Hijas de Lilith Agosto 2018 #2
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Agosto 2018 #2

—Amanda, por favor, por supuesto que no me ha extrañado. Lo esperaba, aunque he de confesar que creí que tardaría más.

—¿Perdona?

—Ya ha empezado, ¿verdad?

Indi busca mi mirada a una velocidad tan ultrasónica que me hace temer por la integridad de sus cervicales.

—Vamos a dejarnos de jueguecitos, Betsabé. Si sabes por qué estoy aquí, también sabes cómo solucionarlo. Así que desembucha.

—Directa al grano, como tu abuela. —Betsabé saca un cigarrillo de su pitillera metálica y lo enciende con parsimonia con un zippo de plata labrada, para, acto seguido, levantar la mano y atraer a un camarero a la mesa—. Querido, ponme un vermú rojo con unas gotas de ginebra y mucho hielo, ¿vosotros?

—Una cerveza —respondo desconcertada, casi de forma automática.

—Eh, sí, sí, una cerveza está bien.

El camarero se aleja mientras Betsabé da una honda calada a su cigarrillo, dejando de nuevo la marca de su pintalabios rojo.

—Entonces, ¿debo suponer que has estado practicando un poco estos meses?

—¡Por el amor de Dios! ¿En serio quieres tener esta conversación?

—Oh, vamos, querida, compláceme, al menos hasta que llegue el camarero con las bebidas.

Resoplo agotada. Indi me aprieta la mano para mostrarme su apoyo. Respiro hondo y sonrío con educación.

—Pues ya que lo preguntas, sí. He estado practicando, y algunos hechizos y remedios se me dan bastante bien.

—Cariño mío, si estás aquí hoy es porque se te dan mejor que bien. Pero ya llegaremos a eso. Cuéntame, ¿qué has hecho?

—¿Que qué he hecho? Pues, no sé. Remedios para la calvicie, tisanas relajantes, saquitos protectores con mezclas de hierbas, ungüentos para la piel dañada, mezclas vigorizantes…

La risa de Betsabé es descarada y severa, como si me hubiese estado examinando y hubiera descubierto lo poco que controlo el tema, después de haberme advertido de la importancia de dominar la materia.

Una risa que me indica que sabe que no estoy siendo del todo sincera.

En medio de sus carcajadas, el camarero deja sobre la mesa dos copas heladas de cerveza y el vermú.

—Hoy se lo está pasando en grande, ¿eh? —se dirige a Betsabé como si fuese clienta habitual.

—Ay, querido, es que mi sobrina nieta es hilarante.

—¿Sobrina nieta? No sabía que tenía familia.

—Es que la familia es mi secreto mejor guardado.

Betsabé guiña un ojo, coge el vaso de vermú y le da un buen trago. En cuanto el camarero se aleja, devuelve el vaso a la mesa y retoma con parsimonia la tarea de fumar con aire de superioridad.

—Querida —dice mientras exhala el humo por la nariz—, no me has escrito esta mañana con tanta urgencia por unos cuantos ungüentos para la psoriasis y un par de pomadas para la calvicie.

Lo que has despertado no sale a jugar por un par de hechizos que hasta un niño sabría conjurar, así que más te vale decirme la verdad.

Y no te dejes nada en el tintero o no podré hacer nada por ti.

Miro a Indi buscando consejo. Todo esto me viene grande.

Hace poco más de seis meses era una bióloga en paro que buscaba un nuevo empleo y echaba una mano a su madre en el herbolario, y de repente soy una bruja lo suficientemente poderosa como para haber matado a un hombre.

Los ojos oscuros de Indi se cierran con resignación, y sé que ha llegado el momento de verbalizar lo que llevo semanas intentando silenciar en mi cabeza.

—He matado a un hombre.

La sonrisa feliz de dientes lobunos en la cara de Betsabé me revuelve el estómago.

—¡Vaya! ¿No me digas? ¿Y qué ha sido? ¿Una venganza, un castigo? ¿Tal vez un antiguo amante traidor?

—Por el amor de Dios. —Indi farfulla entre dientes, pero no lo suficientemente bajo como para que los despiertos oídos de Betsabé lo ignoren.

—Cariño, no te inquietes, los amantes forman parte de la vida de toda mujer.

—No fue un antiguo amante. No fue nadie. No era nadie y ahora lo es menos. —Me sorprende el odio condensado en el tono de mi respuesta y, al parecer, a ella también.

—Vaya, vaya, así que es así de intenso, eh. Eso explica el despertar, pero sigue siendo demasiado pronto. —Esta última frase es casi un susurro.

—No haces más que repetir que es demasiado pronto, ¿demasiado pronto para qué?

Betsabé da una última calada a su cigarrillo y aplasta sin miramientos la colilla en el cenicero.

—Toda cara tiene su cruz, Amanda. Y toda luz tiene su lado oscuro. Y cuanto más fuerte es la luz, más tenebrosa es la oscuridad. —Deja sobre la mesa un billete de veinte euros y se levanta—. Vamos a casa. Los tres, si queréis. Esto es mejor verlo que escucharlo, creedme.

La casa de Betsabé está oscura y fresca.

Las persianas a medio bajar, las contras echadas.

Nos lleva directamente al salón del fondo, la misma estancia en la que me recibió la primera vez.

Por el camino, los ojos de Indi se abren cada vez un poco más, captando con asombro los incontables detalles y recovecos de la decoración recargada de este piso, opresiva y densa.

Una vez en el salón, enciende una lámpara de pie junto a los sofás tapizados de damasco y se sienta en uno de ellos, el más pequeño, señalando con un gesto cortés el sillón contiguo para que Indi y yo hagamos lo propio.

—Contrariamente a la creencia popular, la magia no tiene nada de sobrenatural.

De hecho —se inclina un poco y toma un viejo libro, polvoriento y encuadernado en cuero granate, de la repujada mesa de café—, la magia es, en realidad, algo natural.

Y como todo en la naturaleza, está formada por opuestos.

El día existe porque existe la noche, el frío existe gracias al calor.

Y de la misma manera que la magia tiene una parte luminosa y perfecta, tiene también una oscura y caótica.

Cada persona tiene algo de magia en su interior, pero las brujas…

las brujas somos un amplificador. Un amplificador difícil de controlar.

Cada saga de brujas es diferente, aunque todas tenemos algo en común: albergamos la oscuridad, tanta o más que la luz.

Betsabé abre el libro y comienza a hojearlo con parsimonia, buscando algo que no alcanzo a entender.

—Por eso —dice mientras gira el libro hacia nosotros— las brujas Alén quisieron controlarlo.

Controlar la oscuridad y que nuestra magia resultase más manejable, más cómoda para el resto de los mortales.

Como si la magia pudiese ser controlada, ¡ja!

O como si lo que opinaran los demás, una panda de catetos descerebrados, tuviese que importarnos lo más mínimo.

El libro muestra la imagen de una mujer.

Es un retrato a carboncillo, no una fotografía.

Y a juzgar por la ropa que lleva y el estilo de la ilustración, diría que es del siglo xvi.

Está sentada en una silla de madera, con brazos tallados y un respaldo elevado y tapizado.

Sobre sus rodillas posan dos niñas pequeñas.

Una vestida de blanco; la otra, de negro.

—Ella era Astrid Alén. Hace más de cuatrocientos años, Astrid lanzó un hechizo sobre todas las mujeres Alén para intentar escapar de la atenta mirada de la Inquisición.

Todas las brujas tenemos dentro de nosotras los poderes de la luz y la oscuridad.

La luz es fuerte, claro. Pero la oscuridad…

la oscuridad es imprevisible, imparable, implacable.

Los poderes de la luz son más controlables e inocuos que los poderes de la oscuridad, así que Astrid quiso dividir los poderes en cuanto supo que estaba embarazada de gemelas.

Una sería una bruja de luz, y podría pasar desapercibida en aquella sociedad pacata.

Una bruja con poderes limitados y digeribles.

La otra, la bruja oscura, no sería instruida en la magia y así no desarrollaría sus poderes.

Las consecuencias las hemos sufrido sus herederas, de generación en generación.

Todas las brujas de oscuridad hemos quedado condenadas a no parir nunca una heredera.

Las brujas de luz, por el contrario, han tenido siempre dos hijas, dos herederas del clan.

Gemelas. La primera es la portadora de la luz y la otra lleva la carga de la oscuridad.

Y la profecía era clara: así sería hasta que llegara la hija única, la elegida, la bruja que reuniese de nuevo los poderes.

Aria —señala a la niña vestida de blanco— fue la bruja luminosa. Lena, la oscura.

Betsabé se echa hacia atrás en el sillón y cruza las piernas con despreocupación.

—Lo sé, lo sé —dice con condescendencia agitando una mano en el aire—.

Un hechizo absolutamente ridículo. Porque, en esencia, la luz y la oscuridad no pueden separarse.

Y, por lo tanto, la bruja luminosa siempre tiene algo de oscuridad, y la oscura guarda algo de luz en su magia.

Pero Astrid creyó que este hechizo haría más manejable la situación: en pleno siglo xvi la Inquisición no se andaba con tonterías.

Instruyó a Aria y dejó a Lena en la ignorancia.

Supongo que creyó que así la luz ganaría a la oscuridad, que podría mantener bajo control la parte oscura: brujas poderosas pero ignorantes de su poder e incapaces de engendrar herederas, como la historia ha demostrado.

—Pero no funcionó.

—Chica lista. —Betsabé me guiña un ojo y continúa su relato—.

Evidentemente, al contener menos magia oscura, los poderes de la bruja luminosa están, ¿cómo decirlo?

… castrados. Una aberración. Y las brujas de la sombra no tuvimos acceso a los libros de hechizos, no pudimos aprender magia, no se nos enseñó el lenguaje del aquelarre.

Pero de vez en cuando, una bruja con los poderes de la oscuridad desarrolla, de una manera u otra, el arte de la hechicería.

—Supongo que esos poderes también estarán mermados.

—Mermados en teoría, pero son fuertes. Tú misma lo has visto.

Dice esto y coloca las manos a lado y lado de su cabeza, enmarcando su rostro, para dejar claro que se considera un ejemplo exitoso.

—Deduzco que tú eres una bruja oscura.

—Tu abuela nació primero. Y durante ocho años fue la única hija. Por lo que Altea, tu bisabuela, pensó que Aurora era la elegida.

—¿La elegida?

Betsabé recoge el libro de la mesa y desliza con elegancia sus manos sobre él, hasta encontrar una página escrita en un lenguaje extraño, similar a la lengua que he aprendido de forma casi automática en estos meses, pero más tosco, más primitivo.