Marzo de 2018 #2
Las he traído a la trastienda para tener intimidad, para poder hablar con ellas y aclararlo todo, pero he cambiado de opinión al sentir cómo una rabia roja y sanguinolenta echa raíces en mi estómago.
No es el momento. No lo es. Si saco el tema ahora, si les reprocho su silencio y dejo que este rencor sordo y violento se apodere de mí sé que me arrepentiré.
Estas mujeres me quieren. Son mi familia, aunque no lleve su sangre.
Nunca me harían daño a propósito, lo sé.
—Ya hablaremos de esto con calma. —Su expresión es seria y algo asustada—. Me debéis una explicación y me la vais a dar, pero no es el momento.
—Amanda, nosotras nunca…
—He dicho que no es el momento. —Anuncia baja la mirada como una niña a la que acaban de regañar—. Ahí fuera hay un centenar de personas a las que debería atender si quiero que este negocio sea rentable. Pero voy a dejaros algo muy claro: no teníais ningún derecho a ocultarme algo así. Ninguno.
—Es más complicado de lo que parece, Amanda, de verdad.
—Basta. —Mi voz se proyecta como un relámpago, cortante y directo, haciendo callar a Encarna—. No quiero oír vuestras excusas. O me decís la verdad o no hace falta que volváis a dirigirme la palabra.
Abro la puerta y les cedo el paso. Ellas salen de la trastienda cabizbajas y con la mirada nublada de preocupación. Sé que debería sentirme conmovida, y, en cierta manera, es así, porque la rabia empieza a aflojar; aunque sigue ahí, puedo notarla y es intensa, visceral y desconocida.
—¿Estás bien? —Uxía está reponiendo una de las bandejas de steak tartar en la mesa junto a la trastienda y me sujeta el brazo al verme salir.
—Sí, sí —sacudo la cabeza para deshacerme de la nube negra que me envuelve ahora mismo—. Uxía, no sé cómo voy a agradecerte todo esto. Es más de lo que esperaba. Y está todo riquísimo.
—Calla, boba. Si me lo he pasado bomba.
Miro alrededor, medio Fene engulle las delicias de Uxía y otro medio curiosea entre los frascos, jabones y botes de los estantes.
Entonces localizo a Gonzalo. El marido de Uxía está apoyado en la puerta de la entrada, junto al escaparate.
Lleva en la mano un botellín de cerveza sin alcohol del que resbalan gotas de agua.
Su gesto es serio y oscuro mientras observa a su mujer colocar tartaletas y recibir halagos de los invitados.
—Parece que a Gonzalo no le hace mucha gracia que te tengamos esclavizada hoy —le digo señalando con la cabeza en su dirección.
—¿Qué? —Uxía levanta la mirada y la vuelve a bajar al tiempo que sus mejillas se tiñen de rojo—. Ah, eso, no, es que Gonzalo es muy protector, ya sabes. Le preocupa que tanto trabajo con lo del catering me pase factura.
—¿Es que no te encuentras bien?
—Sí, sí, es que… —Uxía levanta la mirada de nuevo y vuelve a bajarla. El tono de su voz desciende también unos cuantos decibelios—. Hace unas semanas se me retrasó la regla. Creímos que podría ser… pero no. Así que ahora estamos intentándolo de nuevo y bueno, está preocupado, es solo eso.
—Uxía, lo siento mucho. —Le aprieto suavemente el brazo y ella da un respingo—. Perdona, no quería hacerte daño, no… ¿he apretado demasiado fuerte?
—No, no, qué va —me sonríe, pero sus ojos están vidriosos—, es que tengo un moratón ahí. Un tropezón tonto.
—Ah… vale, lo siento, perdona.
—Voy a reponer las tartaletas fuera, creo que se han acabado.
Uxía sale de la tienda cargada con bandejas. Vuelvo a mirar a Gonzalo, que ahora clava su mirada, cortante y fría, en mí. Brinda en el aire con el botellín en mi dirección; pero el gesto, lejos de amigable, me resulta sobrecogedor.
Dos horas después, los últimos invitados se están despidiendo, cada uno con su saquito aromático de recuerdo, y muchos de ellos con jabones, ungüentos hidratantes o mezclas de hierbas para infusión.
—Parece que ha sido un éxito. —Indi lleva unos minutos limpiando la trastienda y aparece por la puerta secándose las manos con un trapo—. Hay productos que ya hemos agotado, te lo advierto. Falta jabón de limón y hierbabuena, y mezcla para infusión de frambuesa, hibisco y anís estrellado.
—Gracias, jefe, lo anotaré para reponer existencias.
—Si soy tu jefe, explícame por qué estaba yo limpiando la trastienda mientras tú socializabas.
—Porque eres un jefe tan tirano que hasta me obligas a ser amable con toda esta gente a la que tú has invitado.
—Han venido por ti, Amanda. Yo los he invitado porque llevo treinta y tantos años aquí y los conozco, pero créeme, saben perfectamente que el herbolario es tuyo y no mío —Me encojo de hombros mientras me ocupo de recoger unas cuantas migas del mostrador.
Son más de las nueve de la noche, hace tiempo que el cielo soleado de este primer día de primavera ha dado paso a una oscuridad cuajada de estrellas. Con la luz artificial, el local se ve igual de bonito, pero más desangelado, y el desorden tras la fiesta es evidente.
—No te preocupes, entre los dos dejaremos esto como los chorros del oro en menos de una hora. —Indi ha notado mi disgusto por el desorden, y también mi cansancio—. Mañana podrás abrir a las diez, como estaba previsto.
—No, no, tranquilo, vete. Yo me ocupo.
—Bueno —Uxía se acerca, ya con la chaqueta puesta—, nosotros nos vamos, ¿te vienes, Indi?
—No, voy a echarle una mano a Amanda.
—Oh, ok, aviso a Gonzalo entonces, que vaya tirando, entre los tres tardaremos menos.
—No, de verdad, no hace…
No puedo terminar la frase. Gonzalo, enfundado en su abrigo, abre la puerta con rudeza y asoma la cabeza.
—¡Uxía! ¡Vamos, es tardísimo, por Dios! —parece enfadado y cierra de malos modos.
Uxía me mira disculpándose con los ojos.
—Vete —Indi se me adelanta—, no te preocupes, ya me quedo yo.
—Vale…
Uxía está ya junto a la puerta cuando recuerdo el saquito que he guardado en uno de los cajones del mostrador.
—¡Espera!
Gonzalo está fuera de la tienda apoyado de espaldas al escaparate, de manera que no puede vernos.
—¡No, no, ya cogí mi saquito! —Uxía saca de su bolso uno de los que hemos regalado a los invitados.
—Este lo he hecho especialmente para ti.
—¡Ay, jo, gracias, Amanda! ¿Para qué sirve?
—Bueno, supongo que lo averiguaremos pronto, si es que funciona. —Le guiño un ojo mientras sujeto sus manos, que sostienen el saquito rojo—. Colócalo debajo de la almohada.
—De acuerdo. ¡Cuánto misterio! —Asiento sonriendo y la abrazo. Unos segundos después, su figura menuda se pierde calle abajo.
—¿Para qué es la mezcla que le has dado? —Indi tiene ya la fregona en las manos.
—Para que sus sueños se hagan realidad. Solo espero no haberme equivocado.
—¿Y para mí no hay un saquito de esos?
—No querrías uno así, créeme.
—Uy, qué intrigante la bruja…
—Cállate y dale a la fregona —le digo entre risas.
—¿Ves? Si ya sabía yo que la jefa eras tú.