Hijas de Lilith Diciembre de 2017 #2
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Diciembre de 2017 #2

Durante unos segundos el silencio y la oscuridad invaden la sala.

La televisión deja de emitir los gritos de los presentadores, las lucecitas de colores se apagan y las lámparas no alumbran. Desde las ventanas del jardín se cuela el resplandor frío de la noche de invierno, una noche sin luna y casi sin estrellas que nos impide situarnos en el espacio.

No sé cuánto tiempo transcurre, porque todo pasa a la vez muy despacio y muy deprisa.

Solo sé que Uxía, Indi y yo nos buscamos las miradas en la penumbra y que la mano de Indi se aferra a la mía con un calor reconfortante, pero insuficiente.

Las risas de Anuncia y Encarna han dejado paso al sonido metálico que deja el silencio tras el estruendo.

Como cuando te sumerges en el mar en una tarde de verano y la playa está abarrotada de gente.

El sonido de la felicidad y la algarabía aplacado bajo el agua; la luz cegadora del sol tamizada desde la profundidad.

Nadie dice nada, desconectados de la realidad de repente.

—Joder, ¿se ha ido la puta luz?

Gonzalo rompe el silencio con la eficiencia de un cuchillo de carnicero mal afilado. No contestamos.

—Estas casas viejas tienen las instalaciones eléctricas hechas mierda, Indalecio, tío, tendrías que…

El parloteo vacío de Gonzalo cesa abruptamente cuando el borboteo de la estática nos sorprende desde la pared del mueble bajo del salón. Todas las cabezas se giran a la vez, buscando el origen de ese murmullo eléctrico, indescifrable.

—¿Qué cojones…?

Uxía alarga la mano y sella la boca de su marido mientras le pide silencio con el índice sobre sus propios labios.

El sonido eléctrico se intensifica y se camufla bajo una especie de nieve deslocalizada y turbia. Ruido blanco.

—Joder.

El exabrupto de Indi es casi un susurro, tan bajo que creo que solo yo he podido oírlo.

Frente a nosotros, el dial de la radio que presidió el salón los primeros años de mi infancia empieza a moverse.

La aguja roja navega entre las frecuencias sin detenerse en ninguna, arrancando agónicos sonidos metálicos salpicados de interferencias.

—Creía que habías dicho que no funcionaba —le susurro a Indi.

—Y no funcionaba… Supongo que el pico de tensión que se ha cargado la luz ha generado algún tipo de impulso eléctrico que…

—No puede ser.

—¿Qué? —Indi parece desconcertado, pero lo cierto es que yo lo estoy todavía más.

—Que no puede ser. Está desenchufada.

Señalo con la cabeza el cable desmadejado que cuelga tras el mueble bajo, desconectado de la corriente, alejado, incluso, de cualquier enchufe del salón.

—¿Pero cómo…?

En ese momento, la voz suave y cristalina de Imperio Argentina comienza a sonar. Es un murmullo suave, delicado como un copo de nieve, pero tan claro como si la propia artista estuviese a nuestro lado en este salón a oscuras.

El día que nací yo

Qué planeta reinaría

Por donde quiera que voy

¿Qué mala estrella me guía?

Estrella de plata

La que más reluce

¿Por qué me llevas por este calvario llenito de cruces?

Y de repente, todo se precipita.

Un fusible de la vieja radio estalla, salpica chispas a nuestro alrededor, y un estruendo ensordecedor arrasa la casa.

Es como si en el piso de arriba hubiese caído un rayo.

La casa tiembla, y se estremece como si estuviese viva.

Durante unos segundos muy largos siento pánico y tengo la sensación de que los cimientos van a desaparecer bajo nuestros pies y la tierra va a tragarse la casa, a mi familia recién recuperada, a mí.

Cierro los ojos, y tras lo que me parece una eternidad, todo regresa a la normalidad.

Las lucecitas de colores vuelven a brillar, las lámparas a alumbrar, los presentadores brindan con alegría desmedida en la televisión, que ha vuelto a la vida como si nada hubiese pasado…

Y nosotros… nosotros no tenemos ni idea de qué hacer.

Indi y Uxía se abrazan, Gonzalo se ha acercado a la radio y la toquetea con impaciencia, mientras Encarna y Anuncia bajan las cabezas tras cruzarse una mirada.

Y algo en ese gesto me despierta un ansia irrefrenable en el pecho.

Abandono el salón con pasos decididos y empiezo a subir por la escalera, abarcando los peldaños de dos en dos. Los demás me siguen, entre desconcertados y nerviosos.

—¿Pero dónde vas? —Indi es el primero en alcanzarme—. Amanda, tía, ¿qué haces?

—Ay, neniña, neniña —oigo la voz de Anuncia al final de la escalera, algo ahogada por las prisas—, neniña, no vayas, que es peor.

—¿Qué es peor? No entiendo nada —dice Uxía.

—Uxía, por el amor de Dios, ¿a dónde vas? Estás como una cabra. —Gonzalo adelanta a Encarna y a Anuncia e intenta retener a su mujer, pero nada puede detener a esta Uxía, decidida y valiente, que se zafa de Gonzalo y se planta a mi derecha.

Indi, a mi izquierda, está ya conmigo frente a la puerta del dormitorio de mi madre. Los miro alternativamente, no tengo claro si buscando reafirmación o que me disuadan. Me decido por lo primero.

—Amanda, no…

La súplica de Encarna llega tarde. Para cuando mis oídos la procesan, la puerta de la habitación está abierta de par en par.

La más absoluta oscuridad domina el dormitorio de mi madre.

Y no me refiero a que la noche sin luna dificulte la visión, sino a una especie de ente denso, turbio e insondable que da forma a la desesperación.

Con un gesto rápido, acciono el interruptor de la luz.

Contengo el aliento. El techo que el equipo de Indi había arreglado con mimo ya no está.

O, mejor dicho, ya no está sobre nuestras cabezas.

Parte de los escombros, avejentados y enmohecidos, se esparcen por el suelo, donde se amontona polvo, hojas secas y musgo.

El mismo musgo que crece en las paredes y que se une al moho negruzco y de aspecto astillado que se propaga por las esquinas de la habitación y por la colcha que Encarna y Anuncia habían lavado y planchado.

El cuarto está exactamente igual que hace unas semanas. No… no está igual, está diferente. Está… peor. El aire es más denso y huele a humedad y podredumbre, la suciedad se ha multiplicado y siento el frío intenso del interior, pese a que aún no he entrado.

Estoy a punto de cruzar el umbral cuando oímos el sonido metálico y grave del timbre. Los invitados han llegado.

Anuncia se adelanta y cierra de un portazo el cuarto de mi madre.

—Ve a recibir a tus invitados, neniña.

***

Stevie Nicks suena de fondo desde el altavoz portátil.

Anuncia y Encarna fueron las primeras en abandonar la fiesta, cuando todavía no eran las dos.

A eso de las tres, Uxía y Gonzalo se despidieron.

El resto ha aguantado hasta pasadas las cinco de la madrugada.

Ahora, el reloj de pared, este reloj que funciona cuando quiere, anuncia que son las seis de la mañana, y solo quedamos Indi y yo.

Hace un rato me he levantado y preparado té de manzana en la cocina. Indi acerca a su boca la taza y yo mordisqueo una galleta de avena y chocolate. No es exactamente un desayuno, porque tampoco es exactamente la hora de desayunar, pero resulta normal y cotidiano, y eso me reconforta.

Durante cinco horas la casa ha sido una verbena, con una mezcla absurda de boleros, bachata, reguetón, rock y brindis.

Pero en este momento, con el alba rayando en el horizonte, solo puedo pensar en el techo desplomado sobre la cama de mi madre, el moho trepando por las paredes que esta mañana estaban recién pintadas y el verdín apoderándose de la colcha.

—Suéltalo. —Indi me saca de mis pensamientos—. Estás dándole vueltas a lo de arriba, ¿verdad?

—A lo de arriba, a lo de abajo… a todo. No… —niego con la cabeza—, no es normal, ¿verdad?

Levanto la mirada de la taza de té para tropezar con los ojos oscuros de Indi clavados en mí. Durante unos segundos simplemente nos miramos.

—No —dice al fin en un susurro.

Coge una galleta y la desmiga con nerviosismo sobre la encimera de la cocina.

—La obra del tejado estaba bien hecha, yo mismo la supervisé. No tiene sentido que se desplomase de esa forma. La gotera es ahora dos veces más grande, joder… —Suspira con resignación—. Pero es que, aun suponiendo que haya habido un problema estructural y que se ha desplomado, está…

—Está todo lo demás —termino por él—. Viste con tus propios ojos cómo estaba ese dormitorio por la mañana. Recién pintado, impoluto, y ahora…

—Ahora está peor que hace dos semanas. Sí, lo sé, yo… me gustaría poder darte explicación, pero no puedo, Amanda. No sé.

El timbre del teléfono fijo nos sobresalta y damos un respingo en las banquetas.

A estas alturas del siglo los teléfonos fijos son casi una antigüedad, pero esta casa parece aferrarse con uñas y dientes al pasado.

En el mueble taquillón del vestíbulo, hay un teléfono verde musgo. Uno de esos de los 70, con marcación en disco. Cuando era niña, mi madre instaló un segundo terminal en el salón, inalámbrico, pero mi abuela siguió fiel a esta reliquia anclada a la pared.

Indi y yo nos plantamos frente al teléfono de un salto. Nos miramos con una mezcla de incertidumbre e intriga y cuando Indi asiente, descuelgo.

—Diga.

—Feliz año nuevo, Amanda, ¿qué tal ha ido la fiesta?

La voz al otro lado del auricular es grave y femenina, y resuena en mi memoria, aunque no consigo identificarla.

—¿Con quién hablo?

—Espero que el incidente de medianoche no haya supuesto un problema.

Le hago un gesto a Indi para que acerque el oído al auricular. Él da un par de pasos, pega su cuerpo al mío y se agacha. La calidez de su aliento se mezcla con el mío.

—Creo que ahora ya has comprendido por qué no te será fácil vender la casa, querida. Siento que haya sido de una forma tan… abrupta.

—Pero ¿cómo…?

—¿No crees que ha llegado el momento de que me hagas una visita? Será un placer tomar el aperitivo contigo, Amanda. Preparo un vermú espectacular, ya lo verás.

Durante unos segundos no se oye nada más que mi respiración agitada; después, la mujer al otro lado retoma esta conversación que es casi un monólogo.

—Ya sabes dónde encontrarme. Te espero hoy a la una, no te retrases.

El sonido de la línea cortada lleva ya unos segundos cuando consigo despegar el auricular de mi oreja y colgar. Al levantar la mirada, los ojos de Indi son todo preguntas.