Hijas de Lilith Junio de 2018 #3
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Junio de 2018 #3

—Ven, ven. —La acompaño hasta el silloncito entelado que hay en la puerta de entrada, una reliquia que creo que jamás se ha usado como asiento—. Siéntate aquí.

—Voy a manchar el tapizado.

—Pues muy bien, ya era hora de cambiarlo.

El cuerpo tembloroso de Uxía se deja caer suavemente sobre el banquito, y entonces veo que el pequeño reguero de sangre que escapa entre sus piernas, manchando sus muslos y pantorrillas, no es el único.

Hay más. Varios más. Hay un corte en su labio y otro en una ceja.

El ojo izquierdo empieza a amoratarse, y sé que mañana estará peor.

Los brazos, desnudos en un ligero vestido de verano, muestran marcas enrojecidas, como si alguien la hubiese sujetado con fuerza.

Siento cómo la rabia sube por mi garganta. Una ira amarga, densa y visceral.

—Ese hijo de puta.

Mis palabras parecen el catalizador que Indi necesitaba.

—Dime que no ha sido él— su voz es dos octavas más baja de lo habitual. Rasposa y dura—. Dime que no ha sido él, porque te juro que como ese cabrón te haya puesto un dedo encima, lo mato ahora mismo.

—Yo… no… yo no… —Uxía rompe a llorar, un llanto con hipidos y lágrimas que se mezclan con los restos de sangre del labio y la mejilla, embarrándole la cara—. Se puso como loco, nunca lo había visto así.

—Por el amor de Dios —susurro.

—Voy a matar a ese hijo de puta. —Indi va hacia la puerta, pero lo detengo sujetándolo por el brazo.

—No. —El dolor en su mirada no ablanda mi determinación—. Uxía es lo primero. Llévala arriba, a mi cuarto, ahora subo agua, un calmante y una tisana. Luego llamamos a un médico y a la policía. Ve.

Indi da media vuelta sin titubear, se sienta junto a su hermana en el banquito y la arropa por los hombros.

—¿Puedes subir la escalera o te llevo en brazos?

—Puedo subir, de verdad. —Uxía empieza a calmarse.

Se levantan mientras yo me dirijo a la cocina. Están llegando a la escalera, a pasos cortos y lentos, cuando el timbre empieza a sonar sin descanso.

—¡Amanda! ¡Abre! ¡Abre ahora mismo!

Gonzalo está al otro lado de la puerta, fuera de sí.

Indi y yo nos miramos, cada uno desde un extremo del vestíbulo. Deja a Uxía sentada en las escaleras y le hace un gesto para pedirle que no haga ruido. Acto seguido, Indi se planta de dos zancadas frente a la puerta y la abre de golpe.

—¡Amanda, abre ahora mism…! —La cara de Gonzalo no muestra sorpresa. Solo rabia. Mucha rabia—. Vaya…, debí imaginarlo, claro, dónde ibas a estar si no.

—¿Qué quieres, Gonzalo?

—Vengo a por mi mujer.

—Tu mujer no quiere ir contigo.

—Eso lo decidiré yo.

—No, eso lo han decidido los golpes con los que ha aparecido.

—Déjame pasar, Indalecio.

Gonzalo hace amago de sortear a Indi y colarse dentro. Desde la puerta de la cocina, veo cómo Uxía se lleva la mano a la boca intentando controlar el llanto, muerta de miedo. Indi empuja a Gonzalo fuera y se planta de nuevo frente a él.

—Gonzalo…

—Pero ¿tú quién te crees que eres, tío? ¡Déjame pasar!

—Vete a casa, Gonzalo.

—¡Que me dejes pasar! —Gonzalo arremete con fuerza contra Indi y lo enviste con el hombro, pero el cuerpo de Indi apenas se desplaza unos centímetros.

—Voy a llamar a la policía.

—¡Es mi mujer! —Gonzalo vuelve a la carga; esta vez le asesta un puñetazo a Indi, que se tambalea, pero mantiene el equilibrio, y devuelve el golpe empujando a Gonzalo con todas sus fuerzas.

—¡No me toques los huevos, cabrón, porque tengo muchas ganas de matarte ahora mismo!

—¡¡¡Déjame pasar!!!

Gonzalo ha perdido el norte. Embiste a Indi y le lanza puñetazos, mientras él aprieta los puños y trata de esquivarlo.

Uxía llora desconsolada acurrucada en la escalera.

Esto no va a acabar bien. Voy hacia el teléfono del vestíbulo para llamar a la policía, pero cuando estoy a punto de descolgar el auricular, una chispa prende en mi interior y se apodera de mí.

Uno de los golpes de Gonzalo atina por fin en plena cara de Indi.

Su cuerpo se tambalea ligeramente. Me acerco para intentar estabilizarlo, pero antes de llegar a su altura, un destello metálico capta toda mi atención.

Fuera de sí, con los ojos inyectados en sangre y un rictus desesperado, Gonzalo se abalanza sobre mi amigo con la navaja en alto, aprovechando su aturdimiento.

La hoja fina rasga la camiseta de Indi a la altura del hombro izquierdo con un sonido que corta el aire y tiene la potencia de un relámpago.

Indi se mira desconcertado la herida, tratando de recuperar el equilibrio.

—¡Serás hijo de puta!

Su grito recibe como respuesta un nuevo corte de navaja, esta vez a la altura del abdomen.

Indi parpadea y la mueca de dolor es más que evidente, se lleva la mano al estómago, incrédulo. Gonzalo, fuera de sí, se mueve sin control frente a él.

Siento entonces cómo la ira se apodera de mis entrañas y presiona mi cerebro; una oleada de calor incontrolable me invade.

Me sitúo a su altura, y con una determinación que no sabía que tenía, lo alejo de Indi, que se tambalea hacia atrás en el vestíbulo, mientras que Gonzalo trastabilla hacia el camino de entrada, fuera del porche.

Pero este revés inesperado no lo frena. Decidido, vuelve a acercarse, los hombros hacia delante, la navaja en alto. Y justo antes de que sus pies toquen el dintel, oigo mi propia voz gritando:

Thornel ti bréxa: sorna e ánarel non traixen el vixem desta bréxa. Que moran ti levan si drezan.

(Te prohíbo el paso: tu cuerpo y tu alma no podrán cruzar el umbral de esta puerta. Que la muerte te arrastre si lo intentas).

En cuanto el pie izquierdo de Gonzalo pisa el borde de la puerta, un destello blanco lo impulsa de nuevo hacia atrás.

El llanto de Uxía se intensifica. Indi se coloca a mi lado, respirando con dificultad.

Intento discernir si su falta de aliento es por la tensión o por las heridas.

Recorro su cuerpo con la mirada: hay sangre, pero parecen solo cortes superficiales.

—¿Qué cojones…?

—Apártate, Indi.

La determinación en mi voz no deja margen para discutir. Indi se hace a un lado mientras yo me afianzo en el centro de la puerta.

—Te recomiendo que te largues, Gonzalo.

—¡Hija de puta! —Al grito lo sigue una carrera infructuosa. Gonzalo se levanta, se acerca hacia la puerta, y, de nuevo, cuando intenta traspasarla, un centelleo blanco y cegador lo expulsa varios metros hacia atrás.

—Te lo advertí. Vete a casa.

—Vas a dejarme pasar, puta zorra de mierda, y vas a dejar que me lleve a mi mujer o…

—¿O qué? Créeme, tienes las de perder aquí —suelto.

—Voy a matarte, puta, ¡voy a matarte!

Lo que pasa a continuación me resulta inexplicable.

Sé que Indi intenta acercarse a mí y que lo empujo para apartarlo.

Oigo el grito ahogado de Uxía, una especie de gemido gutural, casi animal.

Y nada más. Después de eso solo hay rabia, ira, odio.

La absoluta necesidad de aniquilar al hombre que se empeña en intentar traspasar el umbral de mi casa para hacerle aún más daño a mis amigos.

La convicción de que todo el poder del mundo, del universo está dentro de mi cuerpo.

Gonzalo intenta abalanzarse sobre mí, pero no llega a tocarme. Una fuerza incontrolable y salvaje lo retiene. La misma fuerza que se apodera de mí.

Tivax dúa xansel, non vivirás na terxel. Threzas élan, mas élan vencel sempran. Que tódax de ti na tellur doran. Que misel valen sean lex.

(Tuviste dos oportunidades, no sobrevivirás a la tercera. Desafías a la magia, pero la magia siempre vence. Que todo lo que de ti queda en esta tierra muera. Que mi voluntad sea ley).

Esta vez el fogonazo no es blanco. Es rojo. Una luz roja e intensa, absoluta e invencible como un agujero negro. Oigo un grito, pero no es Gonzalo, sino Uxía.

A mis pies, el cuerpo de Gonzalo yace sin vida, los ojos muy abiertos en un gesto de terror. En la escalera, Indi abraza a Uxía. En el primer peldaño, entre sus piernas, un charco de sangre fresca le empapa los pies.

—¡Hay que llevarla al hospital! —Indi se levanta y hace el amago de cargar a Uxía en brazos.

—¡Voy a por las llaves del coche!

—¡No! —La voz de Uxía es asombrosamente fuerte en contraste con su cuerpo, menudo y débil—. Amanda, tú puedes arreglarlo.

—¿Qué?

—Lo sé, sé que puedes. —La boca se le retuerce en una mueca de dolor. Uxía se lleva las manos al vientre y se encoge sobre sí misma—. Por favor…

El charco de sangre es cada vez más grande. Mi conjuro ha matado a Gonzalo, y todo lo que formaba parte de él. Y ese bebé era suyo. Era.

—Uxía, hay que ir al hospital, estás sufriendo un aborto… y no pinta bien, amor, no podemos…

—Puedes hacerlo. —Esta vez es Indi quien me anima—. Voy a subirla a la habitación de tu abuela, y tú vas a ir al taller y a encontrar una solución. Vas a hacerlo, Amanda, y vas a hacerlo rápido, porque no podemos esperar más.

Uxía, débil y malherida, sube los escalones apoyada en su hermano, con una lentitud exasperante.