Junio 2018 #3
—Supongo que del mismo sitio que Trina. Debe de ser uno de los gatos que tenía mi abuela por aquí. ¿Sabes? Se parece mucho a una gatita negra que rondaba la casa cuando yo era pequeña. Solía colarse en mi habitación por las noches y dormir conmigo. A mi madre no le hacía ninguna gracia.
—Vaya, no recuerdo a esa gata.
—Desapareció de la noche a la mañana, yo era todavía muy pequeña. Un día dejó de venir, sin más.
—Tal vez esta gatita es su hija. O su nieta.
—Puede ser. De momento he decidido ponerle comedero y bebedero en el taller. No sé por dónde se cuela, pero parece que le gusta estar ahí. Y así no tendrá que convivir con Trina. A esta bribona no le gusta eso de compartir.
Cenamos en el jardín, bajo la parra, en un silencio cómodo y amable, pero el cansancio nos gana la partida muy rápido. Uxía es la primera en bostezar.
—Vete a la cama, enana. —Hacía años que no oía a Indi llamar enana a su hermana, y siento un pellizquito en el corazón—. Es tarde, necesitas descansar.
—Pero antes os ayudo a recoger.
—De eso nada; además, yo quiero postre, que tengo helados y brochetas de fruta de ayer. Vete a la cama, Uxi, e intenta descansar.
En un par de minutos, la mesa queda liberada y la cocina recogida. Programo el lavaplatos, y mientras me seco las manos con el trapo de la cocina, observo a Indi por el rabillo del ojo.
—Estás agotado. —Él bosteza y se estira sin pudor. La camiseta se le levanta, exponiendo los huesos de su cadera y la piel ligeramente bronceada de su abdomen.
—Sí, será mejor que me vaya. Mañana quiero venir antes de ir a trabajar, no sé, no quiero dejar a Uxía sola. Que no está sola, ya lo sé —se corrige de inmediato—, que está contigo, y sé que está segura, pero aun así… Cosas de hermano mayor, supongo.
—No tienes que irte, lo sabes, ¿verdad?
—Con un hermano Sotelo de okupa ya es suficiente, ¿no crees?
—No sé, a mí me parece que dos hermanos Sotelo son mejor trato.
—Sería un engorro.
—No sería ningún engorro, Indi. El sofá cama del cuarto de juegos sigue ahí.
Aunque confieso que no lo he abierto desde que me mudé, puede que haya más arañas que muelles en ese colchón.
Pero estoy segura de que Uxía estaría encantada de compartir cama contigo, es enorme. Ha sido un día muy duro, Indi…
—No —niega con la cabeza—, necesita descansar.
—Pues duerme en mi cama —sus ojos se abren con una mezcla de asombro y esperanza, o eso me parece a mí—, cabemos de sobra.
—No sé.
—Tienes al menos cuarenta minutos de caminata hasta tu casa. Y digo caminata porque con el sueño que tienes no estás para coger el coche. Quédate. Mañana desayunamos los tres juntos, y ya veremos cómo organizamos la vida después de esta tormenta.
—¿Estás segura?
—En mi armario hay camisetas, alguna te valdrá. Me pido primera en el baño.
Al entrar en el dormitorio con el pijama y la cara lavada, Indi ya está acostado, acariciando a Trina, que se ha acurrucado a los pies.
Se ha arrimado a la pared, dejándome a mí el lado de la cama más cercano a la ventana.
Lleva puesta mi vieja camiseta de UPA Dance y no puedo reprimir una carcajada, que ahogo con la mano para no despertar a Uxía.
—¿No había otra?
Se encoge de hombros y ladea la cabeza.
—Oh, sí, claro que sí, pero quería esta. No debiste decirme que la tenías. Te imagino de jovencita en modo fan comprándola en un concierto al que fuiste sin permiso y me da la risa.
—No la compré en ningún concierto, listo.
—Ah, ¿no?
—No —digo entornando la puerta sin cerrarla—. Me tocó en un sorteo de la revista Bravo. Ya puedes entrar al baño.
—Ah, no, no te preocupes. He usado el de abajo. Te he robado un cepillo de dientes que tenías en el mueble.
—Espero que no fuese el de limpiar los azulejos —bromeo.
—Espero que no, porque estaba sin estrenar. Si es con el que limpias los azulejos, los limpias poco, tía.
Sonrío mientras me descalzo y me cuelo bajo las sábanas. El algodón está fresco, pero noto el calor del cuerpo de Indi junto a mí y de repente siento un nerviosismo inexplicable.
—Amanda, gracias de nuevo. —Me giro hacia él, ambos todavía incorporados contra el cabecero de forja—. Todo lo que has hecho por Uxía, por nosotros, no tenías por qué. Gracias.
—No me agradezcas algo que no es un favor, Indi. No estaríais en esta situación de no ser por mí.
Me dejo caer sobre la almohada, y él me imita. Apago el flexo del escritorio y el dormitorio se queda en penumbra, aunque por la ventana se cuela la tenue luz de las estrellas. Puedo distinguir el contorno del rostro de Indi a solo unos centímetros del mío.
—Soy yo la que tiene que darte las gracias. Todo esto: la casa, mi nueva vida, el herbolario, todo es gracias a ti. No podré pagártelo nunca. Y lo digo en serio, así que puedes ahorrarte lo de pasarme la factura.
—No se cobran los favores a alguien que quieres, Amanda.
—Supongo que no. Pero yo quiero agradecerlos.
—Ya lo haces.
No sé en qué momento me quedo dormida, si es antes o después que Indi, solo sé que la rama del limonero se agita suavemente contra el cristal de la ventana, que la luz de las estrellas juega con el espejo del armario y el cristal de los marcos de la pared, y que cuando por fin el sueño me vence,
sé que así es como tiene que ser. De alguna manera, lo sé.