Hijas de Lilith Junio 2018 #2
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Junio 2018 #2

—¿Problemas? En primer lugar, el único que ha causado problemas aquí está bajo tierra.

Y, en segundo lugar, sabes que esta siempre será vuestra casa.

Además, es una casa grande, tengo dos dormitorios vacíos.

Bueno, uno y medio; supongo que la habitación de mi madre no cuenta.

Pero hay espacio de sobra. Y me gustaría cuidar de ella.

—Es mi responsabilidad, Amanda, no la tuya.

—No te ofendas —doy un sorbo corto al té, calibrando el impacto de lo que voy a decir—, pero sospecho que mi forma de cuidar a Uxía es algo diferente. Hasta donde yo sé, no eres capaz de conjurar un embarazo o sanar un aborto potencialmente mortal. De momento.

Indi muestra una sonrisa franca.

—De momento —corrobora—. Está bien, a lo mejor tienes razón. Iré a por sus cosas y las traeré aquí.

—Me parece perfecto. Así cuando se despierte tendrá ropa limpia para cambiarse y aparecer presentable en comisaría.

—¿Perdona? —El desconcierto se traduce en un ceño fruncido y una mirada desconfiada.

—Le he estado dando vueltas, Indi. Debemos presentar una denuncia.

Bueno, debe. Uxía. Probablemente sus vecinos los oyeron discutir anoche.

Si Gonzalo desaparece sin más será raro.

Pero si ella denuncia y explica que se refugió aquí anoche, que él vino tras ella, que logramos convencerlo para que se fuese, y pide una orden de alejamiento, probablemente la idea de que ha huido para escapar de una denuncia por malos tratos resulte más verosímil, ¿no crees?

—A veces me das miedo, bruja. —El apodo me hace sonreír, pero parece que Indi se arrepiente en cuanto sale de su boca—. Perdona, no he debido decir eso, lo siento.

—No lo sientas, me gusta.

Sus ojos oscuros se desvían, escapando de los míos y buscando el fondo del vaso donde el último hielo se derrite junto a los restos del té.

—Será mejor que me vaya. Quiero estar de vuelta cuando despierte.

Indi se dirige hacia el vestíbulo a por su cazadora.

—¡Espera! No pensarás pasear por el pueblo así, ¿no?

—¿Así cómo?

Le señalo el pecho. La camiseta verde musgo con la que apareció anoche en la fiesta está destrozada.

—Joder…

—Tengo alguna camiseta grande que te puede valer. Con los vaqueros no te puedo ayudar, me temo, pero al menos no parecerás que llegas de resaca tras una mala rave. —Alucino con poder empezar a hacer chistes tan pronto de la situación—. Sube al baño y aséate mientras busco la camiseta.

Quince minutos después, Indi está peleando por meterse dentro de mi camiseta de los Guns N’ Roses.

—Bueno —dice tirando de la camiseta hacia abajo—, no es mi banda favorita, pero al menos no es de Upa Dance.

—Creo que tengo una, si la prefieres.

—No, gracias —su sonrisa es amplia y sincera, pero al oír un ruido en el dormitorio en el que Uxía descansa, se le desvanece—. Creo que la he despertado.

—Tranquilo, es imposible, se habrá dado la vuelta. Dormirá hasta bien entrado el mediodía, te lo aseguro.

—¿Qué demonios llevaba esa tisana, bruja?

—Nada. Melisa, hierbabuena y lavanda. Y un hechizo de descanso, claro —le guiño un ojo.

—Gracias —me acaricia suavemente el brazo y me pone la piel de gallina—, volveré en un par de horas.

—No tengas prisa, estaremos bien.

Aprovecho la mañana para terminar de recoger los restos de la fiesta, limpiar el vestíbulo y organizar el taller, que he dejado hecho un desastre esta madrugada.

El trabajo me ayuda a concentrarme en algo que no sea el cuerpo sin vida de Gonzalo, desmadejado en el suelo de la entrada o descolgado de la carretilla.

Siento una mezcla extraña de remordimiento y furia que todavía no sé procesar.

No paro de preguntarme lo mismo una y otra vez: ¿Cómo fui capaz de matar a un hombre aunque esa no fuera mi intención?

¿Cómo pude ignorar todas las señales? Si hubiese hecho caso a mi instinto y me hubiese enfrentado antes a Gonzalo, ¿se habría podido evitar este desenlace?

Decido ponerle un cuenco de agua fresca y algo de comida a la gata negra, y rellenar también los de Trina, pero no la veo por ningún lado.

Cuando Indi regresa, el sol luce en todo su esplendor sobre el cielo, pero Uxía sigue dormida, así que preparamos unos bocadillos con el churrasco que sobró de anoche y un poco de salsa y nos los comemos en el jardín en silencio.

—Buenos días. O buenas tardes, ¿qué hora es?

Uxía camina descalza, envuelta en una camiseta de algodón blanca que adoro usar como pijama, y que me pareció la elección perfecta para ella.

Sus rizos están desordenados, pero tiene buen aspecto, si obviamos las marcas en los brazos y en la cara, claro.

El ojo se le ha hinchado bastante y la piel ha adquirido una tonalidad parduzca que terminará en un cardenal nada favorecedor.

—Buenas tardes, son las dos del mediodía.

—¿Cómo te encuentras? —Indi se levanta de la hamaca para acercarse a ella y sostenerla del brazo, pero Uxía rechaza el gesto con cariño.

—Estoy bien. Sorprendentemente bien, en realidad, teniendo en cuenta que ayer me dieron de hostias y que casi me desangro. —Indi y yo nos miramos, algo sorprendidos por su actitud. De repente, se pone muy seria—: No lo he soñado, ¿verdad? Todo fue real. Todo.

Sus enormes ojos castaños empiezan a brillar y se clavan en los míos.

—Llegaste pasada la una de la mañana. Gonzalo te había dado una paliza. Estabas muy nerviosa y sangrabas. Todo indicaba que estabas a punto de sufrir un aborto, pero no lo sé con seguridad. Él apareció poco después, estaba fuera de sí. Intentó entrar varias veces, intentó apuñalar a Indi y yo…

—Nos hemos ocupado de él. Es todo lo que necesitas saber.

—Yo decidiré lo que necesito saber, Indi. ¿Qué hicisteis con su cuerpo?

—¿Por qué crees que está muerto?

Uxía se gira hacia su hermano con un gesto seco.

—Porque no soy imbécil, aunque a veces me haga la tonta o aunque elija fatal a mis parejas. Gonzalo no sobrevivió y tampoco nuestro hijo.

—¡Oh, joder! —Indi coloca la mano sobre el vientre de su hermana; yo me acerco también.

—Mierda, Uxi, lo siento, creí que había conseguido…

—Este bebé está bien —dice con una calma muy extraña mientras se acaricia la barriga—, pero no es el bebé de Gonzalo.

El desconcierto en la cara de Indi lo compensa la certeza que asoma a mis ojos. Lo supe ayer, y lo sé ahora. El bebé que ayer demostró estar vivo en el vientre de Uxía no tiene nada que ver con Gonzalo.

—No sé explicarlo —dice con solemnidad— y, en realidad, tampoco importa. Pero lo sé, y punto. Este bebé es mío. Es nuestro. Y no tiene nada que ver con ese hijo de puta.

Acaricia suavemente la mano de su hermano, que todavía flota sobre su vientre.

—¿Lo has hecho desaparecer? ¿Puedes hacer eso? —Niego con la cabeza.

—Indi lo enterró en el jardín. Al fondo, junto al riachuelo. Yo me he encargado de sellar la tumba con un conjuro que haga desaparecer su recuerdo poco a poco. No sé si funcionará con nosotros, pero creo que será efectivo fuera de esta casa.

Él se acerca a nosotras y abraza a su hermana desde atrás, sosteniendo con delicadeza la curva de su tripa.

—Se acabó —dice en un susurro—, se acabó…

—No —sentencia ella—, solo se acabará cuando lo denuncie.

—Está muerto, Uxía. —Indi la acerca un poco más a él.

—Pero yo no. Y quiero que en esta vida reciba el mismo merecido al que lo habéis condenado en la otra.

La denuncia en el cuartelillo fue más rápida de lo esperado.

En cambio, para las pruebas médicas, tuvimos que esperar.

La noche empieza a ganar terreno cuando los tres entramos de nuevo en la casa.

Uxía parece agotada, pero el cansancio de Indi es todavía más patente.

Lleva casi dos días sin dormir, igual que yo, y empieza a pasarnos factura.

—¿Estás segura de que no te molesta que me quede? —Uxía duda antes de empezar a subir por la escalera.

—Estoy más que segura. De hecho, lo prefiero.

—No quiero estorbar, de verdad.

—Eres un coñazo, Uxía, pero no por quedarte, por la lata que das con tus dudas. —La abrazo y ella me devuelve el gesto—. Indi ha dejado una bolsa con tus cosas en el cuarto de mi abuela, pero si prefieres puedes instalarte en el mío.

—No, no, me encanta esa habitación. Gracias, Amanda.

—¿Por qué no subes, colocas todo y te pones cómoda? Indi y yo prepararemos algo rápido para cenar, sobró mucha comida de la fiesta.

Uxía asiente y desaparece escaleras arriba mientras nosotros entramos en la cocina. Trina se está desperezando sobre la encimera.

—¡Aquí estás! —digo y acaricio a la gata.

—¿No sabías dónde estaba?

—Anoche apareció una gatita negra en el estudio y a Trina no le hizo mucha gracia, supongo que se escondió en algún rincón.

—Y la otra gata, ¿de dónde ha salido?

Me encojo de hombros mientras saco la ensaladilla de anoche de la nevera.