Enero de 2018
Indi camina en círculos frente al portal. Cuando abro la puerta, se abalanza sobre mí y me atrapa en un abrazo asfixiante que no puedo devolverle, porque mis brazos están demasiado ocupados sujetando una docena de libros, cuadernos y diarios.
—¡Te he llamado mil veces! Hace una hora que subiste, por Dios, Amanda, estaba asustadísimo. —Me aparta y me sujeta por los hombros, como si temiese que fuese a desvanecerme—. Estaba a punto de echar la puerta abajo, no sabía qué hacer, si llamar a la policía, a Uxi o…
—Tranquilo, tranquilo.
Alargo la mano libre y le acaricio la mejilla para calmarlo. Se ha afeitado antes de salir de casa y su piel está suave y lampiña, fría de haber estado tanto tiempo a la intemperie un mediodía de enero. Indi inclina su rostro hacia el tacto de mi mano de forma inconsciente, buscando el calor.
—Estoy bien. Siento haber tardado tanto, es… Había… Había demasiadas cosas de las que hablar.
La mano de Indi atrapa la mía y se la lleva a los labios para dejar sobre ella un beso ligero, casi imperceptible. Mi corazón se paraliza durante un segundo.
—Yo… no quiero entrometerme, pero joder, Amanda, me mata la curiosidad, ¿qué quería esa tipa?
—Esa tipa es mi tía abuela, Indi.
Frunce el ceño.
—¿Perdona?
—Sí. Al parecer mi abuela tenía una hermana. Y créeme que esto es lo menos raro que te voy a contar.
—Miedo me da.
Aprieto los libros de nuevo contra el pecho para evitar que terminen en el suelo y enfilo el camino hacia el aparcamiento. Indi me sigue sin decir una sola palabra.
—¿Crees que Uxía podrá escaparse en la sobremesa y acercarse a casa a tomar café? —pregunto sin más explicaciones.
—Supongo que sí, seguro que Gonzalo querrá irse pronto, pero…
Me paro en medio de Puerta de Aires, me giro y miro a Indi a los ojos. Tiene que frenar con brusquedad para evitar chocar conmigo. Aun así, su cuerpo queda tan pegado al mío que puedo sentir su presencia, casi su tacto.
—No. Nada de Gonzalo. Solo Uxía. Ella, tú y yo.
Indi asiente, y reanuda el camino mientras tira de los libros para cargarlos.
—La llamamos de camino, no te preocupes.
Nos cuesta poco convencer a Uxía, pero encontrar una excusa para que Gonzalo no se nos una es algo más complicado.
Llegamos a casa pasadas las cuatro de la tarde, así que improviso unos sándwiches, que Indi y yo devoramos sobre la mesa de la cocina; no sin antes alimentar a Trina, que está especialmente pegajosa. No deja de revolverse entre mis piernas, restregar su cabecita contra mí y maullar lastimera.
Mientras acaricio a la gata, acurrucada entre mis brazos, pillo a Indi mirando de reojo los libros y cuadernos que he traído de casa de Betsabé.
—Te prometo que os lo explicaré todo en cuanto llegue Uxía —digo, atrayendo su mirada de regreso a mí desde el montón de libros.
—Lo sé —suspira—. No quiero presionarte, de verdad, pero es que todo esto es tan raro, Amanda.
Asiento, suelto a la gata, que regresa al suelo con un maullido, y doy la vuelta a la mesa para ponerme a su lado.
Está sentado en el taburete alto, así que la diferencia de estatura no es mucha, y aun así tengo que ponerme de puntillas para abrazarlo por el cuello.
Durante unos segundos, parece dudar, después sus brazos rodean mi cuerpo con familiaridad y me devuelve el gesto.
Es como volver a casa después de un largo día de caminata a la intemperie bajo la lluvia.
Una calma exquisita y pausada. Me dejo envolver por el abrazo, y cuando me separo de su cuerpo, deposito un beso en su mejilla.
—Gracias. Por todo.
Un golpe seco en el cristal de la puerta de la cocina interrumpe el ojo del huracán en el que nos habíamos refugiado.
Al otro lado de la puerta, Uxía da saltitos de un pie a otro, como si estuviese haciéndose pis o luchando contra el frío.
Puede que las dos cosas. En las manos carga una bandeja envuelta en papel albal.
Me acerco a abrir el cerrojo y entra como una exhalación en la cocina.
Deja la bandeja sobre la mesa y la destapa para mostrar un tiramisú mientras protesta.
—Tenéis cinco minutos para explicarme por qué este sigue aquí —dice señalando a su hermano—, por qué estabais los dos juntos en el coche a mediodía cuando me habéis llamado y por qué es tan importante merendar el uno de enero. El tiempo empieza a correr ¡ya!
Resulta que lo que Uxía ha traído no es tiramisú sino tarta de café.
Y resulta también que es el dulce más delicioso que he probado en mi vida.
Tardamos veinte minutos en reducir el contenido de la bandeja a la mitad.
Más o menos el tiempo que nos lleva relatarle a mi amiga la llamada de Betsabé y la visita de esta mañana.
—Vale, así que Aurora tenía una hermana.
Bueno… —Uxía lame con devoción el tenedor— es una sorpresa, pero vamos, que no veo yo la urgencia de una merienda para esto, que he dejado a Gonzalo de morros por largarme de casa en año nuevo, con mamá allí.
Por cierto —clava sus ojos en Indi—, me tuve que inventar una milonga para explicar por qué no te presentaste en la comida, ya me podías haber cogido el teléfono, tío.
Miro desconcertada a Indi. Hasta este momento no se me había ocurrido pensar que acompañarme en este caos le hubiese trastocado algún plan. Se ofreció tan rápido, se mostró tan decidido, que no pensé que tal vez su madre contaba con él para celebrar el año nuevo.
Indi parece azorado y evita mirarme.
—Bueno, tenía algo importante que hacer, como puedes ver.
Uxía nos mira alternativamente, sonríe de lado, y murmura mientras recoge los platos y los lleva al fregadero.
—Sí, seguro, ya lo veo.
Acaba de enjuagar los platos y coge su abrigo, que había dejado sobre la encimera.
—Bueno, pues yo os voy a dejar para que sigáis haciendo cosas importantes, porque tengo un marido en casa algo encabronado y, francamente, no tengo ganas de aguantarlo así todo el mes, no es forma de empezar el año.
—No, espera, yo… Tengo algo más que contar. Por eso quería que vinieses, para que estuvieseis los dos.
Mi mejor amiga suspira, se quita de nuevo el abrigo y vuelve a sentarse en el taburete con cierta desgana.
—Vale, pues ala, dale. A ver, ¿qué otra novedad tenemos para celebrar?
—Vayamos al taller de mi abuela, por favor. —Me levanto, cojo los libros de la encimera y le hago un gesto con la cabeza para que me sigan—. Venid.
El taller está caldeado pese a no tener calefacción. Indi y Uxi se quedan al otro lado de la mesa de trabajo mientras despliego los libros, cuadernos y manuscritos que me dio Betsabé.
—Estos libros son reliquias familiares. Algunos tienen cientos de años de historia. Son… son cuadernos de pócimas, hechizos, embrujos…
—¿Perdona? —Uxía alarga la mano y coge el ejemplar encuadernado en piel verde para hojearlo con violencia y avidez—, ¿que son qué?
Indi toma un cuaderno pequeño a punto de volatilizarse de lo ajado que está.
Uno de los más interesantes, en mi opinión, y el primero que Betsabé me enseñó en su casa.
Un manuscrito firmado por la abuela de la abuela de mi abuela, o algo parecido, donde se detallan remedios caseros para las verrugas, pócimas para alejar el mal de ojo y hechizos para invocar a dioses cuyo nombre nadie ha pronunciado en mucho tiempo.
Ambos pasan las páginas de cuadernos y libros compulsivamente, y pese a sus ceños fruncidos y sus muecas de incredulidad, ninguno de los dos me ha llamado loca y se ha largado. No es un mal comienzo.
—Lo que voy a decir me suena tan raro como os va a sonar a vosotros, pero tengo que soltarlo, porque me va a dar algo.
Uxía e Indi clavan en mí sus miradas con las manos todavía en los libros. Respiro hondo y lo suelto a bocajarro.
—Mi abuela era bruja. De hecho, al parecer, todas las mujeres de esta familia lo son. Lo somos. Lo que sea. Eso. Brujas.
Uxía sacude la cabeza haciendo bailar sus rizos trigueños, como si pudiese despejar la información con el gesto. Indi se queda petrificado, con los ojos muy abiertos y la boca a punto de dejar salir algo, pero sin terminar de pronunciar una palabra.
—¿Perdona? —Uxía rompe el silencio denso que nos envuelve—. Cariño, ¿qué bebiste en casa de la tipeja esa? Te ha drogado, esto hay que denunciarlo.
—No. —Me siento en el taburete que está junto a mí buscando la estabilidad que perdí anoche y que amenaza con no volver jamás—. Sé cómo suena, de verdad, lo juro, parezco una tarada, pero… ¡Es que no sé cómo explicároslo!
—A ver, vamos a calmarnos. —Indi deja con cuidado el libro sobre la mesa y se reacomoda en el otro taburete—.
Lo que quieres decir es que Betsabé ha tratado de convencerte de que vienes de una estirpe de brujas, y eso te ha desestabilizado, es normal, claro, con todo lo que has vivido, enterarte de que Aurora tenía una hermana y que intente volverte loca con…
—No, no. Lo que quiero decir que es Betsabé me ha demostrado que tiene poderes. Lo he visto. Los tiene.
Ambos me miran con los ojos muy abiertos unos segundos.
—Vaya pedazo de novela —suelta Uxía.
Ella parece más divertida que asustada; Indi, sin embargo, se muestra circunspecto y cabizbajo, pensativo.
Suspiro y me preparo para dar explicaciones. Unas explicaciones que ni yo misma estoy segura de creerme.
—Sé lo que parece, pero escuchadme, os juro que lo vi con mis propios ojos. Esa mujer ha hecho aparecer frente a mí imágenes como iridiscentes. Parecían hadas, joder. Simplemente dijo algo en una lengua rara y unas figuras brillantes se materializaron de la nada y empezaron a moverse en mis narices.
La cara de Uxía es un cuadro, a caballo entre la incredulidad y el fastidio. Indi mantiene la calma, la sangre fría, y habla antes de que su hermana se arranque con un monólogo sobre no perder la cabeza con los vermús.
—Vale, Amanda, vamos a suponer que viste esas figuras brillantes, ¿no puede haber sido fruto de la sugestión?
—¿O un truquito de magia? A ver si la tipeja esa dijo «estirpe de brujas» cuando en realidad quería decir «estirpe de magas» y lo que pasa es que es una ilusionista del copón.