Hijas de Lilith Agosto 2018 #3
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Agosto 2018 #3

—Si la luz y la oscuridad volvían a reunirse, si la bruja heredera era hija única, el poder estaba destinado a multiplicarse y sería imparable.

Siempre que fuese capaz de dominar ese poder.

Altea creyó que Aurora era esa bruja, y como tal empezó a instruirla para que fuera capaz de controlar la gran responsabilidad que había recaído sobre ella…

hasta que llegué yo. Y aunque no somos gemelas, pertenezco al clan por derecho propio.

Con nosotras empezó a cumplirse la profecía.

Yo fui la primera anomalía después de tantos siglos.

Y heredé los poderes oscuros. Pero, como al resto de brujas oscuras, me ocultaron mi potencial y tuve que aprender por mi cuenta, a escondidas.

Escudriñando entre los libros de magia descubrí la historia de la heredera única, la elegida, y esperé pacientemente pensando que algún día llegaría, por fin, una bruja tan poderosa como para contener la luz y la oscuridad, capaz de cualquier cosa…

—¡Mi madre!

—Sí, tu madre fue hija única. Pero cuando nació, Aurora tuvo miedo.

Y aunque la educó como elegida le transmitió ese miedo, esa contención constante sobre sus poderes.

Una aberración, si me preguntas. ¡Mantenerla ciega ante su enorme potencial!

Algo que no me explico a día de hoy. Proteger a una bruja de sus poderes es siempre un error, Amanda.

Nuestros poderes son lo que somos. Intenté advertirla —enciende de nuevo un cigarrillo y expulsa el humo hacia arriba— y, años después, también a tu madre.

Pero Aurora estaba obcecada. Y Amparo… bueno, ella decidió renunciar a la magia.

No te ofendas, querida, pero tu madre siempre fue una timorata, y la culpa fue de tu abuela, que no la supo criar bien.

»Y ahora estás tú, de nuevo una anomalía, como yo, la hija de la elegida que nunca fue capaz de estar a la altura, una bruja que no debió ser.

Porque la profecía era clara: si la elegida no era capaz de controlar ambos poderes, el clan desaparecería.

Tu madre fue una elegida fallida, con ella debería haber terminado el aquelarre, pero aun así, aquí estás.

Escúchame bien, Amanda. ¿Y si fuéramos capaces de romper la profecía?

¿Y si logramos que esa elegida indigna no sea el fin del clan Alén?

¡Imagina el potencial! Un nuevo aquelarre de brujas con un poder inimaginable…

Seríamos capaces de cualquier cosa: de hacer realidad nuestros deseos más profundos, de doblegar la voluntad de los hombres, de controlar el mundo, Amanda, de todo.

—La mirada de Betsabé se ha ido oscureciendo; está alterada, lo percibo, no es la misma mujer elegante y serena de hace un rato—.

Llevo años buscando la manera, podemos conseguirlo: tú y yo, Amanda, juntas…

—¡Hija de puta!

—No te confundas, sobrina. No soy yo la que te impidió crecer sabiendo lo que eras. La que te ha privado de vivir la vida que te correspondía. —Aplasta el cigarrillo en el cenicero.

Betsabé se levanta y camina con una languidez casi somnolienta hacia el mueble del fondo, donde abre una pequeña cajita de madera tallada y extrae un mazo de cartas del tarot.

—Amanda —vuelve a sonar calmada, parece haber recuperado la compostura—, la naturaleza es sabia, y supongo que buscó un cuerpo y una mente más preparados para albergar tanto poder: a ti.

Nuestro poder es una fuerza que lucha por sobrevivir.

—Deja caer tres cartas sobre la mesa, la rueda de la fortuna, la torre y el mago.

—Pero yo no soy la elegida… No puedo…

—Y sin embargo… —me señala con las manos—, aquí estás, capaz de matar a un hombre con un hechizo apenas unos meses después de comprender que eres una bruja. Eres diferente. Aunque…

Sus ojos regresan a las tres cartas que hay sobre la mesa del café, y vuelve a sentarse frente a nosotros, acariciando la torre, bocabajo ante ella.

—Aunque ¿qué? —Es Indi quien formula la pregunta que me quema en la lengua.

—¿Cómo de malos son? —pregunta Betsabé, dirigiéndose a mí. No me hace falta preguntarle a qué se refiere.

—Horribles —digo—, paralizantes. Siento como si algo se me tragase, como si la nada más absoluta me envolviese. Es… terrorífico.

—Me lo temía.

—¿Qué te temías? Mira, Betsabé, con todos mis respetos —Indi ha perdido definitivamente la paciencia—, o hablas claro de una vez o empiezo a volcar estanterías como un demente, y no creo que te haga mucha gracia.

Y antes que me digas que con cuatro palabras puedes fulminarme, déjame que te aclare que me importa una mierda.

Llegados a este punto, lo único que quiero es entender de qué va todo esto.

—Eres valiente —la sonrisa de carmín oscuro de Betsabé es retorcida y autosuficiente—, eso está bien. Te va a hacer falta, chico. Amanda, tu parte oscura es muy fuerte. Y eso es porque tú nunca debiste existir, igual que yo…

—¿Perdona?

—La profecía es bastante clara al respecto: La elegida sería la bruja más poderosa, capaz de todo, o sería el fin del clan. Y tu madre fue de todo menos una bruja imparable, así que, ¿cómo es que tú existes?

—Así que no sabes cómo parar lo que me pasa.

—Efectivamente. —Se reclina de nuevo contra el respaldo del sillón y apoya el codo izquierdo en el reposabrazos con condescendencia—. En teoría deberías ser capaz de controlar toda esa oscuridad, pero… bueno, has matado a un hombre.

Bajo la mirada desalentada. He venido buscando respuestas y las he encontrado. Pero no las que necesito. De nada me sirve entender la profecía del aquelarre si no sé cómo controlar lo que me pasa. Al parecer, respuestas y soluciones no son sinónimos.

—Vale, de acuerdo, Amanda es una anomalía y una bruja poderosa. ¿Cómo controlamos esos terrores nocturnos? ¿Cómo contenemos todo esto?

—Me temo que tendréis que averiguarlo vosotros, queridos —dice dando unos toquecitos al libro que hay sobre la mesa.

Y más vale que lo hagáis rápido. Amanda no ha recibido la instrucción necesaria, no fue educada como una bruja, porque no estaba destinada a ser y su madre fue incapaz de asumir esa responsabilidad, así que no tiene los conocimientos ni las herramientas para controlar esa oscuridad.

Y si no lo hace… quién sabe… Lo que está claro es que, por primera vez en nuestra historia, la oscuridad parece más fuerte que la luz.

Tienes que aprender a controlarla, querida, porque de lo contrario te controlará ella a ti.

Y ya has visto cómo es eso, llevas un mes soñándolo.

Un escalofrío helado me recorre la espalda y me hace sacudir los hombros involuntariamente. Eso es lo que me persigue, por eso se sentía como algo interno. Mi propia parte oscura.

—¿Y qué pasa si no soy capaz?

—Bueno —Betsabé se endereza en su sillón—, hay una manera.

***

Las grúas de Navantia son enormes flamencos esqueléticos y amarillos cuyas siluetas se recortan contra las últimas luces del día en un cielo rojizo salpicado de nubes grisáceas.

El coche atraviesa la autopista de regreso como un ataúd silencioso y premonitorio.

Ni Indi ni yo hemos dicho una sola palabra desde que dejamos la casa de Betsabé.

Casi cuarenta minutos de trayecto en el más absoluto de los silencios.

Mi cabeza es una olla a presión a punto de estallar, y no soy capaz de encontrar la válvula que me permita liberar al menos un poco.

Renunciar a mis poderes.

Esa es la única salida para sobrevivir a todo este horror si no soy capaz de controlarlo.

—Es una ceremonia antigua y larga, peligrosa, pero eficaz. —Eso fue lo que dijo Betsabé con una mezcla desconcertante de solemnidad y calma.

—¿Se ha hecho antes?

—No en nuestra familia, desde luego, pero sí, se ha hecho antes. La bruja receptora debe ser una bruja experimentada, fuerte, una bruja con un dominio de la hechicería superior a la media.

—Y ahí entras tú, claro. —Indi no confía en Betsabé. Ya lo intuía, claro, pero esta tarde ha quedado claro.

—Aprendí sola, querido, eso me convierte en una bruja decidida. Y aprendí bien. Tan bien que llevo cincuenta años dominando la hechicería oscura. No olvides que soy la segunda bruja.

—Y serías el doble de poderosa después de recibir los poderes de Amanda. —Betsabé se encogió de hombros, como restando importancia a ese punto en concreto. Tampoco es que fuese mi mayor preocupación en ese momento.

—¿Sobrevivieron? —Su mirada se clavó en mí—. Las brujas que se sometieron a la ceremonia para renunciar a sus poderes, ¿sobrevivieron?

—Algunas sí, otras no —dijo inclinando alternativamente la cabeza a izquierda y derecha—. Tú eres joven, estás sana, estás fuerte. Sobrevivirás.

—Si decide hacerlo. —La puntualización de Indi fue más bien una advertencia.

—Si decides hacerlo, claro, por supuesto.

Aparcamos frente a la casa y antes de salir del coche, Indi rompe el silencio.

—Amanda, creo que es mejor que no le digamos nada a Uxía.

—Sí, sí, estoy de acuerdo. No quiero preocuparla. —Antes de que pueda abrir la puerta del copiloto y bajar, Indi me retiene.

—Lo conseguirás. Estoy seguro.

Asiento con toda la convicción de la que soy capaz, que no es mucha, y emprendo el camino hasta la puerta de la cocina.

Dentro, Uxía remueve cazuelas con frenesí.

Huele dulce y delicioso, y Lady Gaga canta a pleno pulmón desde el altavoz portátil.

Los rizos de Uxía se agitan rítmicamente al compás de sus caderas, y el corazón se me paraliza en una nube de calidez insoportable.

No quiero perder esto. No puedo perderlo.

—Joder, qué bien huele. —Ella se gira al oír la voz de su hermano.

—Hombre, los tortolitos desaparecidos.

—¿Perdona?

—Ya me has oído. —Blande una cuchara de madera manchada de crema pastelera contra Indi con despreocupación—. «Nos vamos a hacer un recado» —dice en tono burlón—. Ya sé yo qué recados son esos, ya.

—¡Uxía! Te estás equivocando. —Y mientras respondo, siento cómo el color coloniza mis mejillas—. Fuimos a A Coruña a arreglar unos temas de la empresa.

—Sí, sí, ya sé yo qué empresa es esa.

—¿Pero tú te has vuelto loca? —Indi parece menos azorado que yo, pero tampoco del todo imperturbable—. Sabes que Amanda y yo somos socios, ¿verdad?

—Uy, no, si ya lo sé. Lo que me extraña es que la oficina de vuestra empresa esté en la cama de Amanda.

Carmesí. Mi cara tiene en este momento el mismo color que la sangre e Indi no está mucho mejor.