Hijas de Lilith Febrero 2014
71%

Febrero 2014

A Amanda, mudarse con Álvaro le parecía el paso correcto.

El siguiente hito en un camino vital que consideraba cómodo, sencillo y sin estridencias.

Con la carrera terminada y un trabajo fijo en un laboratorio, independizarse era lo correcto.

¿Por qué hacerlo sola, si Álvaro estaba encantado de vivir con ella?

Amparo no se opuso, aunque la idea no la hacía especialmente feliz. Cuando casi veinte años atrás tomó la decisión de alejar a su hija de todo lo que formaba parte de su pasado, adquirió un compromiso extra; porque Amparo no era solo una madre protectora, era algo más.

Amanda lloró mucho los primeros días. Echaba de menos su vida en Fene: a su abuela, su casa, sus amigos.

Y Amparo, que había jurado no volver a practicar la magia, se rindió ante lo evidente: su hija terminaría por olvidar sus primeros años de vida, pero necesitaría un conjuro para mantenerla lejos de sus propios poderes.

Invirtió toda una noche en formularlo y otras tantas en convencerse de que estaba haciendo lo correcto.

Desde entonces, madre e hija fueron un dúo inseparable formado por dos mitades que apenas sabían nada la una de la otra.

Amanda hizo pocos amigos en su nuevo colegio, y no conservó ninguno en su paso por la universidad.

A Amparo le preocupaba que su hija se convirtiese en una niña solitaria, pero también sentía cierto alivio.

Porque Amanda era diferente. Era capaz de cambiar los semáforos de color solo con verbalizar el deseo de que se pusiera verde.

Era capaz de hacer que el autobús alargase el tiempo en la parada mientras ella iba corriendo a cogerlo.

Podía predecir una tormenta y hacer brotar un arcoíris.

Por supuesto no era consciente de ello, pero sí Amparo, que conforme Amanda iba creciendo, más terror sentía de que acabara dándose cuenta de que esas cosas solo le pasaban a ella.

Sin embargo, al no instruirla, eso nunca sucedió.

Amanda se fue haciendo mayor creyendo que, simplemente, era una joven con mucha suerte y una gran intuición.

Ni siquiera sospechó en su adolescencia, cuando las migrañas y los sueños oscuros aparecieron.

No le hacía gracia que Amanda se independizase, no solo porque la quería e iba a echar de menos verla todos los días, sino porque la inquietaba no poder vigilar de cerca la evolución de la magia que latía en su interior.

Aun así, felicitó a Amanda cuando le comunicó su decisión de marcharse a vivir con Álvaro. Pero cuando llegaron a aquel piso del barrio de Novo Mesoiro, tras dejar la última caja en el suelo de la entrada, y mientras Álvaro abría unas cervezas en la cocina, abrazó a su hija con preocupación.

—¿Qué pasa?

—Nada —una lágrima rebelde pugnaba por escapar y tragó saliva—, nada, es solo que me da pena que te vayas.

—Pero si estoy a diez minutos de casa, mamá. Nos vamos a ver muy a menudo, ya verás.

—Lo sé, lo sé. Es que… no sé, me gustaba imaginar que encontrarías un hombre diferente, hija, y que tendrías una vida apasionante.

Y Álvaro es un chico estupendo, eh, pero no sé…

¿Es esto lo que quieres? ¿Estás segura? Porque no parece una vida llena de aventuras y de retos.

De pequeña era eso lo que querías, ¿te acuerdas?

Amanda sonrió y secó una lágrima de la mejilla de su madre.

—Mamá —dijo con cariño—, de pequeña también creía en la magia. Supongo que todos tenemos que crecer. Estaré bien, ya lo verás.

Y a Amparo, aquella pequeña batalla ganada hacía años a su propia madre le supo amarga.

Sí, había conseguido que su hija dejase atrás un destino que siempre la había aterrorizado, pero también la había obligado a renunciar a la vida que le correspondía, a todo aquello que le pertenecía por herencia, a lo que estaba destinada por derecho de nacimiento.