Hijas de Lilith Agosto de 1960
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Agosto de 1960

Betsabé tenía once años la primera vez que su madre la descubrió conjurando a las lechuzas en el claro del bosque.

El verano estaba en pleno apogeo y las noches eran cálidas y húmedas.

Altea ahogó un grito cuando descubrió la cabecita rubia de su hija menor inclinada hacia atrás, declamando en la lengua secreta del aquelarre palabras que nunca debería haber aprendido.

De sus manos escapaban haces de luz blanca y brillante mientras las aves se congregaban en los pinos circundantes y ululaban al unísono.

Casi pierde el conocimiento cuando las copas de aquellos árboles majestuosos plagados de lechuzas y búhos comenzaron a arder sin consumirse, a la orden de una sola palabra de su pequeña.

Altea sabía que el riesgo estaba ahí. Lo había leído en los libros mágicos del aquelarre.

La posibilidad de que Betsabé, aunque no fuese gemela de Aurora, desarrollase los poderes de la oscuridad.

Algunas gemelas de oscuridad conseguían despertar su magia incluso sin instrucción.

Había pasado antes. Solo que nunca así. Nunca sin una gemela de luz.

Nunca con tanta fuerza. Betsabé era la primera bruja de oscuridad no gemelar.

Y la más poderosa de todas hasta el momento.

Era naturalmente talentosa. Más incluso que su hermana Aurora, y eso atormentaba a Altea, que durante años había instruido a Aurora como la elegida, como la bruja destinada a terminar con la maldición que separaba luz y oscuridad.

Su hija mayor había demostrado ser una bruja capaz, fuerte y juiciosa.

Cuando Altea descubrió que estaba embarazada, entendió que ese no era el destino de Aurora, pero mantuvo la esperanza de que fuese ella quien por fin la gestase.

La madre de la bruja destinada a romper la maldición del clan.

Si Aurora no era la última bruja maldita, su hija lo sería, y con ella terminaría el legado: no más brujas de luz y oscuridad; de nuevo el poder reunido en una sola bruja.

Su trabajo sería educarla para que fuese capaz de manejar ambas partes, la luz y la oscuridad, sin que ninguna dominase sobre la otra.

Estaba escrito: la elegida nacería en un momento en que la magia redoblase su intensidad, en el que luz y oscuridad desplegasen toda la fuerza de su magia.

La elegida sería hija de una bruja inusualmente dotada, y Aurora lo era… pero Betsabé lo era aún más.

Durante semanas, Altea siguió los pasos de su hija pequeña, solo para descubrir que cada noche se sentaba a la luz de las velas a aprender por su cuenta. Había encontrado los libros del aquelarre y leía con fruición durante horas para poder practicar por su cuenta.

Le costó armarse de valor para enfrentarla.

Logró reunirlo una mañana de finales de agosto.

Aurora todavía dormía cuando Altea entró en la cocina de aquella casa que había ido evolucionando con la familia desde los tiempos de Astrid.

Betsabé mordisqueaba un melocotón y acariciaba a uno de los gatos sobre el regazo.

—Hija, tenemos que hablar. —Se sentó frente a ella y tomó aire tratando de disipar la tensión que la atenazaba—. ¿Desde cuándo?

—¿Desde cuándo qué, mamá?

La pequeña clavó los dientes blancos y regulares en la carne del melocotón y un hilo de jugo se le escurrió por la barbilla.

—Desde cuándo practicas la magia.

Betsabé se encogió de hombros y tragó antes de hablar.

—No sé, ¿desde cuándo decidiste ocultarme que tenía poderes?

La respuesta pilló a Altea por sorpresa.

—No quería ocultártelos, sino protegerte, no sabes…

—Oh, pero sí sé. —De repente, Altea fue muy consciente de que su hija ya no era una niña.

Aquella criatura magnífica, bella y fuerte, que salió de sus entrañas igual que entró, con dolor y con sangre, había dejado atrás la infancia de la forma más violenta posible—.

Sé que llevas toda la vida instruyendo a Aurora, ¿acaso crees que no os oía por las noches, que no os espiaba?

Pero ella no tiene tanto poder como yo. Y he leído los libros, todos.

Sé que este poder me pertenece y no voy a renunciar a él.

—Betsabé, no entiendes nada —Altea sentía el corazón desbocado en el pecho—, no sabes a lo que te enfrentas.

Durante siglos, nuestro aquelarre ha intentado contener los poderes de la oscuridad, desde que Astrid separó la magia oscura de la magia de luz para proteger a sus hijas, y lo hemos hecho para protegernos, para…

—¿Para protegernos de qué? —Betsabé alzó la barbilla y encaró a su madre con soberbia—.

¿De la Inquisición? ¡Podríamos haberla aniquilado con nuestro poder!

¡Acabar de un plumazo con todos esos hombrecillos miedosos y tristes!

Astrid separó los poderes por pura cobardía, porque se dejó llevar por el miedo y no fue capaz de entender la grandeza de la magia oscura.

Debió enfrentarse a nuestros enemigos, no huir de ellos escondiendo nuestra fuerza y dividiendo nuestros poderes como si fuesen algo vergonzoso.

Llevamos siglos ignorando lo que somos, mamá.

¿No crees que ha llegado el momento de abrazar nuestra naturaleza?

—Betsabé, escúchame.

—¡No! —Los ojos de la pequeña se oscurecieron con una ira que su madre era capaz de sentir en su propia sangre—.

¡No voy a escucharte, mamá! Llevas toda la vida ocultándome mi poder y alimentando el de mi hermana, ¿por qué debería creerte?

Podrías haber elegido otro camino, formarnos a las dos, crear de nuevo un poder único; podrías haberme instruido, haberme ayudado a encontrar la manera de reunir los poderes sin tener que renunciar a ellos, pero elegiste el miedo.

—¡Elegí tu seguridad!

—¿Mi seguridad? —Betsabé se levantó, mostró sus manos con las palmas en alto y comenzó a formar un remolino de energía mágica—. Créeme, mamá, puedo protegerme sola.

—Betsabé, no…

—¿Lo ves? —La energía en manos de Betsabé se transformó en una espiral vertiginosa ante la mirada aterrorizada de Altea—. Soy poderosa. Imagina lo que podría hacer si mi magia pudiese unirse a la de Aurora, seríamos imparables, seríamos…

—¡No! —El grito de Aurora rompió la burbuja en la que madre e hija se encontraban.

La hermana mayor empezó a conjurar un hechizo en las manos, para tratar de absorber la energía de Betsabé, temerosa de que pudiese herir a su madre.

Pero a Aurora le faltaba poder y templanza, y su conjuro era débil, incapaz de contener la fuerza del de Betsabé, que crecía y crecía descontrolada ante la mirada de pánico de su madre y de Aurora.

De repente, una luz blanca cegadora propulsó a Betsabé hacia atrás.

La espiral de energía había colapsado. La niña gritó, presa del pánico, pues no podía controlar sus poderes, que volaron de sus manos hasta impactar contra su madre, que se desplazó unos metros y chocó contra la pared de la cocina.

Cuando, unos minutos después, las hermanas consiguieron reanimarla, Betsabé comprendió que aquel incidente había levantado una barrera infranqueable entre ella y su familia.

Aquella madrugada de agosto marcó el inicio de la separación definitiva entre las hermanas.

Y mientras Aurora continuaba su instrucción como bruja de luz, Betsabé emprendió su propia cruzada.

Aurora estaba destinada a seguir con el linaje y dar a luz a una nueva generación de brujas Alén, tal vez a la elegida.

Ella dedicaría su vida y todo su poder a encontrar la manera de volver a fusionar la magia fuera de la maldición.

Las dos hermanas buscarían lo mismo: volver a unir luz y oscuridad.

Pero mientras Aurora deseaba cumplir la profecía, Betsabé estaba decidida a conseguir vencer la maldición desde el poder de la oscuridad.