca en una línea recta apretada y los ojos entornados bajo el entrecejo fruncido y tenso.
—Hola —suena tan delicada, tan preocupada y contrita que cuesta creer que esta mujer fuese capaz de dar una orden lo suficientemente poderosa como para detener la fuerza de la naturaleza o lo que sea que desperté con mi ritual—, ¿cómo estás?
—Estoy bien. Bueno, todo lo bien que puedo estar después de… eso.
—Nos diste un susto de muerte, Amanda. —Se sienta a los pies de la cama y me acaricia los pies por encima de la colcha—. ¿Qué pasó ahí dentro?
—No lo sé —y estoy siendo muy sincera—, creí que había encontrado la manera de exorcizar la parte de las tinieblas mezclando rituales. Creí que… no sé qué creí. Pensaba que lo tenía controlado.
—Pero ¿cómo se te ocurre intentar algo así tú sola?
—No quería poneros en peligro a ninguno de los dos. De los tres. —Uxía se acaricia el vientre con la mano libre—. Me daba miedo lo que pudiese pasaros, y, además, para que funcionara, debía estar sola.
—¿Mezclaste rituales? —Indi sigue apretando mi mano con fuerza.
—Algo así. No sé bien cómo explicarlo. Encontré varios hechizos para bloquear la magia oscura, algunos para eliminar el poder de una bruja malvada, otros para traspasar poderes. Pensé que podría liberarme solo de la parte negativa. Mi abuela la mantuvo a raya toda su vida.
—Pero tu abuela era una bruja luminosa, Betsabé tiene la parte oscura. —Uxía suena tan directa que no parece ella. Es evidente que Indi la ha puesto al día de nuestras averiguaciones mientras yo estaba inconsciente.
—Ya, pero Betsabé dijo que todas las brujas tienen parte de luz y parte de oscuridad, y que a mi abuela la instruyeron como la elegida durante unos años… Creí que al ser la hija de la elegida, yo sería capaz de lograrlo.
—Casi mueres ahí dentro. —Indi se lleva mi mano a los labios y deposita un beso ligero y delicado.
—Lo sé. Lo siento. Gracias. —De nuevo, niega con la cabeza antes de responder.
—Dáselas a ella —dice señalando con un gesto a Uxía.
—No sé… no sé cómo lo hice. —Se repliega sobre sí misma—. Tampoco por qué supe que algo iba mal, pero lo supe. Lo supe mucho antes de entrar en casa. Y no sé cómo paré todo ese caos, solo… solo lo sentí. Lo sentí aquí.
Uxía se señala la boca del estómago y suspira.
—Creo que es ella. —No hace falta que explique más, sabemos a quién se refiere—. Ella lo presintió. Creo que… creo que eres un poco su madre, Amanda.
Sacudo la cabeza con desesperación.
—No soy su madre, no es eso. Tú eres su madre.
—Sí, ya lo sé. Pero creo que… creo que este bebé tiene algo, una especie de sexto sentido, de poder, de…
Lo noto. Puedo sentirlo. Desde aquella noche, Amanda, siento algunas cosas de manera diferente, como si pudiese verlas en mi cabeza, aunque no estén delante de mí.
Es raro, pero no puedo explicarlo mejor.
Durante los siguientes minutos nos quedamos callados, calibrando opciones. El sol termina de esconderse y la habitación se queda a oscuras, iluminada solo por la luz del pasillo. Entonces Indi se levanta, se acerca a mí y me besa en la mejilla.
—Descansa un poco, ¿vale?
—Voy a preparar algo para cenar y te lo subo en un ratito, ¿te parece? —Uxía se incorpora también.
—No tengo hambre.
—Me da lo mismo, te ha faltado menos de nada para palmarla, has estado dando vueltas en el medio de un tornado cercada por llamas de lo más inquietantes, necesitas reponer fuerzas.
Y además, tienes que dormir ahora, porque si esperas a que sea noche cerrada, volverás a tener esas pesadillas tan horribles, lo que te faltaba. Vamos, Indi.
Se aparta de la puerta para dejar que su hermano pase primero, y se vuelve hacia mí.
—Vamos a dejar que te recuperes durante unos días. Yo me ocuparé del herbolario, Indi me echará una mano. Y en cuanto puedas caminar bien, lo haremos.
—¿El qué?
Uxía ladea suavemente la cabeza dejando que en su rostro asome una expresión de determinación que pocas veces he visto antes.
—Hablar con Anuncia y Encarna.
***
Las hojas de los castaños que rodean la casa de mis tías han empezado a amarillear, pero los frutos todavía permanecen encerrados en sus erizos, suspendidos sobre nuestras cabezas.
El aire es fresco y huele a humedad, a salitre y a tierra mojada.
Ya vuelve a llover con frecuencia, chubascos ligeros casi siempre, alguna tormenta ocasional.
He pasado casi una semana encamada. No me fracturé ningún hueso cuando caí, pero mi cuerpo todavía está cubierto de magulladuras.
Siguiendo mis instrucciones, Uxía preparó un ungüento que me alivió bastante el dolor.
Ella misma se ha encargado de aplicármelo cada día; Indi es quien me guarda por las noches.
Desde el incidente no me dejan sola, Indi incluso ha adquirido la costumbre de quedarse conmigo hasta que me duermo.
Cada noche caigo rendida acurrucada a su lado, y cada mañana despierto sola.
—¿Se puede saber cuándo te escabulles que no me entero? —le pregunté una noche en un susurro, con la consciencia ya a medio camino del sueño, abotargada por los calmantes y las tisanas.
—Me quedo hasta las 3:55.
—Qué exactitud.
—Es la hora en la que dejas de convulsionar en sueños —dijo.