Hijas de Lilith Septiembre 1993
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Septiembre 1993

Nunca tuvo la intención de espiar a su hija.

Los tres niños se habían refugiado de las primeras lluvias de septiembre en el cuartito de los juegos, y Amparo aprovechaba aquella tarde de domingo para organizar las comidas de la semana.

Al pasar por delante, camino de la sala para guardar una de las bandejas que había terminado de fregar, las palabras de Amanda llamaron su atención.

—Os juro que es verdad —decía con voz firme—. Es pequeña y muy negra, tiene el pelo superbrillante y se cuela cada noche, no sé por dónde. Es mágica.

—¿Y por qué nosotros no la hemos visto nunca? —Indi parecía desconfiado.

—No lo sé, creo que solo quiere que la vea yo. Bueno, y la abuela, a la abuela también la quiere, preguntadle a ella si no me creéis, ella la ha visto.

—Seguro que entra por el tejado. —Uxía sonaba reticente, no creía en cuentos de hadas, pese a no haber cumplido aún los ocho años.

—¡Que no, que es mágica!

—Ah, ¿sí? Pues el gato de nuestra madre también se cuela por el faiado, así que también es mágico.

—Pero el gato de vuestra madre no sabe hacer flotar las cosas, ni puede hacer que el jarabe de la tos sepa a palmera de chocolate, ¿a que no?

Los niños estallaron en carcajadas, y la conversación se diluyó al barajar las cartas de una nueva partida, pero el corazón de Amparo tardó varios minutos en recuperar un ritmo normal.

Con la bandeja todavía en las manos, corrió al taller de su madre. Aurora se sobresaltó al ver a su hija entrar como un torbellino, golpeando la puerta contra la pared.

—¡Jesús! ¡Qué susto! ¿Qué pasa?

—¿Cómo que qué pasa? Pasa que me has mentido, mamá. Me has mentido.

—Pero ¿qué dices, hija? Amparo, por favor, cálmate.

—La gata negra, mamá. —Aurora trató de mantenerse serena, pero el miedo se asomó tras ella, traicionero, y Amparo lo detectó—. Me debes una explicación y la quiero ahora.

Durante los meses siguientes, madre e hija empezaron una especie de guerra fría.

Amparo constantemente vigilante y Aurora a la defensiva.

Amanda, ajena al drama, detectaba la tensión, pero era incapaz de entender por qué.

Amparo prohibió a Amanda que se acercase al taller de su abuela, y trató de impedir de todas las formas posibles que su madre y su hija pasasen tiempo a solas.

Cuando Amanda estaba a punto de cumplir los nueve años, la situación ya era insostenible.

Amparo hizo las maletas, cogió a su hija de la mano, la montó en el coche y Amanda no volvió a pisar aquella casa, a hablar con su abuela o a saber más de aquella gatita negra a la que adoraba.

Hasta ahora.