Hijas de Lilith 1950-1970
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1950-1970

A Aurora le costó casi un año salir del pozo de oscuridad en el que se hundió tras dar a luz a Amparo.

Un año en poder abrazar y aupar a su hija.

Los médicos modernos lo llamaban «depresión posparto», pero ella sabía perfectamente que lo que sentía poco o nada tenía que ver con un desequilibrio hormonal o con la sobrestimulación de la maternidad.

Amparo no hubiera sobrevivido los primeros meses de vida sin los cuidados de Anuncia y Encarna.

Las fieles amigas de Aurora, que siempre estuvieron a su lado, lograron que la nueva bruja del clan saliera adelante cuando su madre, destrozada y perdida en sí misma, trataba de vencer los remordimientos y el dolor.

Aurora conoció a Encarna y Anuncia en el colegio de Fene que, en los 50, acogía a niños y niñas de las parroquias aledañas.

Las tres hicieron piña enseguida contra la tiranía de los más mayores y fuertes.

Aurora estaba acostumbrada a ser la niña rara, la hija de la madre soltera que vivía en la casa del camino de la ermita; por lo que hacerse amiga de la hija de un pescador, que pasaba más tiempo en el mar que en la casa y cuya madre no hablaba —la madre de Anuncia dejó de hablar de pequeña,

cuando los soldados se llevaron de casa a sus padres para «pasearlos»— y de la hija de un borrachín y una mujer que ejerció como prostituta durante años para sacar a su familia adelante, le resultó del todo natural.

Tres parias convertidas en una rebelde trinidad.

Aurora las adoraba, y también Altea, su madre.

Ella fue la primera en notar que, conforme Anuncia y Encarna iban creciendo, las miradas que intercambiaban eran más profundas, y sus gestos de cariño o la manera de rozarse las manos tenían un significado especial.

Altea, por supuesto, no dijo nada; tampoco el día que presenció, por casualidad, su primer beso desde la ventana de la cocina.

De hecho, se alegró de que aquellas dos muchachas, tan solas en el mundo, sintiesen un amor tan puro la una por la otra.

Ese beso, sin embargo, rompió la armonía entre las tres amigas. Anuncia, cohibida y temerosa, apartó a Encarna. Claro que tenía sentimientos hacia ella, pero incapaz de procesarlos, buscó refugio en Aurora. Encarna se sintió vulnerable y rechazada. Y empezó a evitarlas y a acercarse a Betsabé.

La relación entre Encarna y Betsabé se estrechó.

Betsabé la hacía sentirse libre y la confianza que derrochaba le resultaba irresistible.

Podía ser ella misma, sin miedo, mientras que con Anuncia todo tenía una pátina de secreto y pecado.

Betsabé era rebelde y orgullosa, le enseñó a vivir el deseo sin culpa…

y acabaron enredadas en una apasionada relación, como lo son todas las de la adolescencia.

Y mientras Aurora y Anuncia afianzaban su amistad, Encarna abrazaba la rebeldía de Betsabé.

Con el paso de los meses y tras la muerte de Altea, Betsabé terminó por hartarse del pueblo.

Se le hacía pequeño, la asfixiaban la falta de libertad y aquella vida de estrecheces.

Era muy joven, sí, pero también lista, y no necesitaba nada más que su ingenio…

y sus poderes, claro. Ansiaba hacerlos crecer y evolucionar lejos de las odiosas miradas de los aldeanos.

—Me voy a A Coruña —le dijo una tarde a Encarna, acurrucada sobre su regazo—. Vente conmigo.

Encarna le dijo que se lo pensaría, pero lo cierto es que, pese al cariño que sentía por Betsabé, la sola idea de alejarse de Anuncia la mataba por dentro. Sí, con Betsabé no había necesidad de plantear un futuro, todo era sencillo, irreverente y vital. Pero Anuncia era toda su vida.

En otoño de 1965, Betsabé hizo las maletas y se despidió de Encarna con un beso liviano.

—Tienes dos opciones —le soltó en el umbral de aquella casa en la que siempre se había sentido desplazada, en la que siempre había sido «la otra hermana»—: pelear por lo que quieres y es justo o rendirte. Yo he elegido lo primero. No espero menos de ti.

Dos semanas después, Encarna, que hacía poco que había comenzado a trabajar como costurera, alquiló una casita y abandonó la casa de sus padres. Nada más instalarse, fue a buscar a Anuncia. Al verla, le entregó una maleta de piel marrón con un lazo verde brillante en el asa.

—¿Y esto? —preguntó Anuncia desconcertada.

Durante meses, la relación de las cuatro jóvenes había sido cordial, en el mejor de los casos. Pero las confidencias y la cercanía habían desaparecido. Anuncia y Encarna llevaban mucho tiempo sin hablar a solas. Hasta ahora.

—Es para ti, para que te mudes conmigo. —Le dijo con la mirada clavada en el suelo—. Si quieres, claro. He alquilado la casa junto al campo de los Furabolos. Para nosotras. Para las dos. Y lo que ocurra entre esas paredes será nuestro secreto.

Aurora las ayudó a hacer la mudanza y apoyó su relación, feliz de que, con Betsabé fuera de la ecuación, se hubiese afianzado el amor entre sus mejores amigas. Las hermanas nunca se llevaron especialmente bien y a Aurora no le costó demasiado dejar claras sus lealtades.

Encarna y Anuncia respondieron a su cariño y discreción de la misma manera; acompañándola en cada momento de su vida.

No hicieron preguntas sobre el embarazo, pese la sorpresa que se llevaron, pues no le conocían a Aurora ningún novio ni amante.

Y siguieron a su lado incluso cuando Aurora les confió, solo unas semanas antes de dar a luz la verdad sobre el clan Alén, una verdad que juraron guardar hasta el final de sus días.