Agosto 2018
La idea inicial era que Uxía regresase a su casa al cabo de unos días, cuando el embarazo hubiese pasado la fase de riesgo.
Pero al quinto mes, lo que había empezado como un trato provisional se había convertido en una cómoda rutina…
Al menos, todo lo cómoda que los remordimientos y las pesadillas sobre los sucesos ocurridos en San Juan nos permitían.
No volvimos a hablar de lo que aconteció aquel día, bajo el acuerdo tácito de que a fuerza de repetirnos una mentira —Gonzalo ha huido y no hemos tenido nada que ver—, la convertiríamos en real; pero la imagen de su cuerpo sin vida nos perseguía en sueños y, a veces, en la vigilia.
Entre Indi y yo trasladamos las cosas de Uxía a mi casa.
Con Gonzalo oficialmente desaparecido pagar la hipoteca le resultaba complicado, así que entre los tres resolvimos que lo ideal era poner el piso en alquiler, al menos de momento.
Uxía se instaló en el cuarto de mi abuela antes de que el verano eclosionase.
Desde entonces, Indi cena con nosotras a diario, y más de la mitad de los días termina quedándose a dormir en el sofá cama, que decidió limpiar y adecentar un domingo especialmente caluroso de julio.
Con los primeros días frescos de agosto, Uxía empezó a acompañarme al herbolario.
Me ayuda con los clientes, coloca estanterías, organiza pedidos y parlotea acariciándose un vientre cada vez más abultado que cubre con vestidos vaporosos y chaquetas de punto.
Las tardes las pasa casi siempre en casa, cocinando y convirtiendo este espacio en un hogar singular, hecho de retales.
El hogar en el que ella va a empezar una familia.
Jamás hemos planteado qué pasará cuando dé a luz a finales de año.
Ella no parece preocuparse, Indi no ha sacado el tema, y yo estoy demasiado ocupada con mis migrañas.
Aparecieron por primera vez cuando era adolescente.
El dolor lacerante en las sienes, la tensión intolerable en los ojos, la sensación de que cualquier ruido se convertía en un taladro conectado directamente a mi cerebro, la falta de aire…
Mi madre también las padecía, y aún recuerdo cuando mi abuela se encerraba en su dormitorio algunas tardes por culpa de lo que ella llamaba o mal.
Pero cuando cumplí los veinte, desaparecieron.
Mi madre aseguraba que era algo normal al crecer, aunque ahora pienso que las infusiones que me obligó a tomar durante años antes de acostarme tuvieron algo que ver.
Y ahora han vuelto. Desde finales de agosto sufro las mismas migrañas persistentes e incapacitantes.
Los primeros días eran esporádicas y las atribuía a factores externos: que si el calor, que si me había pasado con el vino en la cena…
Pero ya no me dan tregua. La tisana de mi madre ayuda a mantenerlas a raya, aunque hay días que ni con medicación fuerte soy capaz de contenerlas.
Pero eso no es lo peor. El dolor puedo soportarlo, lo que no puedo controlar es el desasosiego, el terror y la angustia que me invade cada noche.
Al principio creí que era fruto del trauma, una manifestación más de los remordimientos anclados en el recuerdo del cuerpo sin vida de Gonzalo desmadejado sobre la carretilla.
Cada noche, invariablemente, tras acabar dormida de puro agotamiento, con un paño frío en la frente y atiborrada de tisana y naproxeno, me despierto a las 3:33 de la madrugada gritando, empapada en sudor, agitada y desubicada, envuelta en la extraña sensación de que algo me acecha.
Y sé que no tiene nada que ver con Gonzalo, es algo mucho peor.
Estoy incorporada en la cama, doblada sobre mi cuerpo, aferrada con desesperación a la colcha.
Siento el cuerpo tenso y destemplado, la piel pegajosa y húmeda, empapada en sudor.
Indi y Uxía están a mi lado. Ella, sentada en la cama, me sostiene las manos; él, arrodillado, me acaricia la espalda con delicadeza.
—¿Qué ha pasado, Amanda?
—Ya está, ya está, ha sido una pesadilla… —Uxía suena preocupada, aunque intente ocultarlo con el tono cantarín que emplea para restarle importancia a las cosas malas.
—No sé… no sé qué ha pasado. Lo siento —me retiro el pelo de la cara—, lo siento, os he despertado.
—No pasa nada.
—Claro que no, nos asustamos al oír tus gritos, nada más. —Indi recoge tras mi oreja un mechón rebelde que se empeña en pegarse a mi mejilla sudorosa—. Ha debido ser un sueño horrible.
—No… no lo sé. No lo recuerdo. —Y al cruzar mi mirada con la suya confirmo que él, como yo, sospecha que esto no ha sido solo una pesadilla.
—Es tarde, volvamos a la cama. Uxi, ¿te ayudo?
—Estoy embarazada, no tullida, hermanito. —Sin embargo, el gruñido con el que Uxía se levanta de la cama nos confirma que este susto en mitad de la noche no le ha sentado bien a su prominente barriga—. Venga, todo el mundo a dormir. Buenas noches.
Indi asoma la cabeza al pasillo para confirmar que Uxía ha cerrado la puerta de su dormitorio, y acto seguido entorna la puerta del mío.
—Vale, ¿qué está pasando?
—Nada, no sé, supongo que he cenado demasiado.
—¿Has cenado demasiado todas las noches desde hace un mes? Porque esta no es la primera noche que te oigo gritar. Llevas un mes despertándote cada noche, más o menos a la misma hora.
—Lo siento, no quería alarmaros.
Indi niega con la cabeza.
—Uxía duerme como un tronco, estoy bastante seguro de que es la primera vez que se entera de tus pesadillas, pero yo…
—Pero tú tienes el sueño más ligero. —Me recuesto sobre el respaldo de la cama, agotada—. No sé qué es, Indi. Empezó hace semanas, al principio pensé que sería algo puntual, luego lo atribuí al trauma, a los remordimientos, pero…
—Pero no ha parado. ¿Qué es lo que sueñas?
—Eso es lo más raro, no sueño nada. O no lo recuerdo. Es más bien una sensación, como una especie de opresión, como si algo se cerniese sobre mí. No sé explicarlo…
—¿Sientes que algo te persiguiese? —Indi termina mi frase sin pestañear.
—Sí, algo así. Pero no exactamente. Vas a creer que estoy loca. —Su cuerpo cálido se acerca de nuevo hasta mi cama y se sienta a mi lado, me rodea con el brazo derecho, estrechándome contra él.
—Amanda, ya creo que estás loca. Además, con todo lo que hemos vivido los últimos meses, dudo mucho que nada pueda sorprenderme—. Sus palabras me hacen sonreír, inclino mi cabeza contra su pecho y me acurruco en su abrazo.
—Es como si lo que me persigue estuviese dentro de mí. Ya sé que no tiene sentido.
—Bueno —Indi estrecha su abrazo y me acerca todavía más a su cuerpo—, supongo que sí lo tiene. Todos tenemos nuestros propios demonios, lo normal es que los de una bruja sean peores, ¿no?
—Qué idiota. —El cariño se derrama entre las palabras. Indi me deja un beso en la coronilla.
—Venga —dice mientras me acaricia el brazo derecho—, durmamos un rato.
Antes de que pueda incorporarse, me encojo sobre su pecho un poco más. Me encuentro tan cómoda así, como si su abrazo fuese un lugar seguro incluso contra los monstruos que viven dentro de mí.
—¿Quédate? —Mi petición sale en forma de pregunta, pero Indi parece entenderla como una orden.
—¿Segura? ¿No estarás muy incómoda?
—Me siento muy bien así. ¿Por favor?
Indi se mete bajo la colcha. Su cuerpo ocupa el espacio que antes ocuparon mis miedos.
—Hazme sitio, anda.
Me arrimo hacia la pared sin desprenderme del todo de la calidez de su cuerpo. Cuando recuesta sobre la almohada, me giro y me agarro a su brazo. En cuanto nota la presión de mis manos, decide invitarme a que vuelva a acurrucarme con él.
—Buenas noches, bruja —dice acogiéndome en su pecho.
Me besa de nuevo la cabeza y mi cuerpo se relaja, como si toda la tensión que agarrotaba mis músculos se evaporase mágicamente al contacto con su boca.
Nos quedamos callados mientras por las rendijas de la persiana se cuela la luz de la luna y dibuja figuras imposibles sobre el espejo del armario a través de las ramas del limonero, que se agitan suavemente con el viento.
Siento como mi respiración y la suya empiezan a acompasarse, cada vez más pausadas y profundas.
Los párpados me pesan y dejo que el sueño me venza poco a poco, pero justo antes de quedarme dormida, una idea coloniza por completo mi cabeza.
—Creo que Betsabé puede saber qué es lo que me está pasando. Debería volver a verla.
Durante unos segundos pienso que Indi se ha dormido, pero entonces su abrazo se estrecha, apretando mi cuerpo contra el suyo y emite un suspiro cansado.
—Mañana, mañana.
***
La terraza del Picadilly está a rebosar de gente.
Aunque las fiestas de María Pita están ya dando los últimos coletazos, el buen tiempo y el aumento del turismo han convertido el centro de A Coruña en una especie de gincana, si lo que pretendes es moverte con cierta rapidez o encontrar mesa en algún sitio.
Betsabé, sin embargo, debe de ser una persona previsora, porque me espera sentada en una mesa a la sombra, discretamente oculta de la marabunta de gente que transita La Marina en este atardecer de finales de agosto.
—Hola.
—Oh, hola a los dos —nos contesta inclinando coquetamente la cabeza al ver que Indi se sienta a mi lado en la mesa—. No esperaba que vinieses acompañada.
—Espero que no sea un problema.
—En absoluto, ¿qué tal? —Tiende la mano de manicura impoluta hacia Indi por encima del cenicero en el que reposa un cigarrillo fino y largo con restos de carmín rojo en la boquilla—. Betsabé, aunque supongo que ya lo sabes.
—Soy…
—Indalecio, lo sé, lo sé. —Ante la cara de asombro de Indi, Betsabé sonríe de medio lado, divertida—.
Oh, por Dios, querido, no pongas esa cara.
No lo he averiguado con mi bola de cristal, si eso es lo que te preocupa.
Te recuerdo. Bueno, tal vez debería decir que recuerdo al bebé que fuiste.
Aunque estoy segura de que lo de la bola de cristal te parecía más emocionante.
Indi sonríe con condescendencia. No le gusta Betsabé y se le nota.
Se ha tensado al estrecharle la mano, como si la energía arrolladora de mi tía abuela le causase repulsión.
Le coloco una mano sobre la rodilla con la intención de transmitirle calma.
Al contacto, deja de mover la pierna y entrelaza sus dedos con los míos con una fuerza cálida.
—Supongo que te habrá extrañado mi mensaje de esta mañana.