Junio de 2018
En solo unas semanas el pequeño herbolario se ha convertido en un éxito.
Mi escepticismo ha desaparecido: vivir en un sitio pequeño tiene muchas más ventajas de las que esperaba, entre ellas, hacerte rápidamente con una clientela fiel y conseguir recordar sus nombres, sus preferencias y hasta sus necesidades, aunque no las confiesen.
Por ejemplo, Carla Barreiro, que viene cada semana, tiene la piel seca y las digestiones pesadas porque la menopausia le está complicando la vida.
También le cuesta conciliar el sueño, por lo que a veces se lleva tisanas relajantes y leche corporal de lavanda.
Pero lo que no dice es que lo que en realidad le preocupa es la psoriasis que padece su nieta, y que sus padres no atienden como deberían, así que ha ido probando varios de mis productos para ver si conseguía que mejorara.
La segunda vez que la niña acompañó a su abuela al herbolario, lo entendí todo.
Carla pidió una crema más hidratante que la última que se había llevado.
Me resultó extraño, porque esa fórmula ya está indicada para pieles muy secas.
Me fijé entonces en las marquitas del antebrazo asomando bajo las mangas de su rebeca de perlé.
Le dije que volviera al día siguiente, que le prepararía algo especial. Lo que se llevó fue un ungüento a base de bergamota, manzanilla, árbol de té y lavanda, que mezclé con agua de la fuente de San Ramón y sobre el que impuse las manos.
Desde entonces, cada lunes a las 10, puntual como un reloj, vuelve a por más.
Con Edelmiro, el del bar de enfrente, pasó algo parecido.
La primera vez vino buscando un tónico «para el pelo de Elena, mi mujer, que dice que se lo nota pobre, yo qué sé, vengo yo porque como me queda la tienda enfrente…»
. Edelmiro se llevó un aerosol de ronquina de preparación casera.
A las dos semanas volvió para decirme que «Elena no nota nada, neniña, pero nada de nada, me ha encargado algo más fuerte».
Y dado que Elena había venido dos días antes a comprar jabón y esencias para perfumar su casa luciendo una primorosa media melena castaña, decidí probar algo diferente con Edelmiro.
—Llévese esta pomada, la prueba, y me dice qué tal. Es más incómoda de aplicar: solo las noches de luna nueva y hasta la mañana siguiente. Que se unte bien el cuero cabelludo. Nos vemos en un mes y me cuenta.
Sé que el crecepelo funcionó porque Edelmiro volvió a por más el mes siguiente y porque la calvicie que empezaba a adivinarse bajo su boina bien calada es ahora una preciosa mata de cabello cobrizo que luce orgulloso.
Mi nueva rutina es sencilla, cómoda y me hace feliz.
Cada mañana me levanto, alimento a Trina y me acerco al pueblo a abrir la tienda.
Al mediodía vuelvo a casa a comer, preparo algunos encargos, reabro por la tarde, y a las siete y media echo el cierre hasta el día siguiente, excepto las tardes del sábado, que descanso, y la del martes, que es la que dedico a probar nuevos conjuros, mezclas y recetas en el taller.
Los domingos son mis días favoritos: disfruto del jardín tumbada a la sombra mientras leo o trabajo en la huerta.
Los pimientos y tomates son excepcionales; Uxía no deja de repetírmelo.
Y lo cierto es que las frutas y las verduras saben mejor cuando las recoges con tus propias manos.
Pero de todas mis nuevas rutinas, la de los sábados por la tarde es la que más fácilmente ha encajado en mi vida.
Al cerrar el herbolario a mediodía, Indi viene a recogerme.
Tomamos un vermú en el centro mientras nos explicamos qué tal nos ha ido la semana.
Siempre se nos echa encima la hora de comer, así que, normalmente, acabamos en alguno de nuestros bares favoritos.
Otras veces, Indi me acompaña a casa y cocinamos algo rápido, para terminar pasando la tarde en el jardín o en el taller, escuchando música, leyendo o jugando al Scrabble.
A media tarde, Uxía se nos une al plan, sobre todo si Gonzalo está de viaje de trabajo.
Algunas noches salimos a tomar algo, vamos a Ferrol a un concierto o a probar un restaurante diferente.
De momento, el Ventura, en el centro de Ferrol, gana por goleada en nuestro ranking de favoritos de la zona.
Pero si el tiempo no acompaña y llueve, o si estamos perezosos, nos quedamos en casa y Uxía cocina algo delicioso mientras canturreamos y cotilleamos.
Esas noches, que se alargan hasta la madrugada, son las mejores.
Tras la charla, las risas y la música, el domingo me despierto descansada y muy relajada, como si hubiese dormido varios días seguidos.
Toda esta rutina deliciosamente cómoda se ha filtrado en mis días de forma tan natural que, a veces, siento que mi vida anterior en A Coruña, la carrera, el trabajo en el laboratorio, los compañeros con los que nunca congenié son en realidad una especie de paréntesis,
algo así como un sueño febril del que por fin empiezo a despertar, instalada en una nueva realidad ajustada y sin estridencias… salvo por un detalle.
La tarde siguiente a la inauguración, tras cerrar el herbolario, me acerqué a casa de Anuncia y Encarna. Cuando me vieron en la puerta no parecían asombradas.
—Pasa, neniña, pasa, qué alegría que hayas venido.
Encarna me abrió la puerta. Anuncia estaba a su lado y me cedió el paso, pero me quedé inmóvil en el vestíbulo.
—¿Quieres tomar algo?
—No, no me quedaré mucho.
—Como quieras, pero creo que estaríamos más cómodas en la sala, sentadas.
—No, Anuncia, no será necesario. Seré breve.
Ambas se miraron, circunspectas, para devolver su atención a mí, visiblemente tensa. Parecían más decepcionadas que enfadadas.
—En fin, pues tú dirás, querida —el tono de Anuncia me pareció seco, pero no me amilanó.
—Creo que no merecía que me mintierais ni que me ocultarais cosas tan importantes de mi vida.
Entiendo que no debió resultaros fácil, pero vosotras estabais ahí.
Estuvisteis ahí en nochevieja, lo visteis todo.
Y aun así, no tuvisteis la decencia de explicarme algo que por derecho me correspondía saber.
—Los ojos de mis tías se convirtieron en una mezcla de remordimiento y seguridad desconcertante, pero tomé aire y continué—: Pudisteis decírmelo.
Tuvisteis infinidad de oportunidades, pero elegisteis no hacerlo.
Elegisteis dejar que me enterase por mi cuenta. Elegisteis dejarme sola.
Anuncia y Encarna se miraron de soslayo. Fue solo un segundo, pero pude percibir alerta en sus miradas, una especie de advertencia mutua, «ojo, no abras la boca, porque ya lo has visto».
—Me debéis muchas explicaciones. Así que —coloqué la mano sobre el picaporte para dejarles claro que sería yo la que dijese las últimas palabras— hablaré con vosotras cuando estéis dispuestas a contármelo todo.
Y, por favor, elegid bien las palabras. No aceptaré excusas ni justificaciones. Solo la verdad.
Abrí la puerta y salí de su casa. No he vuelto desde entonces. Ellas tampoco han venido a verme; aunque sí que las he visto pasar por delante del herbolario alguna que otra vez.
Me duele que la relación con ellas haya terminado así, y no puedo dejar de darle vueltas. Ni siquiera ahora, recostada en una tumbona en el jardín junto a Indi, bajo la parra, con un libro entre las manos y los últimos rayos de sol de esta tarde de mediados de junio jugueteando entre las hojas.
—¿Estás bien?
—¿Eh? —Me giro hacia él desconcertada, expulsada repentinamente del bucle de mis pensamientos—. Ah, sí, sí, le daba vueltas a algo.
—¿Además de a la página del libro? Llevas diez minutos en la misma, ¿te la estás aprendiendo?
—Sí —ladeo la cabeza desafiante—, estoy pensando en montar una obra de teatro y representarla en el auditorio municipal. Voy a memorizar este libro y recitarlo entero, será el mejor monólogo de la historia.
—Seguro.
Me levanto y me estiro; Trina salta de mi regazo y se lanza al de Indi.
—Son casi las nueve, ¿quieres cenar algo? Puedo preparar una pizza, si quieres.
—No, no, Uxía acaba de escribirme, dice que viene hacia aquí y que trae la cena y noticias.
El timbre de la puerta principal suena justo en ese momento. Tardo solo un par de minutos en abrir, pero en ese tiempo el timbre suena tres veces más, así que ya en el vestíbulo, grito:
—¡Ya voy, ya voy!
Uxía se ha puesto un vestido de tirantes con limones estampados que resalta el color canela que su piel ha ido adquiriendo con los primeros rayos del sol de junio.
Lleva el pelo suelto, los labios pintados con un gloss rosa que impregna su enorme sonrisa de destellos de purpurina y carga una bolsa de tela llena de comida.
El escote amplio y redondo de su vestido hace destacar su busto.
—Por Dios, tía, que me vas a romper el timbre. —Me besa la mejilla y entra bailoteando en casa, a saltitos juguetones, como si fuese la encarnación de Campanilla—. Y a todo esto, ¿se puede saber por qué no has entrado por la puerta de la cocina, como siempre? Si nunca la cierro.
—Pues porque quería que vinieseis a recibirme, ¿dónde está mi hermano?
—En el jardín, estábamos…
—¡¡¡Indalecio Sotelo, haz el favor de venir aquí!!!
—¿Pero qué tripa se te ha roto? —Pese a mi reproche, la alegría de Uxía es contagiosa.
—¿Se puede saber qué te pasa, loca? —Indi aparece en el vestíbulo, descalzo y bronceado, con un libro en la mano izquierda y cara de no entender nada.
—No, la pregunta es qué os pasa a vosotros que no venís a recibir como se merece a la madre de vuestro futuro sobrino.
La mandíbula de Indi roza el suelo, la sonrisa de Uxía se expande hasta casi salirse de la cara, y yo… Yo solo soy capaz de suspirar con una mezcla de alivio y miedo.
***
El embarazo de Uxía se ha convertido en el eje central de nuestras vidas, aunque sea desde la distancia.
Las pocas veces que quedamos, Indi revolotea a su alrededor como una especie de guerrero protector exasperante, preguntándole si necesita algo, si se encuentra bien, si tiene sed, si no debería poner los pies en alto…
Ella se limita a mandarlo a la mierda con una sonrisa y a exigir que la dejemos en paz.
Llevo un par de semanas investigando diferentes mezclas de hierbas y conjuros para hacerle más llevaderos los próximos meses.
Nunca me había interesado demasiado el proceso de gestación, hasta ahora.