Hijas de Lilith Junio de 2018 #2
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Junio de 2018 #2

Este bebé es parte de mi familia y, de alguna manera, me siento responsable del embarazo, así que disfruto con la idea de cuidar de Uxía y de su barriga, cada día un poquito más evidente.

Aunque no es que esté teniendo demasiadas oportunidades de hacerlo.

Desde la noche en que Uxía nos contó que estaba embarazada, apenas he podido verla.

Gonzalo está viajando menos, cosa que le honra, pero nuestro tiempo con Uxía se dosifica a cuentagotas.

Es cierto que no hay precisamente una conexión inquebrantable entre Gonzalo y yo (tampoco entre Indi y él), pero el control que ejerce sobre Uxía, programándole cada minuto del día, me parece excesivo.

Esta mañana se ha pasado por el herbolario a recoger una tisana para las náuseas.

—Es normal —lo ha disculpado—, ya sabes lo que nos costó quedarnos embarazados. Es lógico que ahora le preocupe que descanse lo máximo posible y esté en casa tranquila.

—Uxi, embarazada estás tú, no los dos. Y no te estoy proponiendo escalar el Everest, solo que vengas a casa a cenar algún sábado, incluso con Gonzalo.

—Ya, lo sé, lo sé, pero es que estoy intentando acostarme pronto —ha dicho. Luego ha bajado la mirada y se ha acariciado el brazo.

Todas mis alarmas han saltado a la vez. Gonzalo nunca ha sido mi persona favorita, y claramente tampoco es la de Indi.

Las primeras veces que coincidimos me desconcertó la frialdad y el control que ejercía sobre Uxía, pero desde el día de la inauguración del herbolario, no he dejado de ver señales de peligro aquí y allá.

Un comentario de Uxía, un gesto, un arañazo inexplicable…

Cuando llega Indi a la hora del cierre, y le explico la conversación con su hermana, su mirada se ensombrece.

—Ya, yo tampoco es que la vea demasiado. No sé, supongo que es normal, pero me gustaría no tener esta sensación rara en el pecho —me dice.

Me lleva en coche a casa de mi abuela; al bajar, el aire huele a verano y a asfalto mojado, porque la tarde de calor nos ha regalado una tormenta espectacular.

—Al menos he conseguido convencerla de que vengan mañana a celebrar la noche de San Juan.

Es mi primer San Juan en Fene desde hace milenios, y también mi primer San Juan como…

bueno, quiero probar algunos conjuros. Algo sencillo, porque viene Gonzalo, claro, pero me gustaría hacer un hechizo de protección para el bebé.

—Fuiste tú, ¿verdad? —me dice Indi con los ojos entrecerrados.

—¿A qué te refieres?

—Fuiste tú —afirma entonces—. Tú conseguiste que se quedase embarazada. ¿El saquito del día de la inauguración? ¿Le pusiste algo en la comida? No sé, pero las fechas coinciden.

—Indi, yo…

En ese momento, frente a la valla, me sujeta los brazos y me acerca a él. Pienso que va a abrazarme, pero hace algo más: deposita un beso suave, casto y dulce sobre mi boca, un roce casi imperceptible que, sin embargo, me deja los labios hormigueando durante toda la noche.

—Gracias.

—No… no me des las gracias. Pero, por favor, no se lo digas. No quiero que crea que ella no… que no está destinada a ser madre. Va a ser una madre genial.

—De eso estoy seguro. —Una sonrisa asoma tímidamente a su boca y puedo relajarme sabiendo que no va a reprocharme nada—. Y tu secreto está a salvo.

Cerca de las tres de la mañana, y harta de dar vueltas en la cama intentando conciliar el sueño, bajo al taller y trasteo entre hierbas, flores, aceites y semillas para dar con la combinación perfecta que necesito.

Al llegar el alba, el cansancio da paso a una especie de tensión emocionante, la sensación de que algo grande se avecina.

Es la madrugada del 23 de junio; salgo del taller y me acerco al riachuelo que discurre por la parte trasera del jardín.

Lleno un vaso y le añado la pócima que me he pasado horas creando.

El sol raya el horizonte cuando me acerco el vaso a la boca.

Antes de beberme el contenido, susurro el conjuro que tanto me ha costado escribir.

Ethrai misel kalen, dralven dos mor e luar, tharnel dos noireil de Xoan. Naé meiga do kelar Alén, drathan vos. Tharnom misel tódax vos viren, vos daen, vos élan. Eil’m dorvela de mor e luar — que vos daen sean mel.

(Escuchad mi llamada, espíritus de las tinieblas y la luz, fuerzas de la noche de san juan, como bruja del clan Alén os invoco. Reclamo para mí toda vuestra fuerza, vuestro poder y vuestra magia. Soy la portadora de oscuridad y la luz, que vuestro poder sea el mío).

***

Cuando llego al herbolario, ya hay gente haciendo cola.

Al parecer, debo marcar el 23 de junio como una de las jornadas relevantes en este nuevo trabajo.

La mañana vuela entre encargos y recomendaciones a los clientes que se acercan a por «hierbitas para hacer algo bonito esta noche».

Tengo tanto trabajo que decido saltarme la comida para hacer un par de recados en el pueblo.

Regreso a casa pasadas las siete de la tarde.

Media hora después, aparece Indi cargando con el carbón, las sardinas y la carne.

Hemos organizado una fiestecita con la gente más cercana: su equipo, Uxía y Gonzalo.

He pensado en invitar a Encarna y a Anuncia.

Pero finalmente he decidido mantenerme fiel a mi promesa: son ellas quienes deben llamarme cuando sientan que están preparadas para contármelo todo.

A las once, el jardín trasero es una fiesta. El aire huele a humo, a sardinas y a churrasco, los invitados charlan bajo las mismas lucecitas que adornaron nuestra nochevieja, hace seis meses, y el cielo se ha llenado de estrellas luminosas.

—¿No es raro que no hayan llegado aún? —Localizo a Indi junto a la mesa de madera donde hemos colocado los aperitivos y las guarniciones; está bañando un nacho en guacamole.

—Sí que es raro. La he llamado un par de veces, pero no me lo ha cogido.

—Igual se ha quedado dormida. El otro día, en el herbolario, me dijo que se sentía muy cansada.

—Ya, sí, es normal estando embarazada, pero no sé, es tarde ya.

—¿Has llamado a Gonzalo?

Indi niega con la cabeza y saca el móvil del bolsillo de sus vaqueros. Los segundos se me hacen eternos.

—No lo coge.

—Llama otra vez.

—Amanda, tía. —No hay reproche en su voz, solo duda.

—Tengo un mal presentimiento, Indi. Llama otra vez.

Indi vuelve a marcar y unos segundos después lo escucho hablar.

—Hola, Gonzalo, tío, ¿va todo bien?

—…

—Es que son más de las once.

—…

—No, si lo entiendo, pero estábamos un poco preocupados.

—…

—¿Pero ella está bien?

—¿Qué quieres decir con que si está bien? —Esta última respuesta sí puedo oírla perfectamente. Gonzalo vocifera al otro lado de la línea y no necesito esforzarme ni un poco para entender cada palabra.

—¡Claro que está bien! Joder, sé cuidar de mi mujer, Indalecio, de mi mujer embarazada, te recuerdo, por si lo has olvidado, que lo que necesita ahora es descanso y tranquilidad, y no fiestecitas en casa de desconocidas. Vosotros haced lo que queráis, pero dejadnos tranquilos, ¿entendido?

—Oye, tío, no…

La réplica de Indi se enfrenta al silencio porque Gonzalo corta la llamada.

—Este tío es imbécil —sentencio—. Y no es trigo limpio, te lo digo yo.

—Ya —Indi niega con la cabeza—, pero ya lo has oído, Uxía está durmiendo. Ya la llamaremos mañana.

—A lo mejor deberíamos acercarnos.

—¿Y dejar a toda esta gente aquí? Además, ¿acercarnos para que no nos abra la puerta? O peor, ¿para que nos la abra, tengamos una bronca y despertemos a Uxi? No, Amanda, da igual. Mañana nos organizamos para conseguir hablar con ella, sin él de por medio.

—Vale —suspiro y doy un trago a mi cerveza—, vale, tienes razón. Es solo que no puedo quitarme de encima la sensación esta de… no sé, de que pasa algo malo.

—Sí, pasa que mi hermana se ha casado con un imbécil. Ven, vamos a por un trozo de bica, que esos larpeiros se la van a terminar toda.

Indi me rodea la cintura con el brazo y me dirige a la otra mesa, donde esperan las bebidas y el postre.

A eso de la una de la mañana ya no queda nadie en la casa, salvo Indi y yo.

Hemos puesto una lista de reproducción de versiones, y The Killers canta Romeo se me tensan los músculos, anticipándose a algo, a lo que sea que todavía desconozco.

Y entonces un estruendo invade la casa. Alguien está golpeando la puerta de entrada con un ansia feroz y urgente.

—¿Quién demonios…? —Indi parece aún más desconcertado que yo.

—No lo sé.

Salimos de la cocina y llegamos al vestíbulo justo a tiempo de oír la voz de Uxía al otro lado de la puerta.

—¡Amanda! ¡Amanda, abre, por Dios, abre!

La mujer que atraviesa el umbral de mi casa no es Uxía.

Es, en el mejor de los casos, el fantasma de lo que Uxía fue.

Está despeinada y demacrada. Se apoya con una mano sobre la mesa de centro del vestíbulo y agacha la cabeza, respirando con dificultad, mientras con la otra mano sostiene la ligera curva de su vientre.

—Uxía, ¿qué cojones ha pasado? —Su hermano se acerca a ella veloz y le acaricia la espalda.

—Uxi, cariño, ¿estás bien?

Es entonces cuando lo veo. Al acercarme capto el rastro sobre las baldosas. Un ligero hilo rojo, viscoso y húmedo. Sangre.

—¡Uxía! ¡Uxía, estás sangrando!

Los dos hermanos me miran. Indi, asustado. Uxía, avergonzada. Me cabrea ese asomo de vergüenza, no debería estar ahí. No ha hecho nada malo y quiero dejárselo claro.