Marzo de 2018
El primer día de primavera amanece despejado y asombrosamente cálido. Desayunar con los rayos de sol iluminando la mesa de la cocina y el sonido de los pájaros amenizando el café con leche me relaja y me hace sentir muy afortunada.
«Me gusta la nueva vida que estoy forjando», pienso mientras dejo que el agua se deslice por mi cuerpo y se lleve los restos del sueño, despertando mi piel.
La obra del local se retrasó, algo que ya sospechaba cuando Indi y yo fuimos a firmar los documentos de constitución de la empresa a Ferrol. Se lo dije entonces, y se lo repetí anoche mientras colocábamos los últimos frascos y jabones en las estanterías.
—Es 20 de marzo, Indi, ¿sabes lo que eso significa? —Me acerco a él y lo encaro con malicia—. Que yo tenía razón y abrir a finales de febrero era imposible.
—Eh, eh, la obra lleva lista unos cuantos días. —Su tono es severo, pero la sonrisa con la que blande un jabón perfumado con limones de mi propia huerta lo delata—. Si no has abierto antes es porque no has querido.
—Bueno, porque no ha querido sanidad, en realidad.
—Lo que sea, pero no me eches la culpa.
—No, no, si solo digo que yo tenía razón.
Salgo del baño envuelta en una toalla, camino del dormitorio. La ventana está abierta de par de par, y la brisa inunda el espacio de olor a limón.
La luz brillante de mi habitación contrasta con la sombra que planea sobre la puerta del cuarto de mi madre.
Unos días después de empezar con los trámites de la empresa, Indi envió de nuevo a una cuadrilla para reparar el tejado y desinfectar las paredes.
Estuvo listo antes de acabar el día. A medianoche, con Trina a los pies de la cama y yo sumergida en una novela de misterio, un ruido sordo me alertó de que algo iba mal.
Entorné la puerta de la habitación maldita y entendí qué era lo que pasaba.
Ese domingo, mientras comíamos en casa de Uxía y Gonzalo, le comenté a Indi que el tejado volvía a dar problemas.
En cuanto terminamos el postre, Indi se empeñó en verlo.
Él mismo supervisó la obra al día siguiente, pero al cabo de las horas el agujero volvía a estar ahí, desafiante, y el moho que cuatro personas habían logrado eliminar trepaba unos quince centímetros más alto aún, casi hasta la altura de mi cintura.
Ese día decidí cerrar la puerta de esa habitación para siempre. No he vuelto a comentar nada sobre el tema; prefiero no pensar en ello.
Sobre las diez, entro en el taller de mi abuela, con Trina, como siempre, entre mis piernas.
La inauguración del local está prevista para las seis de la tarde.
Indi ha invitado a medio Fene y la mayoría ha confirmado.
Lo que iba a ser una fiestecita para amigos cercanos se ha transformado en el evento social del año.
Hasta tendremos catering, del que se ha ocupado Uxía.
Una selección de delicias saladas y dulces, la mayoría elaboradas con ingredientes de la huerta de mi casa que, para sorpresa mía, no deja de producir frutas, verduras y hierbas aromáticas.
Y eso que apenas le dedico tiempo. Ayer, Uxía me confirmó que estará en el local a eso de las cuatro y media, «para que me dé tiempo a dejarlo todo perfecto», dijo.
Me pongo manos a la obra: cien saquitos de hierbas, uno para cada invitado, que preparo con una mezcla de ruda, salvia, lavanda y cáscara de limón que huele tan bien que apenas importa su verdadera finalidad: proteger la paz en casa.
La receta, claro, es del cuaderno de mi abuela. Durante este par de meses he podido comprobar que sus remedios contra las verrugas, la rosácea, los eccemas e incluso el herpes son infalibles. Y eso no es lo único que he aprendido de sus páginas.
Con ayuda del cuaderno y de los libros que Betsabé me prestó, he puesto en práctica algunos trucos. Por ejemplo, encender las velas con un conjuro y un soplo de aliento. Este le encanta a mi amiga, que me pide que repita el espectáculo cada vez que quedamos y Gonzalo no está cerca.
Porque, obviamente, les he prohibido a Indi y a Uxía que cuenten nada.
De alguna manera, mi magia se ha integrado en nuestras vidas de forma natural, aunque haya noches en las que todavía doy vueltas al sinsentido que es todo esto.
Pero los dolores de cabeza y las dudas se disipan cuando estoy con ellos.
Es como si este don hubiese formado siempre parte de mí, solo que ellos no lo han reconocido hasta ahora, «ah, sí, Amanda tiene mucho talento combinando colores y conjurando las fuerzas del más allá».
Sin embargo, esa naturalidad no debe traspasar las fronteras de nuestro pequeño círculo.
Tuvimos una conversación algo acalorada en la que Uxía consideraba necesario hacer partícipe a Gonzalo, pero mi negativa fue rotunda.
Con Anuncia y Encarna tuve más dudas, porque sospecho que ellas siempre han estado al tanto de lo que era mi abuela.
Si se confirma, no sé cómo reaccionaría al respecto.
Así que prefiero dejarlas al margen de momento.
Es casi mediodía cuando termino los saquitos. Trina se ha encaramado sobre la mesa y se pasea entre los recipientes con elegancia, rozando su cabecita con esto y aquello.
—Bueno, pequeña bestia —digo acariciándole el lomo—, vamos allá.
Del cajón del aparador de madera saco un nuevo saquito de tela.
Este es de color rojo intenso y carmesí, con una cinta de terciopelo burdeos como cierre.
Despejo la mesa de los restos de hierbas que he estado utilizando y coloco frente a mí una nueva remesa de ingredientes: trébol rojo, jengibre, hoja de frambuesa, angélica.
Trina se sienta junto al cuaderno de mi abuela mientras paso las hojas buscando la página que necesito.
Con cuidado, coloco en el mortero el trébol rojo, la hoja de frambuesa y la angélica, y las machaco con suavidad.
El olor a hierba recién cortada me inunda las fosas nasales.
Luego cojo la raíz de jengibre. Rallo un trocito sobre la mezcla del mortero y espolvoreo una pizca de lavanda desmenuzada.
Introduzco la mezcla en el saquito con una cucharita de plata hasta llenarlo y anudo la cinta.
La gata se acerca a mí y restriega su cabecita contra mi costado.
—Lo sé, lo sé…
Coloco el saquito sobre la mesa, impongo las manos encima y recito despacio:
Dralven dos silvam, ánarel dos tharein, ethrai misel thrómel. Tharnel eira viran sorna nax. Dana, Epona, ethrai misel thrómel, e vitalen bréxa andar on doran sil.
(Espíritus de los bosques, ánimas de los caminos, escuchad mi mandato. Que este remedio haga fértil el vientre inerte. Dana, Epona, obedeced mi mandato, y que la vida se abra camino donde antes no hubo nada).
***
La tienda está tan atestada de gente que hemos tenido que montar un par de mesas extra en la calle para que todo el mundo pueda probar las delicias que Uxía ha preparado.
El menú incluye minsándwiches de pastrami, mostaza y pepinillos, algo que parece ceviche, pero que Uxía asegura que no lo es «porque no lleva leche de coco», servido en preciosas cucharillas de madera, tostaditas del pan de cristal más crujiente que he probado rebosantes de steak tartar,
cuenquitos con ensaladas coloridas cuyos ingredientes he cultivado yo misma, y tartaletas de crema y frutas, recolectadas de mi pequeño huerto.
Todo regado con limonada con hierbabuena, colocada en unos tanques de cristal tallado con grifo incorporado.
Es un catering espectacular; y a juzgar por las sonrisas de los invitados, no soy la única que lo piensa.
—Ay, neniña, qué preciosidad de tienda y de fiesta. —Anuncia me abraza con un entusiasmo contagioso.
—Y qué alegría que te quedes, de verdad, qué alegría. —Encarna se lleva a la boca una de las tartaletas de fruta.
—Entonces, ¿os gusta la tienda?
—Sí, claro que sí.
—A Aurora le habría encantado —dice Encarna con una chispa de pillería en los ojos.
—¿Sabéis que he usado algunos de sus remedios en las fórmulas?
Mi intención era no mencionárselo, pero ya que estamos, voy a tantearlas, a ver si descubro cuánto saben.
—Es que Aurora siempre tuvo mucha mano con los remedios —se adelanta Encarna intentando sonar calmada.
—Sí, he encontrado un cuaderno llenito de recetas y funcionan realmente bien.
Ahí está de nuevo, esa mirada cómplice entre ellas, mitad temor mitad sorpresa.
—Amanda —Anuncia coge mi mano entre las suyas con delicadeza; son manos fuertes y están frías—, hay que tener mucho cuidado con los remedios caseros, lo sabes, ¿verdad?
—Soy bioquímica, tía Anuncia, sabré manejarme con tisanas de hierbabuena y eucalipto para los resfriados —lanzo el anzuelo esperando una reacción que no tarda en llegar.
—Una tisana puede ser más poderosa que muchos medicamentos, Amanda. —Encarna habla con vehemencia, pero en voz baja; tanto que necesito acercarme a ella para escucharla bien por encima de la música y la gente que charla animadamente—. Seguirás nuestro consejo, ¿verdad?
Lo saben. Siempre lo han sabido. Siento una mezcla extraña de alivio y cabreo.
Me consuela saber que no estoy loca, que ni Uxía, ni Indi ni yo hemos perdido la cabeza, pero también me siento traicionada.
Mis tías han formado parte de mi vida desde que nací y me han acogido al volver.
Insistieron en que debía rehacer mi vida en Fene, mudarme a la casa de mi abuela…
¡Estaban a mi lado cuando el techo del cuarto de mi madre se desplomó y la radio comenzó a funcionar sola! ¡¡Y no dijeron una sola palabra!!
Me arde la sangre en las venas, siento un golpeteo suave en las sienes y me hormiguean los dedos y las palmas de las manos. Me coloco entre ellas y las guío por la espalda hacia la trastienda sin mediar palabra. Encarna y Anuncia me acompañan sin resistencia. Una vez dentro, cierro la puerta.
—No sé ni cómo… no entiendo… —Respiro hondo para calmarme; me masajeo las sienes.
—Amanda, cariño. —Anuncia da una paso al frente con la intención de tranquilizarme, y eso me enfada todavía más.
—¡No! —le clavo la mirada—. No te atrevas a decir nada. Es mejor que no digáis nada, porque os juro que ahora mismo estoy a punto de explotar y no es el momento.
Suspiro e interpongo mis manos entre ellas y yo.