Diciembre de 2017 #3
—¿Quién… cómo… qué cojones está pasando?
—No lo sé, pero… —A dos pasos de nosotros está el perchero de la entrada. Saco la cartera de mi bolso y en un movimiento rápido encuentro la tarjeta que la mujer me entregó en el funeral de mi abuela—. Sí sé cómo averiguarlo.
***
El portal es estrecho y antiguo, madera maciza pintada de un granate oscuro y algo desportillado que no oculta ni la calidad de la veta ni los años transcurridos desde la última puesta a punto.
La plaza de María Pita está desierta este uno de enero; apenas unas cuantas familias aprovechando la tregua de la lluvia para que sus retoños quemen energía al aire libre con sus bicicletas, triciclos y patinetes.
Indi se encoge dentro de su parca acolchada y hunde las manos en los bolsillos para protegerse del frío mientras yo reúno fuerzas para pulsar el telefonillo.
Mi indecisión debe ser evidente, porque su suspiro me obliga a encararlo.
—¿Estás segura de que no quieres que suba contigo?
Se ha empeñado en acompañarme, pese a todos mis convincentes argumentos en contra.
«No es discutible, Amanda. Te llevo y te espero en la puerta, punto».
No me ha sugerido subir conmigo a casa de Betsabé, aunque, al parecer, sí lo ha pensado.
De hecho, la intensidad de su mirada me indica que lleva dándole vueltas desde la llamada.
—No. —Espero unos segundos antes de continuar—. No hace falta, de verdad. Ya has hecho mucho acompañándome hasta aquí, no te preocupes. Busca un bar abierto, tómate algo, no creo que tarde demasiado.
Indi niega con la cabeza y frunce el ceño.
—No, te espero aquí.
La puerta se abre con un sonido metálico en cuanto pulso el telefonillo, pero no he dado todavía un paso dentro cuando la mano de Indi me aferra la muñeca. Un escalofrío me recorre la columna vertebral al notar la calidez de sus dedos sobre la piel.
—Si tardas más de 45 minutos subo a buscarte. Echaré la puerta abajo si hace falta, Amanda, y no estoy de coña.
Quiero reírme, pero el rictus serio de su boca me deja claro que no es momento para bromas. Acaricio el dorso de la mano que todavía no ha soltado mi muñeca.
—Estaré bien.
Indi asiente y me deja ir, aunque el gesto serio domina su frente, las esquinas de sus ojos y la comisura de su boca.
La escalera es estrecha e irregular; peldaños de madera desgastada que crujen con cada paso y me recuerdan la escalinata de la casa de mi abuela. La misma que anoche subí a la carrera buscando respuestas para encontrar solo preguntas.
En el primer descansillo, una gran puerta de madera oscura me recibe entreabierta. Cojo aire, vacío los pulmones muy despacio, y empujo suavemente. La puerta cede y me da acceso a un mundo diferente, caótico y denso.
El vestíbulo es oscuro y opresivo. Las paredes están recubiertas por un papel entelado de color granate con filigranas de tonalidad oro envejecido.
Docenas de cuadros enmarcados en madera oscura decoran las paredes.
No hay dos iguales. Paisajes irreconocibles para mí, fotografías en sepia de retratos, bodegones de tamaño medio que representan naturalezas muertas algo inquietantes, páginas manuscritas enmarcadas tras gruesos cristales.
En el centro del espacio, que no tendrá más de cuatro metros cuadrados, una lámpara de araña gigante preside el techo, decorado con molduras de madera.
Es demasiado para este lugar, cuajada de cristales opacados por los años y coronada por una veintena de bombillas con forma de vela que le otorgan un aspecto decadente, a juego con la luz amarillenta y desvaída que proyecta.
Bajo la lámpara, una mesa de madera muy parecida a la del vestíbulo de la casa de mi abuela, y encima, un enorme jarrón chino lleno de flores secas, ajadas y descoloridas.
Y si este recibimiento resulta desconcertante, el resto del espacio es todavía más inquietante.
El vestíbulo da a un pasillo estrecho enmarcado por dos cortinones granates recogidos con cordones trenzados dorados, y, junto a ellos, dos cuernos de elefante flanquean el acceso.
Son desproporcionadamente grandes; esfinges mitológicas que protegen los secretos de la casa ante las visitas no deseadas.
Atravesarlos supone un acto de fe. Retengo el aire y lo expulso de golpe una vez cruzo al otro lado.
—Pasa, querida, llegas justo a tiempo para el aperitivo.
La voz grave de Betsabé me llega desde el fondo de la vivienda. Inspiro con fuerza y camino con decisión hasta el final del pasillo. En el salón, la luz natural invade el espacio gracias a las ventanas de suelo a techo. El contraste me impresiona.
—¿Te gusta el vermú solo o lo prefieres con ginebra?
Betsabé lleva una camisa de seda de color gris perla que cae majestuosamente sobre sus hombros relajados y deja entrever la forma turgente de un pecho que no cuadra con su edad.
La camisa se esconde en la cintura de unos pantalones vaqueros de corte clásico que parecen muy caros, y luce varias pulseras que tintinean cuando sirve con elegancia el vermú en un vaso bajo de cristal tallado.
No lleva maquillaje; el cabello rubio, recogido en un moño italiano despeinado, natural y distinguido, y calza mocasines de piel.
Todo en ella grita rancio abolengo y cuenta corriente boyante. Me intimida.
—Con ginebra —respondo tratando de aparentar seguridad e indiferencia vagando por la estancia con fingida despreocupación.
Los muebles, antiguos, caros, contrastan con la televisión de última generación del fondo de la estancia.
Hay butacones, sillones, mesas auxiliares de madera tallada con finísimas filigranas y una enorme librería cargada de ejemplares de lo más variado.
Distingo la colección de clásicos de Austral, varios libros de bolsillo, algunos ejemplares de tapa dura de aspecto caro y desmadejadas publicaciones en rústica que han vivido tiempos mejores.
Junto a la librería hay una vitrina llena de miniaturas de plata y marfil, una colección curiosa.
—Ven a sentarte, querida, espero que te gusten las gildas; es lo que mejor combina con el vermú, en mi opinión.
Betsabé se ha sentado en una mesa camilla cubierta por un tapete de ganchillo fino y suave, bajo el que se intuye un cobertor de seda salvaje de color granate con reflejos rosados.
Sobre la mesa hay una bandeja de gildas con queso y anchoa, dos vasos de vermú con hielo grueso, cáscara de naranja y limón, y una baraja de cartas.
Me cuesta imaginar a esta mujer elegante y distante jugando al solitario en las horas muertas o invitando a sus amigas a una partida de brisca.
Mientras me siento frente a ella, capta mi mirada sobre el mazo.
—Oh, ya llegaremos a eso, querida. Primero brindemos.
Betsabé levanta el vaso con solemnidad y estira el cuello con la elegancia de una prima ballerina.
—Por los secretos revelados.
Ladeo la cabeza en un gesto de incredulidad, pero no alzo el vaso. Ella no parece ofendida; sonríe, humedece los labios en el vermú, devuelve el vaso a la mesa y empuja hacia mí la bandeja de gildas.
—¿Quién eres?
—Vaya —su sonrisa es franca y abierta—, directa al grano. Eso lo has sacado de tu abuela, siempre fue cabezota y muy expeditiva, pero eso ya lo sabes.
Me estoy impacientando. Hago un gesto de desesperación con las manos, invitándola a seguir.
—Oh, vamos, Amanda, eres una chica lista, a estas alturas ya deberías haberlo deducido.
—No soy muy amiga de las deducciones. Sobre todo, cuando puedo preguntar directamente, así me aseguro de tener toda la información.
—Bien visto, bien visto. —Betsabé da un nuevo sorbo al vermú y coge el mazo con sus manos delgadas y finas, salpicadas de anillos con piedras preciosas engastadas.
Baraja el mazo con elegancia y tira una carta sobre la mesa. Ante mí aparece la figura de la muerte. El dibujo tiene un aire medieval: un esqueleto vestido con una capa negra y su guadaña.
Son cartas del tarot.
—Estuve en el funeral de tu abuela —tira una segunda carta sobre la mesa y aparece una pareja abrazada—, conocía a tu madre y te conozco a ti, aunque tú no lo recuerdes.
Una tercera carta cae sobre la mesa: la imagen de una sacerdotisa majestuosa.
—Y sé cosas que te parece imposible que pueda saber. Así que, ¿quién crees que soy?
—¿Somos… parientes?
—Bingo, querida. —Betsabé recoge las cartas con elegancia y las devuelve al mazo—. Eres lista, lo sabía, igual que sé que has heredado el don familiar.
—¿El don familiar?
—Oh, Amanda, por Dios, ¿no te has dado cuenta todavía? —Eleva de nuevo el vaso de vermú y brinda hacia mí—. Eres bruja, cariño. Todas lo somos.
Estallo en una risa franca y estridente, pero Betsabé, de nuevo, no parece ofendida, sino más bien divertida.
—Vamos a ver si con esto puedo ayudarte un poco —dice. Se levanta y se encamina hacia la librería. Abre uno de los armarios de la parte baja y extrae una especie de ¿álbum de fotos?
Se sienta de nuevo y me lo tiende abierto por la primera página.