Junio 2018
El agotamiento y la tisana de melisa, hierbabuena y lavanda que le he preparado a Uxía, la ha dejado K.O. en un tiempo récord.
Todavía tenía el pelo húmedo de la ducha cuando su respiración comenzó a ralentizarse y se le cerraron los ojos.
Antes de salir del dormitorio, coloco bajo el colchón un saquito de semillas y hierbas.
—¿Qué es eso? —pregunta Indi junto a la puerta, desde donde no pierde detalle de mis movimientos.
—Mi abuela siempre decía que esta mezcla protegía del mal. Nunca la creí del todo, pero supongo que el escepticismo no tiene sentido ya, ¿no?
—No —Indi se ríe con cierta amargura—, supongo que no.
Escaleras abajo, en medio del vestíbulo, el cuerpo de Gonzalo sigue exactamente donde lo dejé hace una hora.
Verlo de nuevo nos noquea a los dos. Supongo que si ves peligrar la vida de tu mejor amiga, protagonizas un momento de sanación mágica y eres testigo de cómo un feto da señales de vida semanas antes de lo que debería, tu cerebro desplaza cualquier otra cosa para centrarse en resolver lo inmediato.
Pero ahora que Uxía descansa, soy consciente de lo que ha pasado.
De lo que yo he hecho. El corazón empieza a latirme muy deprisa en el pecho y me cuesta respirar.
Me dirijo rápido al salón, cojo una manta que hay en el sofá y la dejo caer sobre el cuerpo. No soporto verlo.
—Debe… deberíamos llamar a la policía, Indi.
—¿Y qué les vamos a decir? ¿Que mi cuñado murió de un infarto en el vestíbulo de tu casa? —Sus ojos se han teñido de culpa—. ¿Cómo explicaríamos los golpes, que no hayamos llamado a una ambulancia en el acto?
—Pe… pero… ha sido en defensa propia.
Tengo la sensación de estar flotando sobre mi propio cuerpo, como si todo esto le estuviese pasando a otra persona.
La rabia que se apoderó de mí hace una hora ha desaparecido para dar paso a una mezcla de estupefacción, culpabilidad y miedo que me empeño en cubrir de cierta esperanza: la de que lo que ha sucedido tenga una explicación, la de que la policía nos crea,
la de no sufrir las consecuencias de mis actos.
—Amanda, éramos tres contra uno. Tenemos que ser prácticos. Este hijo de puta no puede jodernos la vida. ¿No tienes en esos libros tuyos algún hechizo para deshacerte de un cadáver?
Empiezo a elaborar teorías, explicaciones, hipótesis, modos de explicar lo sucedido a la policía y nada tiene sentido… Indi tiene razón. Jamás nos creerían.
—No creo que la magia permita eliminar un cuerpo, la verdad.
—Pues entonces nos va a tocar enterrarlo.
—¿Enterrarlo?
—Amanda, este tipo era un hijo de puta que maltrató a mi hermana durante años. Siempre lo supe, joder. Lo supe y no hice nada.
—Ella nunca te lo contó. Solo tenías sospechas, igual que yo…
—¡Es mi hermana! —Su tono baja repentinamente mientras agacha la cabeza—. Mi hermana pequeña, debí protegerla, sabía que algo iba mal, lo sabía…
Me he quedado sin palabras, así que opto por acercarme a él y abrazarlo con fuerza.
Él tarda unos segundos en rodear mis hombros, pero cuando lo hace, esconde el rostro en el hueco de mi cuello y estalla en sollozos.
Mi corazón se rompe un poco más. Durante varios minutos permanecemos abrazados, dejando que nuestras respiraciones se acompasen hasta que el llanto de Indi se va calmando.
Cuando nos separamos, tengo la sensación de que soy capaz de pensar de manera racional.
—De acuerdo. No llamaremos a la policía. Enterraremos el cuerpo de Gonzalo, inventaremos una historia plausible y seguiremos con nuestras vidas. Si es que eso es posible.
—Gracias —dice Indi en un susurro.
—No me las des.
—Quiero hacerlo. Eres una buena amiga, Amanda.
—Aprendí de los mejores. —Sonrío y él me imita, pero el gesto se desvanece en cuanto su mirada tropieza con el cuerpo inerte de Gonzalo.
—En la parte del fondo —dice sin mirarme, con la vista fija en el cadáver de su cuñado oculto bajo la manta.
—¿Perdona?
—Lo enterraremos en la parte del fondo, junto al arrollo.
Tardaré unas horas en cavar una tumba lo suficientemente profunda, eso te dará tiempo de sobra para encontrar en esos libros algo que…
¿haga invisible su tumba? Yo qué sé. —Mira el reloj de su muñeca—.
Es tarde ya, amanecerá pronto, mejor ponernos a cavar.
¿Tienes una pala en el cuartito del jardín?
Asiento con la cabeza, asombrada por la determinación que muestra.
—Ve al taller, Amanda, y busca un hechizo, un conjuro, una pócima, lo que sea.
—No vas a poder tú solo con él, me costó un mundo meterlo dentro de casa antes y solo son tres metros. Además tendríamos que curarte esos cortes antes.
Indi se palpa las heridas y comprueba que ya no sangran.
—Son superficiales —dice con firmeza—. No necesitarán ni puntos. Luego nos ocuparemos de eso. Ahora ve. Yo cogeré la carretilla del jardín.
Indi se apresura a arrastrar el cadáver de Gonzalo hasta la puerta de la cocina que da acceso al jardín, y yo dirijo mis pasos al taller por segunda vez esta madrugada, con Trina entre mis piernas maullando sin parar.
—Ya lo sé, ya lo sé. —Me agacho para acariciar su cabecita—. Está siendo una noche rara, ya lo sé.
Pero mis mimos no parecen tranquilizar a la gata, que maúlla cada vez más alto. Al entrar en el taller entiendo por qué.
—¿Y tú quién eres? —El pelaje brillante y lustroso de una gata negra pequeña y delgada me da la bienvenida. Está encaramada a la mesa, sentada sobre sus patas traseras, como una gárgola peluda, y mueve el rabo de un lado a otro, indolente—. ¿De dónde has salido tú? ¿Y por dónde has entrado?
La gata negra ladea la cabeza, mientras Trina maúlla insistentemente a mis pies.
—Trina, tranquila, es solo una amiga, ¿verdad? —Me acerco a la gatita negra, que se deja acariciar y se tumba como una esfinge, elegante y despreocupada, con las patas delanteras estiradas—. Supongo que ahora tengo dos gatas…
La gatita negra ronronea y Trina responde bufando. Un bufido suave pero amenazador.
—Vaya carácter. —Me agacho a acariciar a Trina para evitar que se sienta celosa, pero parece obsesionada con la nueva inquilina y no aparta los ojos de ella.
A través del cristal de las paredes del taller veo a Indi empujar la carretilla a lo largo del jardín.
Los brazos de Gonzalo sobresalen de la manta, y esa terrible imagen me devuelve a la realidad.
Inspiro y espiro varias veces para serenarme: He matado a un hombre, no era mi intención, pero lo he hecho y ahora voy a intentar ocultar su cadáver.
Dios. Me siento sobre el taburete alto y durante unas cuantas horas me sumerjo en los cuadernos, libros y diarios de Betsabé y de mi abuela, buscando algo que todavía no sé lo que es.
Hacia las cinco y media de la mañana, con el alba rayando en el horizonte, me acerco hasta el rincón al fondo del jardín, junto al riachuelo. Indi está cubriendo de tierra el cuerpo de Gonzalo.
—¿Te echo una mano? —Tiene la camiseta manchada de tierra, sangre y sudor, y el cuerpo rígido por la tensión y el esfuerzo.
—No hace falta. —Indi deja caer una nueva palada de tierra—. ¿Has encontrado algo?
Abro la palma de la mano y le muestro el frasco de cristal que contiende la pócima.
He tardado casi una hora en prepararla siguiendo escrupulosamente las instrucciones del cuaderno de Betsabé.
El hechizo, en cambio, estaba en uno de los diarios de mi abuela, y memorizarlo me ha resultado bastante sencillo.
Es bastante explícito, la verdad, y sirve para que los vivos no puedan encontrar la tumba sin conocerla previamente, y el recuerdo del muerto se desvanezca al tiempo que su cuerpo se consume.
Más vale prevenir, supongo. No tengo claro en qué momento manejar un lenguaje que no comprendo ha empezado a ser tan orgánico.
Indi tarda media hora más en terminar de cubrir la tumba. Yo me limito a observarlo y a tratar de entender cómo he podido hacer algo así, cómo pude dejarme llevar de esa manera por la rabia y, sin embargo, tener la sensación de que debía hacerlo: proteger a mis amigos a toda costa.
—Tu turno —me dice secándose el sudor de la frente con el brazo.
Con un suspiro que suena más solemne de lo que esperaba, y me sitúo junto a la tumba. El riachuelo discurre con calma y llena de humedad fresca esta madrugada, la primera del verano.
Dejo caer con lentitud el contenido del frasco sobre la tumba. Tiene un olor acre y fuerte que se mezcla con el de la tierra mojada, el humo de las hogueras que acompañaron la noche de San Juan y el de la hierba cubierta por el rocío. Trato de repartir bien el contenido por toda la superficie.
—Sostén esto, por favor. —Le tiendo el frasco a Indi.
El sol empieza a alzarse en el horizonte cuando comienzo a invocar.
Duvren calas eira sorna, que ánarel ti draxel e vagen on dresen: al undern dun non deviel esen. Na veiluna onde tellur renax, Navia dea, drathan ti: levalen en vos nauen tódax relem de eira dralva morna, e ferralon en vos eaux, que non torven e feran doran.
(Hoy enterramos este cuerpo para que su alma lo abandone y viaje donde pertenece, al inframundo del que nunca debió salir.
En esta madrugada en que el mundo renace, diosa Navia, te invocamos: llévate en tu corriente todo resto de este espíritu oscuro y sepúltalo en tus aguas para que no pueda volver a hacer daño alguno).
Solo un segundo después de la última palabra, la corriente del riachuelo duplica de velocidad. Las aguas, antes mansas y transparentes, se oscurecen. Luego todo vuelve a la normalidad, excepto la tierra sobre el cuerpo de Gonzalo, que está cubierta por una hierba que antes no estaba ahí.
***
La mañana despunta mientras Indi y yo bebemos té frío en la cocina. Son casi las siete y Uxía continúa dormida en el cuarto de mi abuela.
—¿Podrías cuidar de Uxi un par de horas? —Indi da un trago a su vaso.
—Claro, ¿tienes que trabajar?
—No, no es eso. Quiero acercarme a su casa y recoger algo de ropa, su neceser, esas cosas. No quiero que vuelva a esa casa, al menos, no de momento —asiento en silencio—. Voy a organizarlo todo para que se venga conmigo.
—Sabes que puede quedarse aquí, ¿verdad?
—Sí, lo sé, lo sé, pero no quiero darte más problemas, Amanda.