Hijas de Lilith Octubre 2018
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Octubre 2018

Decido hacerlo el quinto día de octubre. He esperado hasta hoy porque esta tarde Uxía tiene cita en el ginecólogo e Indi va a acompañarla. Eso significa que tardarán al menos dos horas en regresar. Puede que más, si van a merendar a la salida.

Eso me da el tiempo necesario para intentar el ritual.

Un ritual que he tardado varios días en confeccionar y que necesito hacer sola.

Y no, no es cabezonería. Todos y cada uno de los ritos, hechizos y conjuros que los libros y diarios de las brujas de mi aquelarre mencionan relacionados con las tinieblas tienen una cosa en común: ninguna persona ajena al aquelarre debe estar presente.

He pensado mucho si decírselo a Indi o no, pero, en el fondo, sé que sería un error porque me pediría que no lo hiciese.

Se habría empeñado en estar conmigo o esperar en el jardín, o cualquier otra alternativa que le permitiese estar cerca por si algo se tuerce.

No habría podido convencerlo de que, precisamente, su cercanía malograría el ritual. Así que he mentido.

Tardo casi quince minutos en cerrar todas las persianas y las contraventanas de la casa, con Trina pegada mis talones.

Emite unos maullidos lastimeros que no logro calmar ni acariciándola ni dándole premios.

Después, entro en el taller y guardo todo lo que necesito en una bolsa: el cuenco de obsidiana, el espejo, la vela negra, la vela blanca, las cerillas de madera, las ramas de helecho, el agua del arroyo, los pétalos de amapola, el clavo y la sal.

Antes de salir, releo por última vez el conjuro que escribí y lo recito en mi cabeza con los ojos cerrados.

Trina me acompaña hasta los pies de la escalera, la casa está tan oscura que tengo que iluminar mis pasos con la linterna del móvil. En el momento en que mi pie derecho toca el primer escalón, la gata comienza a maullar de nuevo, esta vez mucho más alto.

—Tranquila, peluda, estaré bien.

Me agacho para acariciarla, pero en cuanto intento tocarla, el bufido inconfundible de Noite la ahuyenta de mi lado. La gata negra me espera al final de la escalera, regia y elegante, como siempre. Trina ha desaparecido.

La puerta del dormitorio de mi madre sigue cerrada. No hemos vuelto a abrirla desde que dimos por perdida la batalla contra lo que sea que gobierna entre esas cuatro paredes. Pero ha llegado el momento.

Dentro, la oscuridad es diferente; como si una luz negra lo iluminase todo, dejando ver aquello con la profundidad suficiente para absorber el caos.

Nada ha cambiado, y a la vez nada es igual.

El moho, las telarañas y la humedad han colonizado las paredes.

Las contraventanas, desvencijadas y rotas, siguen entornadas, impidiendo que entre demasiada la luz exterior, pero algo no cuadra, todavía son las seis la tarde y, sin embargo…

Alzo la cabeza. El agujero, el enorme agujero en el techo. Se me paraliza el corazón.

Sobre mí se alza la más oscura de las noches.

Una noche que nunca antes he visto, porque lo que se suspende sobre mi cabeza, a través del hueco en el tejado, no es el cielo.

Es otra cosa. Algo absolutamente negro, absolutamente imposible.

Una especie de vacío sobre el que fue el cuarto de mi madre, un espacio que es ahora cualquier cosa menos eso.

Ignoro las señales de alerta que mi cuerpo se empeña en lanzarme, me arrodillo en medio del dormitorio, a los pies de la cama, y coloco frente a mí todos los elementos del ritual.

Trazo un círculo con la sal y en medio coloco el cuenco, que rodeo con las dos velas, la blanca a la izquierda, la negra a la derecha.

Abro el frasco en el que he guardado el agua del arroyo y la vierto en el cuenco.

Después, creo sobre ella un lecho flotante con los pétalos de amapola y el clavo, y encima coloco las hojas de las ramas de helecho.

Noite, que se ha colado en la habitación, salta entonces sobre la cama cubierta de verdín y hojarasca. Derecha y firme, me clava la mirada y ladea suavemente la cabeza. Un escalofrío me recorre la espalda.

—Acabemos con esto de una vez.

Prendo ambas velas, cada una con una cerilla diferente, que arrojo después al cuenco con el resto de los elementos.

La temperatura de la habitación ha subido notablemente.

Fuera, el otoño es ya una realidad, apenas rozamos los diecisiete grados a esta hora de la tarde, pero aquí dentro la sensación térmica es mucho, muchísimo mayor.

Una gota de sudor me recorre la espalda y se desliza por mi columna vertebral, perezosa y traicionera.

El espejo del tocador de mi madre descansa junto a mí.

Siempre me ha gustado, con el marco de plata labrada cuajada de filigranas elegantes, su mango ligero y afilado y el contorno ovalado.

Cuando era niña, me colaba en este mismo cuarto y, sentada sobre la cama en la que Noite me vigila ahora mismo, jugueteaba con él, creyéndome a veces Blancanieves, a veces la madrastra.

Algunas noches, mi madre me peinaba con el cepillo que hace juego con el espejo mientras yo contemplaba mi reflejo con felicidad infantil y le repetía «¿a que parezco una princesa?»

. Han pasado demasiados años desde entonces.

El espejo y su cepillo a juego desaparecieron cuando nos mudamos.

Cuando mi madre murió, los encontré en una caja dentro de su armario, junto con un joyero antiguo forrado en seda estampada y unas cuantas hebillas del pelo decoradas con miga de pan en forma de diminutas florecitas.

Supongo que mi madre consideró que todas esas cosas, que en esta casa habían tenido un espacio destacado y visible, no tenían sitio en nuestro funcional y moderno piso de A Coruña.

Siento un pequeño pinchazo en el corazón al darme cuenta de lo mucho que la echo de menos, de lo mucho que no nos dijimos cuando vivía.

Tantos años juntas y, sin embargo, cuántas verdades ocultas.

Sacudo los recuerdos de mi cabeza y me concentro en el ritual. Es la hora. Sostengo el espejo frente a mí, y respiro tres veces, cada vez con más profundidad.

Ethrai misel voxa, mor senfín. Ethrai misel thrómel e draxen. Drathan ti, mor, thunel, noxen. Veraxen.

(Escucha mi voz, tiniebla infinita. Obedece mi mandato y muéstrate. Te invoco a ti, oscuridad, profundidad, negrura. Manifiéstate).

Todavía no he terminado de pronunciar la invocación cuando un torbellino comienza a girar sobre mi cabeza.

Su fuerza parece irrefrenable, imposible de dominar.

Las hojas muertas sobre la cama se elevan y danzan atraídas por la espiral que las sobrevuela.

Mi pelo se revuelve y los mechones me azotan la cara, pero no suelto el espejo que sujeto frente a mí.

Me aferro a su mango con fuerza mientras recito, mirando mi reflejo.

Draxen tal’m sen, mor, morna, noireil. Emerxel e veraxen vos faz senreal frontel ante meiga Alén que ti domnel. Ethrai misel thrómel, veillen ti.

(Muéstrate como eres, oscuridad, tiniebla, noche. Sal y muestra tu verdadero rostro ante la bruja Alén que te comanda. Obedece mi mandato, déjate ver).

Entonces, todo se vuelve muy confuso. El torbellino sobre mi cabeza multiplica su velocidad.

Las faldas de la colcha, las cortinas raídas, mi pelo, hasta mi ropa se agita sin control, elevándose y danzando en un baile macabro sin compás.

Todo, excepto el contenido del cuenco. Las hojas de helecho permanecen inmóviles mientras a su alrededor reina el caos.

Cuando estoy a punto de soltar el espejo, sucede: el contenido del cuenco comienza a arder.

De las hojas de helecho, el clavo y los pétalos de amapola nacen unas llamas rojas e intensas que no reaccionan al impulso del tornado sobrenatural que me envuelve.

Tampoco lo hace la llama de la vela negra, pero la de la vela blanca tiembla y baila amenazando con apagarse.

Trato de mantener el control y devuelvo la vista al frente, al espejo que sostengo con firmeza, solo para descubrir que el reflejo de mi rostro ha cambiado.

Desde el otro lado del vidrio cubierto de estaño, una yo que no soy yo me mira fijamente.

Son mis ojos, mi nariz. Es mi boca, mi pelo.

Son mis mejillas las que se elevan en una sonrisa inquietante.

Esa yo que me escruta con una mezcla de superioridad y curiosidad es fría, distante, imperturbable.

Su cabello no se agita con el viento, sus ojos no lagrimean por el vendaval.

Por un segundo, el terror se apodera de mí. El torbellino continúa girando y las llamas escarlata del cuenco se elevan hasta el infinito. Quiero salir huyendo, pero es demasiado tarde. Yo he empezado todo este caos y debo terminarlo. Es mi última oportunidad. La única oportunidad.

Concentro toda mi intención en el reflejo oscuro del espejo, en la mirada extraña de la yo que no soy yo, y elevando la voz hasta convertirla en un grito capaz de superar el ruido que provoca el vendaval, pronuncio las palabras finales del ritual.

Exilan ti, mor, morna senvoxel. Fargan ti do mi vrenel e dalmon ti al undern dun proven. Draxel eira domus, e solven eira kelar. Sean tal.

(Yo te destierro, oscuridad, tiniebla indeseable. Te expulso de mi linaje y te condeno al inframundo del que procedes. Abandona esta casa, libera a este aquelarre. Que así sea).

En cuanto la última palabra del ritual sale de mis labios, el reflejo del espejo desaparece, el cristal se quiebra en mil pedazos, y el torbellino sobre mi cabeza arrecia hasta convertirse en un huracán ingobernable.

Las llamaradas rojas se multiplican, fundiéndose con el vórtice que domina el agujero del tejado.

La vela negra se apaga, y el dolor más intenso que he sentido en toda mi vida me desgarra las entrañas.

Siento que mi cuerpo se deshace en jirones, como si un animal salvaje me devorase desde dentro.

Mi propio grito de dolor me asusta. Me dejo caer sobre el suelo de madera y me ovillo, como si eso pudiera parar este dolor infernal que me invade el vientre, el corazón, la cabeza.

La llama de la vela blanca flaquea, se apaga con cada soplo del vendaval que asola este dormitorio, pero resurge suavemente, tratando de resistir.

Me retuerzo en el suelo, agonizando. Pierdo el sentido de la vista mientras mis oídos captan los aullidos de dolor de la que supongo que es mi voz, aunque no lo parece. Me muero.