Otoño de 1948
Altea siempre fue consciente de sus poderes.
Su madre, Alicia, empezó a instruirla desde bien pequeña, tal y como su madre, Asunta, hizo con ella, y la madre de su madre, y la madre de la madre de su madre…
Y así hasta llegar a la primera bruja del clan Alén, la primera del aquelarre: Astrid.
Altea sabía que antes hubo otras, pero Astrid fue la última antes de la maldición.
La que cambió para siempre su sino. Astrid, que separó la luz y la oscuridad, que aprendió demasiado tarde que el hechizo tendría consecuencias.
Desde que dio a luz a Aria y Lena, todas las brujas Alén fueron madres de gemelas: dos brujas con sus destinos escritos.
Una de luz, instruida en la magia; una de oscuridad, apartada de ella.
Y así sería hasta que una bruja de luz tuviera una sola descendiente, una heredera que unificaría de nuevo los poderes y acabaría con la maldición…
o con el clan. Así lo había dejado escrito Astrid y así sería.
Cuando Altea creció, su talento era tan extraordinario que sus servicios se hicieron muy populares entre las vecinas de Fene.
Más incluso que los de sus antepasadas. Ahora bien, si durante su infancia los atados, preparados y rituales convivían con normalidad con las novenas y las misas de domingo, en los años 30, la situación política y social empezó a retroceder en lugar de a avanzar.
La guerra primero, y la dictadura después, transformaron a sus vecinos en personajes pacatos, preocupados y en alerta, pegados al rosario noche y día, y temerosos de acercarse a su casa.
Cada vez eran menos las vecinas que visitaban a Altea en busca de ayuda, pero ni toda la mala fama de su condición logró alejar a Adolfo, el hijo del alcalde, que, pese a su estatus de prohombre afín al nuevo régimen y familia lejana del dictador,
seguía rondando la casa de Altea con las excusas más peregrinas.
Adolfo y ella eran amigos desde niños, y él siempre la había pretendido, pese a que Altea le había dejado muy claro que no tenía ninguna intención de pasar por el altar.
Pero Adolfo era dulce, cariñoso y guapo, y Altea no pudo resistirse a un noviazgo fugaz.
El joven redobló esfuerzos, decidido a convertirla en su esposa: la cortejaba, la colmaba de regalos y hasta se arrodilló ante ella en el mercado para pedirle matrimonio.
Un anillo que Altea rechazó con buenas palabras y una suave caricia en la mejilla.
Ni siquiera esa negativa pública consiguió que Adolfo desistiera.
Hasta que Altea se quedó embarazada. Un escándalo en aquella sociedad cada día más conservadora, y que se convirtió en el tema de conversación favorito en el mercado, en la taberna y a la salida de la iglesia.
Algunos aseguraban que el padre era un marinero inglés de paso por Ferrol; otros, que aquel embarazo era obra del mismísimo demonio.
Altea nunca se molestó en aclararlo. Adolfo se sintió humillado, engañado, ultrajado.
Y aun así, su obsesión por Altea no hacía más que crecer.
Y él siempre tenía todo lo que quería. Ella, por su parte, se dedicó a cuidar de su hija, la elegida.
Solo una hija en el parto: el fin de la maldición de las Alén, o la última del clan.
A finales de 1948, un nuevo gobernador civil tomó el poder en A Coruña.
Recrudeció la persecución contra los disidentes de una manera feroz.
El desfile de los condenados por las calles de los pueblos y aldeas producía una tristeza insondable.
Ellos, cabizbajos y cubiertos de golpes, eran paseados sabiendo que su destino sería cualquier cuneta.
Ellas, semidesnudas y rapadas, conscientes de que se verían obligadas a vivir en la indigencia, perseguidas y humilladas.
Altea había conseguido escapar de la persecución; en parte porque vivía su vida con discreción, en parte por el respeto que los vecinos de Fene aún le tenían, temerosos de sus poderes.
Pero sobre todo por la intervención de Adolfo, que enseguida supo cómo aprovecharse de la política del terror del nuevo gobernador.
Adolfo sabía que la noche previa a Todos los Santos Altea solía adentrarse en el bosquecillo que había junto a su casa a recoger hierbas que, según decía, tenían más poderes curativos entonces.
Él lo planeó para que Altea no se perdiera la procesión de los maquis que serían fusilados en las lindes del bosque.
Se encargó, además, de que, junto a ellos, se ajusticiase a dos mujeres: María la pescantina, una joven acusada de actos impúdicos, y Nieves, la viuda del maestro, a quien ya habían detenido en más de una ocasión por ser sospechosa de esconder sediciosos en su casa.
El estruendo de las botas sobre el manto de hojas secas alertó a Altea de que no estaba sola. Luego, unos brazos fuertes la aprisionaron por detrás. Dejó escapar un gemido asustado y Adolfo le tapó la boca.
—No grites, insensata, no querrás que nos oigan, ¿no?
—Pero ¿qué haces, Adolfo? Déjame ir, Aurora está sola en casa.
—La niña estará bien, tú no te preocupes, y ahora cállate y no pierdas detalle.
Le sujetó la barbilla con determinación y dirigió su mirada hacia el claro donde seis hombres y dos mujeres, desnudos y con los ojos tapados, suplicaban piedad.
Altea sintió el miedo recorrerle el espinazo.
Miedo por lo que iba a pasar a continuación, miedo por lo que pudiese sucederle a su hija.
Miedo a la oscuridad que vio en los ojos de Adolfo cuando trató de girar la cabeza para no mirar, una oscuridad que nunca antes había detectado, pero que reconocía de otros hombres, de otras miradas.
—Mira, Altea —le giró la cabeza con brusquedad—, y no cierres los ojos, que eso no cambiará su destino.
No había terminado de pronunciar las palabras cuando las balas de los fusiles anunciaron el final de esa pobre gente.
Altea forcejeó para escapar de aquel horror. Las lágrimas caían por sus mejillas.
—No llores, boba. —Adolfo la giró y la apretó con fuerza contra él. Secó su llanto—. Sé que es duro, pero era importante que vieses a lo que te enfrentas. Tienes que despertar de una vez, Altea.
—¿Despertar? ¿Pero estás loco? ¡Acaban de matar a personas inocentes, Adolfo!
—¿Es que no lo ves? ¡No eran inocentes! Eran rebeldes, revolucionarios peligrosos…
—¿Y ellas? ¡Ellas eran solo dos mujeres, dos mujeres cualquiera!
—No, Altea, eran dos mujeres como tú. —Él le clavó el índice a la altura del corazón—. Dos mujeres empeñadas en vivir fuera de las normas. Exactamente como tú, solo que tú… me tienes a mí.
Adolfo abrazó con fuerza el cuerpo rígido y helado de Altea. Le acarició su espalda, siguió por las caderas, la curva del trasero…
—Tú me tienes a mí, que te quiero tanto que estoy dispuesto a casarme contigo, a hacerme cargo de tu bastarda y olvidar que fuiste tan irrespetuosa como para entregarte a un fulano.
Yo puedo ofrecerte protección, seguridad, un futuro.
Solo tienes que decir que sí. Di que sí, ámame, Altea, dame lo que quiero…
—Adolfo, por favor, suéltame.
Altea forcejeaba, su cerebro trabajando a toda velocidad, tratando de imaginar qué había llevado a aquel niño que siempre había sido dulce con ella a comportarse de esa manera, a organizar ese espectáculo para amedrentarla y hacerla correr a sus brazos.
El hombre que creía conocer y apreciar se había transformado en un monstruo dispuesto a doblegar su voluntad por la fuerza.
El miedo dio paso al asombro, el asombro a la rabia, y gracias a ella, reunió las fuerzas para separarse de Adolfo de un empujón.
—¡Te lo he dicho mil veces, Adolfo, no voy a casarme contigo!
—Pero ¿quién te crees que eres, puta?
El insulto fue doloroso, mucho más que la bofetada que llegó después y que le quemó en la cara. Altea se llevó la mano a la mejilla y sintió el odio crecer en su interior.
—¡Eres una cualquiera, una puta más que se quedó preñada de cualquier marinero de paso! Pero te quiero y estoy dispuesto a olvidarme de todo, incluso de tu madre, la bruja. Te estoy ofreciendo un futuro decente, Altea, no te atrevas a rechazarlo.
La mención de su madre fue el punto de inflexión. Altea sintió que el último resquicio de calma se evaporaba en medio de aquella vorágine de rabia, odio y venganza. Y eso, unido al miedo que la atenazaba y al desprecio que sentía por aquel hombre, la espoleó. Altea le escupió en la cara.
Su saliva se escurrió por las mejillas acaloradas de Adolfo, que no daba crédito.
Cuando le alcanzó la comisura de los labios, Altea ya sabía que había cometido un terrible error.
Adolfo se abalanzó sobre ella como un animal, con toda la energía de su cuerpo joven, robusto y bien alimentado. Soltó un grito gutural.
Ella sintió el peso de su cuerpo, sus manos frías aventurándose entre las enaguas: el aliento húmedo y acre en su boca.
Sintió el sabor salado y metálico de la sangre cuando él le mordió el labio, y el empujón del pene entre sus piernas, seco y lacerante.
Sintió el dolor agudo de cada penetración, y el jadeo inconsistente de su hálito sobre ella mientras con cada embestida murmuraba «no tendría que haber sido así», «tenías que decir que sí», «eres una desagradecida».
Adolfo se cobró con sangre y lágrimas cada año de amor no correspondido, y Altea pagó estoicamente el precio, llorando al pensar en su pequeña Aurora, sola en casa.
No supo cuándo perdió el conocimiento ni cuándo terminó Adolfo y se levantó para dejarla, herida y semidesnuda, en medio del bosque.
Cuando despertó, el alba rayaba el horizonte. Corrió hacia casa esperando lo peor; sin embargo, Aurora dormía plácidamente. Después, se lavó, se curó las heridas y se sentó a esperar a la patrulla que vendría a buscarla.
Tampoco eso sucedió.
Unas semanas después, se topó con Adolfo en el pueblo. Él rehuyó su mirada y continuó su camino sin saludarla. Esa misma noche, supo que estaba encinta. Meses después, Altea dio a luz a Betsabé.