Hijas de Lilith Enero de 2018 #2
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Enero de 2018 #2

Miro al techo acristalado buscando una fuerza que comienza a flaquear. Es tan complicado explicar todo esto sin parecer una loca, que hasta yo misma empiezo a considerar que, tal vez, he perdido la cabeza.

—Sabía lo de ayer.

Me miran interrogantes.

—Sabía que ayer se fue la luz a medianoche y que el techo del cuarto de mi madre se había derrumbado.

Dijo que la podredumbre era el reflejo de algo oscuro, algo que tiene poder sobre la casa y que solo se calma cuando una bruja vive en ella.

Y sabía qué copla sonó anoche en la radio.

—Ahora sí, dos pares de ojos amenazan con salirse de las cuencas—.

En esa radio que anoche emitió solo esa canción, la canción que mi abuela cantaba siempre, Ah, y que, por cierto, estaba desconectada de la corriente.

Veo la duda crecer en mis amigos. La misma que hace unas horas me obligó a mí a bajar las barreras y plantearme que, tal vez, Betsabé decía la verdad. Así que decido soltar la última bomba.

—Me curó.

Observo el desconcierto de nuevo en sus caras.

—Yo tampoco me lo creía, así que le dije que se fuese a contarle milongas a otra. Pero mi tía abuela me cogió del brazo y me hizo un corte con un cuchillo, justo aquí.

Extiendo el brazo derecho.

—Amanda, cariño… ahí no hay nada. —El tono de Uxía es entre condescendiente y temeroso.

—Efectivamente —digo con seguridad—. No hay nada, pero hace unas horas había una herida que hubiera requerido puntos. Una herida que sangró lo suficiente como para mancharme las zapatillas.

Apoyada como estoy en el taburete, elevo la pierna derecha y muestro unas vistosas manchas parduzcas sobre mis viejas Gazelle.

Uxía se levanta, da la vuelta a la mesa y sostiene mi pierna en alto, a la altura de su cara, para examinar la zapatilla.

—¡Por Dios! —Indi se inclina sobre la mesa y me acaricia la mano durante un segundo—. ¿Estás bien?

—Sí, estoy bien. Es imposible, lo sé, pero estoy perfectamente.

—Uxía ha dejado caer mi pierna y examina de nuevo mi antebrazo con detenimiento—.

Sé que no tiene sentido, pero os juro que me curó.

Me clavó el cuchillo, grité, comencé a sangrar, la insulté, y entonces ella me sujetó con fuerza el brazo, puso las manos sobre la herida abierta, dijo algo indescifrable y noté…

noté… no sé cómo explicarlo, noté que mi carne se cerraba, noté cómo mi cuerpo obedecía la orden de cicatrizar.

Fue… es que no sé ni cómo describirlo, de verdad.

Y sé que suena todo muy raro, pero os juro que la creo.

Los hermanos se han quedado pálidos, se miran entre ellos, y hasta puedo oír cómo los engranajes de sus cerebros tratan de encontrar una forma de explicar lo que les acabo de contar.

Entiendo cómo se sienten, así que decido ponérselo fácil.

—No os pido que me creáis, de verdad. Es todo muy loco, pero… ¿podéis hacerme un favor? ¿Me acercáis ese cuaderno?

Indi se levanta del taburete y se acerca al mueble que hay a su espalda. Saca el cuaderno manuscrito de mi abuela que hace unos días me pareció un compendio de letras sin sentido, y me lo acerca.

—Poneos a mi lado —les pido—. Betsabé me mostró algo, una especie de…

truco. Me dijo que cuando una bruja teme que alguien pueda utilizar sus conjuros con malas intenciones, las encripta, pero si otra bruja pronuncia las palabras correctas con intenciones puras, entonces los conjuros se vuelven legibles.

El aire es denso a nuestro alrededor. Indi se ha acercado hasta quedar pegado a mi izquierda, y Uxía sigue a mi derecha cuando abro el cuaderno por la primera página.

Ante nosotros aparece el galimatías de letras y dibujos que encontré la primera vez: una sucesión de palabras incoherentes, letras hiladas sin contexto ni intención aparente. Miro alternativamente a mis amigos.

—¿Qué veis aquí?

—Nada —dice Indi.

—Ahí no hay nada, son letras colocadas al azar. —Uxía parece nerviosa, entre impaciente y enfadada.

Coloco las dos manos sobre las páginas del cuaderno, cierro los ojos, tomo aire, y repito el ensalmo que Betsabé me mostró hace unas horas sin cuestionármelo.

Naé meiga do Kelar Alén, thrómel ti: sarnaxel axoral brexa. Vanthor misel os secretel doran.

(Como bruja del aquelarre Alén te ordeno que desbloquees este hechizo de protección, déjame ver los secretos que escondes).

Al retirar las manos del cuaderno, oigo el grito ahogado de Uxía. Indi me aprieta el hombro.

En la clara, ilustrada y preciosa caligrafía de mi abuela, las mismas letras que hace unos segundos formaban un galimatías de caracteres inconexos, se han reordenado. Ahora los tres podemos leer con claridad:

Libro de remedios, pociones y conjuros de Aurora Alén.

Bienvenida, mujer, hermana, hija, amiga.

Tu aquelarre te acoge.

—Joder —suelta Uxía en voz baja.

—¿Cómo has…?

—Es magia —interrumpo a Indi antes de que pueda terminar su pregunta—. Sé que es loquísimo. No puedo explicarlo, pero lo acabáis de ver. Es un hecho.

Levanto el cuaderno y hojeo las páginas para que ambos puedan ver que todas son ahora legibles.

Hay recetas para curar el desamor, pócimas contra el mal de ojo, hechizos para proteger la casa, remedios contra las verrugas, un ungüento que promete solucionar el tartamudeo si se aplica de forma conveniente sobre la garganta mientras se recitan unas palabras concretas…

Hay ensalmos creados para mantener alejados a los enemigos, eficaces, asegura mi abuela, siempre que se empleen acompañados de baños de sal y el humo de la ruda esparcido en nuestra casa un domingo de luna nueva.

Indi apoya los codos sobre la mesa y deja caer la cabeza entre los brazos para ahogar un grito de exasperación que me conmueve. Le acaricio la espalda, enfundada en un jersey gustoso y suave, tratando de transmitirle algo de apoyo.

—Lo sé. Es una locura.

Se incorpora, se frota la cara con las manos, suspira y se gira hacia mí. Su rostro es una mezcla de cariño, desconcierto y asombro. Pero no hay ni pizca de incredulidad, y eso me tranquiliza.

—Joder, Amanda —me abraza con una fuerza casi incómoda, que me hace sentir protegida—, lo siento, siento mucho todo esto.

—No es culpa tuya, no… no tienes por qué sentirlo.

Se separa de mí, aunque mantiene sus manos sobre mis brazos, como si temiese que fuese a desvanecerme. Y tal vez lo haga si digo las palabras adecuadas. Sería la menor de las sorpresas de este uno de enero, la verdad.

—No es culpa mía, pero lo siento igual. Esto debe de ser…

—¡Maravilloso! —Uxía blande el cuaderno de mi abuela entre nosotros. Una enorme sonrisa amenaza con partirle la cara en dos y empieza a dar saltitos como un duendecillo de película infantil—. ¡Esto es maravilloso!

Supongo que son nuestras caras de incomprensión las que le llevan a suspirar con hastío.

—Vamos a ver, eres bruja. Pues chica, enhorabuena.

Te quiero decir, estamos en pleno siglo xxi, igual a la peña el tema de la magia, así, en plan «digo palabras en un idioma raro y las letras se ordenan para mí» se le atraganta un poco, pero esto —agita el cuaderno de mi abuela frente a nuestras caras e Indi y yo damos una paso atrás—,

esto es un tesoro, amiga.

Tu abuela anotó aquí un montón de recetas, remedios y curas que, desengañémonos, funcionan fijo.

Y tú eres bioquímica, ¿no? Ya te puedes poner manos a la obra, a formular cremas y esas cosas.

Amanda, estás en paro, ¿vale? Y la loca esa que dice que es tu tía, o lo que sea, dice que la casa necesita que te quedes, ¿no? Pues chica, es que está clarísimo.

La miro con el ceño fruncido y luego me dirijo a Indi.

—¿Tú entiendes algo?

—Creo que sí.

—Claro que lo entiende. Lo entendéis los dos.

—Uxía deja el cuaderno sobre la mesa y me sujeta por los hombros para encararme—.

Esta casa es tuya, ya tienes dónde vivir; y parece que también una profesión.

Que igual tenemos que hacerte un rebranding o algo, claro, no podemos poner bruja en tus tarjetas de visita, pero vamos, que si tu abuela vivió con holgura gracias a sus ungüentos y remedios, tú también puedes hacerlo.

—No voy a poner una consulta de menciñeira en esta casa, Uxía, eso está fuera de toda discusión, que quede claro.

Ella pone los ojos en blanco, e Indi toma el relevo.

—No, claro, eso no, pero ¿y si alquilas un bajo en el centro? Uno pequeño. Puedes hacer aquí los remedios y venderlos allí. Una tienda de cosmética y medicina natural.

—¿Vosotros sabéis los permisos y controles que necesitaría? No —niego enérgicamente—, me parece una locura.

—No lo es, y lo sabes. —Uxía suena contundente—. Tienes la formación necesaria para trabajar sin problema en el sector. Seguro que enseguida averiguas cómo conseguir esos permisos. Así, a primera vista, ¿hay algo en estas fórmulas que pueda ser un problema?

—Tendría que estudiarlas…

—He dicho a primera vista, tía.

Suspiro sabiendo que he perdido esta batalla.

—Supongo que no…

—No, claro que no. Porque nadie va a ponerle problemas a que vendas una crema hidratante con lavanda y romero. Ya nos encargaremos luego de que todo el mundo sepa que también es mano de santo con los sabañones.

—La lavanda y el romero ayudan a dormir y espantan las pesadillas, no tienen ningún poder sobre los sabañones, Uxía. —Lo sé, es una réplica de mierda, pero necesito sentir que puedo ganar, al menos, en mi propio terreno.

—¿Ves? Si es que lo llevas dentro.

—No digo esto muy a menudo, pero Uxía tiene razón.

—Indi suena ahora mucho más calmado que hace un momento—.

Este es tu sitio, Amanda. Además, tengo un conocido que alquila un bajo pequeñito en el centro, estoy seguro de que te hará buen precio.

No requiere mucha reforma, tal vez un repaso a la electricidad, pulir el suelo y poner unas estanterías.

—Eso sí que no, por ahí no paso. No vas a hacerme la reforma de la casa y la del local por la cara.

—Frena, frena —Indi levanta las manos en señal de rendición—, nadie ha hablado de hacerte un favor, morena.

El apelativo cariñoso me hace abrir los ojos con algo más de énfasis del que me gustaría admitir. Tampoco le pasa desapercibido a Uxía, que tuerce la boca con una sonrisa malvada.