Hijas de Lilith Septiembre 2018
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Septiembre 2018

Redactar el hechizo es relativamente fácil, combinando con fragmentos de aquí y de allá.

En menos de una semana, Uxía tiene los papeles necesarios en su poder, y mi cocina se convierte en una especie de paraíso repostero.

Compramos una furgoneta para que pueda entregar toda la producción en el centro de mayores sin problema, e incluso Indi abandona sus reticencias iniciales.

Una tarde aparece por casa con docenas de catálogos de cocinas, fregaderos, azulejos, hornos, campanas extractoras…

y sentencia que hay que empezar a planear una reforma en condiciones si queremos hacer esto bien.

Uxía no vuelve a mencionar a Gonzalo hasta una noche en la que estamos sentados en el salón frente al televisor viendo una reposición de Mentes Criminales en la que la unidad persigue a un asesino en serie bastante escurridizo trazando su rastro a través de las familias de las víctimas.

—Que Gonzalo no tuviese familia cercana, y que tú seas bruja…

—Indi y yo la miramos ojipláticos y luego entre nosotros temiendo lo peor, esperando un ataque de remordimientos—.

Y lo del hechizo para desvanecer su recuerdo…

Lo está haciendo todo mucho más fácil, ¿no?

Debería sentir pena, tristeza, ¿rabia? Pero lo cierto es que empiezo a olvidar incluso todo lo malo y solo siento liberación y mucha paz.

Acto seguido se levanta, se estira perezosamente y anuncia que se va a la cama.

Hemos intentado hablar con ella de lo que ha pasado.

O mejor dicho, de lo que pasó antes de «lo que ha pasado», pero no ha dicho una sola palabra.

No ha querido contarnos nada sobre los malos tratos que sufrió, ni cuándo empezaron ni si tuvo en algún momento el impulso de denunciarlo.

Sé que tarde o temprano, pese al hechizo, todos necesitaremos terapia para procesar lo ocurrido y asumir las consecuencias, pero no me veo con fuerzas para eso ahora mismo.

Durante unos días todo es sencillo.

Pero la segunda semana de septiembre, la primera noche realmente fresca del verano, esa que presagia la llegada del otoño, todo vuelve a empezar.

Y es peor. Mucho peor.

Me despierto empapada en sudor. El móvil marca las 3:33 y la rama del limonero acaricia el cristal de la ventana.

El calor suave del cuerpo de Trina, acurrucada junto a mi pierna, no es suficiente para impedir que sienta un escalofrío helado que me recorre la espalda.

Me convenzo de que es casualidad. Una simple pesadilla que me ha despertado a la hora exacta. Sin más.

La segunda noche ya es imposible ignorarlo.

Durante unos minutos, tumbada todavía en la cama, siento que todo mi cuerpo se paraliza, como si algo, o alguien, lo presionase con fuerza contra el colchón.

Una oscuridad, rayana en lo imposible, domina mi habitación.

Me ahogo, no puedo respirar, lucho por conseguir una bocanada de aire, intento mover un brazo, lo que sea, para salir del trance, pero no puedo…

Cuando por fin lo consigo y mis pulmones se hinchan, como tras una interminable apnea, lo sé: Ha regresado.

La tercera noche es la definitiva. Me veo caer a una velocidad de vértigo en un pozo sin fondo.

Caigo y caigo sin poder moverme, con los ojos abiertos, clavados en la nada, y la boca abierta en un rictus terrorífico.

Quiero gritar, pero ni un solo sonido sale de mi garganta, seca e inerte.

Siento que pierdo el conocimiento, que muero, hasta que, de repente, una fuerte sacudida aleja todo el horror.

Indi me sostiene por los hombros, me zarandea.

Uxía está junto a la puerta y le grita que haga algo aterrorizada por la expresión de mi cara.

En algún momento, he vuelto en mí y he empezado a llorar.

Tengo tanto miedo que no sé ni cómo explicarles lo que siento.

Y lo peor es saber que mañana por la noche será igual, y la siguiente, y la siguiente…

***

Septiembre se acerca a su recta final, las tardes de playa y las largas noches de sábado en el jardín hace ya días que escasean y los atardeceres obligan a abrigarse.

Hace varios días que Trina no pasa de la cocina, donde acompaña a Uxía cada día ante a los fogones.

Echo de menos su cuerpecito suave y cálido a mi lado en la cama, convertido en un ovillo de ronroneos y pelos, mi único momento de paz a la hora de ir a dormir, a sabiendas que me despertaré sintiendo que me ahogo, que me voy a romper en mil pedazos o con un terrible ataque de pánico.

La gatita negra ha ocupado su lugar y Trina no la tolera.

Hasta hace poco pensaba que si dejaba la ventana abierta acabaría por volver, pero no ha sucedido.

Y desde entonces, Noite se ha convertido en la reina de la casa.

La gatita negra, a quien hemos terminado por bautizar, dejó su reino en el taller para adentrarse en el salón y ya no ha reculado.

Y eso que yo soy la única de la casa que le cae bien: me sigue a todas partes, se enreda entre mis piernas y me escolta hasta la puerta cada vez que salgo.

Es como un guardaespaldas felino. En cambio, no deja que Indi se le acerque y bufa a la pobre Uxía, que no ha hecho otra cosa que tratar de ganársela con mimos y premios.

Una tarde, Uxía me visita en el herbolario. Sé que está preocupada por mí. La falta de sueño y el sufrimiento que me provocan las pesadillas me han alterado el carácter, lo sé, me siento extraña, cansada, hastiada…

—Amanda, no puedes seguir así.

—¿Así cómo? —mi respuesta es seca y cortante.

—Precisamente a esto me refiero. —Uxía extiende sus manos ante mí, señalándome la realidad que me niego a reconocer—. Hace días que no pegas ojo, tus pesadillas son cada vez peores, todo te molesta, te falta energía…

—No sabía que te molestaba tanto convivir conmigo. —Me giro para coger un par de jabones de la estantería y colocarlos en el paquete que estoy preparando. Bueno, para eso, y para no encarar a Uxía—. Si te quieres ir, no hay nada que te lo impida, ¿eh?

—Sabes que no he querido decir eso. —Suena herida, y con razón. Un trocito de mi corazón se desprende al darme cuenta de lo mal que le he respondido.

—Lo sé, lo sé, perdona —rodeo la isla de madera para abrazarla, aunque a estas alturas, ya cuesta lo suyo: su vientre está redondeado y hermoso—, no quería responderte así, de verdad.

—Ya lo sé, ¿pero ves como tengo razón? Estás hecha mierda, Amanda.

—Estoy intentándolo, Uxi, lo juro.

—A lo mejor necesitas ayuda.

—¿Más? Indi y tú estáis siendo increíbles, no necesito más ayuda, créeme.

—Me refiero a otro tipo de ayuda. —Agacha la cabeza para mirarme desde abajo con esos ojos de almendra que siempre me han parecido caramelos de café, y su gesto lo dice todo.

—Ya hablé con Betsabé y ella no puede ayudarme, no veo cómo…

—Llama a Anuncia y Encarna.

Su respuesta me pilla por sorpresa. Por un lado, porque no se me había ni pasado por la cabeza que Anuncia y Encarna tuviesen algo que aportar a todo esto; por otro, porque sigo enfadada con ellas.

Pensé que con los meses el dolor menguaría, que conseguiría olvidar la traición y volver a confiar en ellas.

Y casi lo logro. Casi. En el solsticio de verano estuve tan cerca de llamarlas para romper esta barrera autoimpuesta.

Pero después, todo se torció, y la información revelada por Betsabé no hizo más que acrecentar la distancia.

Ellas lo han sabido desde siempre. Pudieron advertirme, ayudarme a entender lo que estaba pasando. Y eligieron callar.

—No tengo la menor intención de hablar con ellas, Uxía.

—Amanda, escúchame, ellas saben cosas, estoy segura. ¿Y si tienen la clave para que puedas salir de todo esto?

—Si tienen la clave, han elegido no dármela, no lo olvides.

—Lo sé, pero ¿y si hay alguna razón por la que decidieron mantenerte al margen?

—Si la hay, espero que tenga el suficiente peso como para dejarlas dormir por la noche.

Uxía suspira, coge el paquete con los jabones y las cremas hidratantes y lo guarda en la tote bag de tela que usa como bolso desde hace unas semanas.

—Espero que sepas lo que haces —dice mientras se da la vuelta y encara la puerta del herbolario.

«Yo también», pienso, «yo también espero saber lo que estoy haciendo».

Esa noche ya no cenamos en la terraza, hace frío. Trina se digna a acompañarnos, acurrucada en la mecedora de mi abuela mientras nosotros tres damos buena cuenta de unos bocadillos de caballa que ha preparado Uxía.

—Recojo y me voy a la cama. —Uxía se incorpora con algo de dificultad, apoyando las manos sobre la mesa camilla. Cada vez le cuesta más moverse con agilidad.

—No, no, recogemos nosotros. —Indi le acaricia el antebrazo—. Tú has hecho la cena, enana. Vete a dormir, anda, mi sobrina necesita descansar.

Abro los ojos como platos. Ninguna de las ecografías ha dejado claro el sexo del bebé. Siempre está de espaldas, de lado con una pierna curvada…

—¡¿Es una niña?! No sabía que teníais cita hoy.

—No, no —Uxía niega con la cabeza mientras Indi le posa la mano en el vientre—, aún no sabemos qué es, pero este —inclina la cabeza hacia su hermano— ha decidido que es niña.

—Es una niña, lo sé. —Y le besa la tripa con devoción.

—Debe de ser que de tanto pasar tiempo con ella se te han pegado los poderes, claro. —Indi estruja un poco el cuerpo de Uxía entre sus brazos por toda respuesta.

—Anda, suéltanos, pulpo, que nos vamos a dormir.

—Es niña —la afirmación categórica llega cuando Uxía ya ha comenzado a subir por la escalera—, lo sé.

—Que sí, que sí, pesado. Buenas noches.

Entre Indi y yo recogemos la cocina y cargamos el lavaplatos.

Hay docenas de tarteras, moldes de repostería, espátulas y cuencos apilados sobre la encimera.

De fuera nos llegan los últimos cantos de las cigarras y los grillos, aquellos rezagados que no han sentido todavía la inminente llegada del otoño.

—Menos mal que podremos comenzar las obras pronto —dice Indi mientras apila un cuenco más sobre la montaña de cacharros— porque esto es ya insostenible. Creo que tenemos todo más o menos listo, así que llamaré para que esta semana vengan a tomar las medidas y a poner…

—Quiero intentar algo.

Mi interrupción lo pilla por sorpresa. Se gira hacia mí con el trapo entre las manos y cara de intriga.

—¿Con la obra? ¿Quieres cambiar algo?

—Con todo esto. —Elevo los brazos sobre la cabeza, tratando de abarcar la realidad que me rodea—. Con la casa, con las pesadillas, con las tinieblas acechando. Necesito intentar algo, porque no quiero tener miedo a la noche, Indi.

—¿Algo como qué? —Da un paso hacia mí, el trapo todavía entre las manos.

—¿Un exorcismo? —Me encojo de hombros—. No sé si ese es el nombre correcto, la verdad.

—¿Perdona? —Su cara es el fiel reflejo de su desconcierto.

—Si las tinieblas pueden ser conjuradas, también deberían poder ser expulsadas.

—Respiro intensamente, buscando la forma de explicar lo que me ronda la cabeza—.

Tiene que existir alguna forma de acabar con la oscuridad.

Tal vez si estudio bien los libros de la abuela y de Betsabé sea capaz de encontrar algo que me ayude a construir el hechizo correcto.

Debo intentarlo; no… no puedo seguir así, Indi.

Lo que sea que llevo dentro y que no me deja dormir me está consumiendo.

Indi suelta el trapo sobre la mesa y se acerca hasta quedar a menos de un paso de mí. Me coge del brazo y me guía hasta uno de los taburetes; él se sienta enfrente. Estamos cara a cara, nuestras rodillas se rozan, y su mano izquierda sostiene mi mano derecha sobre la madera de la isla.

—¿Crees que es prudente?

—Tampoco es que tenga muchas alternativas… No puedo seguir conviviendo con estos terrores nocturnos, con los cambios de humor, con este caos. No puedo poner en peligro a Uxía, al bebé, ¡a ti! Necesito deshacerme de esta locura.

—Pero Betsabé dijo que esa parte oscura era parte de la magia de todas las brujas Alén.

—¿Y qué?

—Que tal vez… no sé, ¿y si deshacerte de una parte de ti tiene consecuencias?

—¿Cómo qué? ¿Perder mi magia? La alternativa es traspasar mis poderes, ya oíste a Betsabé. Y entonces perdería toda mi magia, tanto la de luz como la oscura. Si intento deshacerme de la tenebrosa, al menos tengo la oportunidad de conservar la parte que quiero.

—¿Y si no son solo los poderes? —Lo miro sin comprender, y él lee mi expresión rápidamente—. ¿Y si pierdes algo más? ¿Y si pierdes la cabeza, la memoria, o yo qué sé, la vida, Amanda?

—No me estás ayudando, Indi. —Una amargura se me instala en la boca del estómago, algo que amenaza con convertir esta conversación en una bronca.

—¿Que no te estoy ayudando? —En su mirada hay tanto asombro como dolor—. ¡Si no he hecho otra cosa desde que volviste!

—¡No me refiero a eso, y lo sabes! —Me estoy poniendo a la defensiva, lo sé, pero no puedo pararlo—. Me refiero a que lo último que necesito ahora mismo es que mi mejor amigo se ponga melindroso.

—¿Melindroso? Amanda, el riesgo es serio.

—¿Te crees que no lo sé? Te recuerdo que la que sufre estos episodios de mierda soy yo.

—¡Podrías morir!

—¡O podría arreglarlo todo! —He elevado el tono y no me arrepiento—. Necesito hacer algo, Indi, no puedo seguir así porque la magia te dé miedo.

—No me da miedo la magia.

—¡Pero si estás cagado de miedo!

—¡No me da miedo la magia, Amanda! ¡Me da miedo…!

—¿Qué? ¿Qué te da miedo? ¿Que el pueblo se entere y nos convirtamos los tres en unos parias?

—Me siento demasiado rabiosa como para parar aquí, su actitud me provoca una rechazo irracional, así que continúo tratando de ridiculizar sus reticencias—.

¿Que el hechizo salga mal y me convierta en rana? O peor, ¿que te convierta en rana a ti?

—¡No, Amanda, me da miedo perderte!

El aire se vuelve denso a nuestro alrededor y solo se oye el silencio. Ni el runrún del lavaplatos, ni los grillos ni el viento entre las hojas de los árboles. Nada. Como si estuviésemos sumergidos en el mar, la cocina está envuelta en una luz tamizada y suave.

—Entonces, ayúdame. Ayúdame a buscar en los libros. Sé que puedo invocar ese hechizo, lo sé, Indi.

Se levanta del taburete y se dirige a la puerta de la cocina, dejándome atrás. Al llegar se vuelve sobre sus propios pasos.

—Cuanto antes empecemos, antes acabaremos.

Por primera vez es él quien lidera el camino hasta el taller.

El sol comienza a iluminar el horizonte cuando cierro el último cuaderno. Indi se rindió hace un buen rato, incapaz de entender absolutamente nada en ese galimatías de hechizos, conjuros y brebajes.

—¿Encuentras algo?

Me encojo de hombros y niego con la cabeza.

—Nada específico. Hay algunos rituales que podrían mezclarse y tal vez…

—¿Mezclar rituales? ¿Eso es seguro?

—No lo sé. Supongo que sí, si se hace bien.

Decidimos tomarnos un descanso y nos dirigimos de nuevo a la cocina a preparar el desayuno. Con el olor a café inundando la estancia, Indi bromea con que la noche en vela me ha ahorrado las pesadillas. Cuando la risa cansada me hace flojear, se planta ante mí y me sostiene por los hombros.

—Prométeme que no intentarás nada sola. Decidas lo que decidas, no lo hagas sola, por favor.

—Te lo prometo.

No me gusta romper mis promesas. Pero no tengo alternativa.