Hijas de Lilith Junio de 2018 #4
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Junio de 2018 #4

—Ve, Amanda, ¡por el amor de Dios! —Indi ni siquiera se ha dado la vuelta para decírmelo, pero detecto en su voz que está a punto de llorar.

Cuando me doy la vuelta, la imagen del cuerpo inerte de Gonzalo me golpea directa al hígado.

Sus ojos abiertos muestran una expresión de terror que no soy capaz de afrontar, tiene la pierna izquierda doblada en un ángulo extraño bajo su cuerpo y los brazos extendidos.

Aunque no hay vecinos alrededor y soy consciente de que arreglar esto tiene menos urgencia que ayudar a Uxía, decido arrastrar su cuerpo dentro de casa y cerrar la puerta antes de ir al taller.

—Ni siquiera sé qué estoy buscando —murmuro a la nada mientras trasteo entre los cajones, frascos y gavetas.

Trina salta sobre la mesa y comienza a maullar.

—Ahora no, Trina.

Pero la gata intensifica sus maullidos, elevando el tono. Cuando me giro a mirarla, su cuerpecito peludo da vueltas alrededor de uno de los cuadernos de Betsabé, uno con la cubierta color vino, lleno de marcadores.

El tercer marcador me señala la respuesta.

—Vaya, parece que tú sí sabías dónde buscar, ¿eh? —le digo, nerviosa.

Tardo unos minutos en reunir las hierbas y especias, y un par de minutos más en memorizar el hechizo que me marca el cuaderno. Ha pasado algo más de un cuarto de hora cuando entro en el dormitorio de mi abuela.

—Está muy mal —Indi llora, sentado junto a su hermana, a quien sostiene la mano con ternura—. Está tan débil, ese hijo de puta…

—Esto no se lo ha hecho él —le digo mientras trato de consolarlo acariciándole la espalda—. Esto es culpa mía, no sé de dónde salió el hechizo que he lanzado antes, pero debí medir mejor las palabras, lo siento… lo siento tanto…

—No —Indi niega con la cabeza—. Hiciste lo que tenías que hacer, Amanda.

—Lo voy a arreglar, te lo prometo.

Indi se levanta para que pueda para hablar con Uxía.

—Cariño, ¿cómo estás?

—Amanda… —su voz es un susurro casi inaudible.

—Necesito que te bebas esto, Uxi.

La ayudo a incorporarse para que pueda beberse la tisana que he preparado con las hierbas y especias del recetario.

Ella se retuerce de dolor.

—Joder… —puedo sentir la impotencia de Indi en mis propios huesos.

—Vamos, cariño, vamos, bébetelo todo. Te vas a poner bien, te lo prometo.

Uxía traga con dificultad.

—Ahora necesito que me dejes tocar tu vientre, ¿vale?

Ella asiente apenas. Me giro hacia Indi.

—¿Quieres irte?

—No pienso moverme de aquí.

Me subo a la cama y me sitúo entre las piernas de Uxía, de cara a ella. Le rodeo el vientre, tenso y cálido, con las manos. Tiene la ropa interior y la falda del vestido empapados de sangre.

Respiro tres veces profundamente, buscando una confianza que ahora ya no siento. Esta es la única oportunidad. Si no sale bien, tal vez sea tarde para llevarla al hospital.

Que vitalen que élan zelven arda con flam dorax, eixan doran la venem que la talxen. Salvan eira sorna e vitalen que lorian. Ethrai misel thrómel, Hékata.

(Que la vida que la magia encendió prenda con llama fuerte, dejando atrás la ponzoña que la manchaba. Salva este cuerpo y la vida que alberga. Escucha mi mandato, Hécate).

En cuanto la última palabra sale de mi boca, Uxía grita. Un grito grave, profundo y sostenido. Su cuerpo se retuerce bajo mis manos durante unos segundos, mientras la habitación entera se llena del sonido desgarrador.

Y después, nada.

Tras el dolor lacerante llega la paz absoluta. Al otro lado de la ventana, la noche es por fin oscura. La noche más corta del año ha tardado mucho en llegar, pero ha llegado.

El rostro de Uxía se relaja. El rictus de la boca desaparece y los párpados se agitan, como si estuviese despertando de una sueño inquieto. Indi se acerca a la cama y se sienta junto a su hermana.

—Uxía, estoy aquí, estoy aquí —ella a se gira hacia él—. ¿Cómo te encuentras?

—Me encuentro… bien. Estoy bien. Amanda… Amanda, no sé cómo darte las gracias.

—No. Yo lo estropeé, yo debía arreglarlo. Pero siento mucho que hayas perdido… —miro hacia las sábanas, sanguinolentas.

—Dame la mano. —Uxía acerca mi palma a su vientre—. ¿Puedes notarlo?

Siento un suave movimiento.

—¡Está vivo! —Uxía se ríe.

—Lo está.

—Pero… ¿no es muy pronto para que puedas notarlo? ¿Cómo es posible? —Uxía interrumpe el tartamudeo de Indi, le coge la mano y la guía para que lo compruebe por sí mismo. Ella sabe que no puede explicarlo, y tampoco va a tratar de hacerlo.

—Deberíamos cambiar las sábanas.

Que incluso en estas circunstancias Uxía se preocupe por algo así, me enternece.

—¿Te ves con fuerza para levantarte? —pregunta Indi.

—Estoy bien, de verdad. —Se pone de lado, posa sus pies descalzos en el suelo y se incorpora con dificultad.

Me acerco enseguida para ayudarla.

—El dolor pasará —le digo acariciándole la espalda—, te lo prometo.

—Lo sé… —suspira mirando al suelo.

Y en ese momento no sé si se refiere a las heridas de su cuerpo o a las de su alma.

—Date una ducha. Nosotros nos ocuparemos de todo. Dormirás aquí hoy.

No es una pregunta. No pienso dejar que Uxía vuelva a esa casa.