Diciembre de 2017
He decidido no poner árbol de Navidad, en parte por pereza y en parte por evitar un desastre con Trina, pero no he podido resistirme a las lucecitas de colores,
así que el salón refulge bajo la iluminación tenue de las lámparas de pie y las miles de bombillas diminutas que he colocado por todos lados.
El ambiente es cálido y agradable. Durante las últimas semanas me he aficionado a leer acurrucada bajo una manta en la mecedora de mi abuela, mientras la noche inunda el jardín y las lucecitas navideñas parpadean afuera.
Las obras terminaron a tiempo, tal y como Indi predijo.
Y eso que Eva, la chica morena de pelo corto, que ha resultado ser una experta en trabajar con humedades persistentes, tuvo que cambiar varias veces de estrategia.
Cada vez que aplicaba una capa de imprimación sobre la pared, las manchas negruzcas desaparecían, pero regresaban al cabo de un par de horas, y todavía más grandes.
Tres días después de comenzar y una docena de productos químicos más tarde, el dormitorio de mi madre parecía estar por fin a salvo.
Por supuesto, que en ninguno de los dormitorios hubiese ni rastro de moho tóxico y que la casa luciese mejor que nunca ayudó a que dos inmobiliarias se mostrasen muy interesadas.
Enviaron agentes a inspeccionar la propiedad: un hombre joven trajeado de afeitado perfecto y una mujer de unos sesenta años con los labios pintados de rosa chillón.
Ambos ofrecieron sus mejores sonrisas y me garantizaron que podrían venderla sin problema.
A veces me da vértigo la rapidez con la que se suceden los cambios en mi vida.
Llevo menos de un mes viviendo en la casa de mi infancia; no tiene sentido pensar que echaré de menos las baldosas de la cocina, las vistas de este salón o las ramas del limonero pegadas a mi ventana.
Pero la realidad es que siento un profundo hueco en el pecho con la idea de desprenderme de ella y me aterra no saber qué haré una vez la venda.
Sigo sin trabajo, no tengo pareja ni planes de futuro, pero sí una preciosa vajilla de Sargadelos y una cristalería de ensueño rescatadas del aparador que hoy van a presidir la mesa para celebrar el año nuevo.
La pequeña fiesta ha terminado por convertirse en una cena familiar, o algo parecido, a la que se unirán el resto de invitados tras las uvas.
La idea fue de Uxía, pero tengo que reconocer que la aplaudí con entusiasmo.
Seremos seis a la mesa: Anuncia y Encarna, Uxía y Gonzalo, Indi y yo.
Hoy por fin conoceré al marido de Uxía. A estas alturas, me tiene muy intrigada.
Ni un solo día se ha acercado a comer con nosotros.
Tampoco se ha dejado ver en los planes de fin de semana.
—¡Hola!
Oigo a Uxía, que entra por la puerta de la cocina. Debe de estar haciendo malabares con las bandejas de la cena: bacalao en salsa verde y pavo al horno con verduras. Ella se ha encargado de elegir el menú y cocinar, pese a mis protestas por considerar que es demasiado trabajo para ella.
—¡Estoy en el salón! ¡Voy volando!
—¡Más te vale, que esto pesa!
Al llegar a la cocina, me topo con un despliegue de bandejas y táperes para alimentar a una familia de osos.
—A ver, dime dónde podemos ir emplatando todo esto. Y no me seas cutre, eh, nada de platos de cartón, si no querías tener que fregar haber puesto un lavaplatos. Yo no pienso fregar nada, mis táperes se vuelven a casita que mi cocina sí vive en el siglo xxi, como comprenderás.
—Voy a por las bandejas de la vajilla —le digo alejándome—. Hay vino blanco en la nevera y también vermú.
—Paso de empezar a beber ya, que la noche es muy larga.
Regreso del salón con varias fuentes y dos copas.
—Un vermú te lo vas a tomar —digo sirviendo unos hielos y unas rodajas de naranja y limón en las copas—, porque vas a brindar conmigo.
—Eres una mala influencia. —Uxía coge el vaso que le tiendo.
—Alguna vez tenían que invertirse los papeles.
—Ja, ja, muy graciosa. —Se retira un rizo rebelde de la frente y resopla—. A ver, ¿por qué brindamos?
—Por conocer a Gonzalo —digo—. Por cierto… ¿dónde está?
—En casa, viene en un rato, que tenía lío, y vaya brindis de mierda, tía. A ver, brindemos de verdad.
Uxía se pone seria y muy tiesa frente a mí.
—Por que el año nuevo nos traiga toda la felicidad que merecemos —dice con solemnidad.
—Qué buen brindis. —Alzo mi vaso—. Venga, por que el año nuevo nos traiga toda la felicidad que merecemos.
Entre las dos enseguida tenemos todo listo, y eso que nos hemos echado unos bailes mientras cantábamos a gritos varias canciones de Shakira.
Luego, en mitad de una actuación estelar con un temazo de ABBA, que no sé cómo ha llegado a la lista de reproducción, Indi ha irrumpido en la cocina.
Nos ha pillado justo en el estribillo, con Uxía encaramada a un taburete de la cocina usando una espumadera como micrófono mientras yo danzaba alrededor de su podio improvisado.
Antes de las nueve solo falta Gonzalo, que aparece por la puerta principal y me deja sin palabras. No es en absoluto como lo esperaba.
Cuando éramos niños, Uxía tenía muy claro que se casaría con un príncipe azul, un hombre alto, atlético, rubio y de ojos azules, con facciones elegantes y refinadas y sonrisa de anuncio.
Y supongo que, de alguna manera, ha logrado lo que deseaba, porque Gonzalo es alto, rubio y guapo, sí.
Pero también extremadamente seco y distante.
—Hola, soy Gonzalo.
Extiende la mano para saludarme, y esas son todas las palabras que me ofrece. Ni un «encantado de conocerte», ni «Uxía me ha hablado mucho de ti». Nada. Solo ese saludo austero y frío. Acto seguido, le tiende el abrigo a su mujer.
—¿Ya estás bebiendo? —Uxía lleva en la mano un segundo vermú que yo misma le he servido—. Uxía, por Dios.
—¡Ah! ¡No! Es solo el vermú del aperitivo —dice ella dejando el vaso sobre el taquillón, junto al perchero, en el que me parece el gesto más triste que le he visto hacer en toda mi vida.
—He venido en cuanto he podido, pero no entiendo por qué tenemos que cenar aquí, hubiese sido más cómodo hacerlo en casa.
—Amanda quería invitarnos, y esta casa es grande, cabemos todos.
—¿Quién más viene? —De nuevo se dirige a su mujer, pero antes de que ella pueda responder, interrumpo la conversación.
—Quería celebrar la entrada del año con mi pequeña familia elegida, ya sabes. Vosotros, Indi y mis tías.
—¿Amparo tenía hermanas? —Empieza a mosquearme que este tío le hable solo a su mujer.
—Se refiere a Anuncia y Encarna. —Uxía ha colgado el abrigo en el perchero y conduce a Gonzalo al salón, donde Indi y mis tías esperan ya.
—Ah, las viejas esas.
—Gonzalo…
—Ay, cariño, no seas pesada, ya me callo.
Al entrar en el salón, dirijo a Indi una mirada acusatoria y me responde encogiéndose de hombros, como diciendo «qué quieres que haga»; intuyo que su cuñado no es su persona favorita. El saludo frío que intercambian me lo deja claro.
Pese a todo —y con todo quiero decir pese a que Gonzalo es una persona lamentable que navega entre los silencios y las lecciones magistrales sobre cualquier tema de conversación—, la cena transcurre con normalidad y diría incluso que alegría.
Cada bocado es una delicia, mis tías cuentan anécdotas hilarantes de la juventud de mi abuela y de la infancia de mi madre, e Indi y Uxía se encargan de desenterrar los recuerdos más vergonzosos de la nuestra.
Para cuando terminamos el suflé que Uxía ha preparado de postre, todos estamos llenos y felices.
—¿Por qué no tomamos los polvorones y el cava en la sala? Quedan solo quince minutos para la medianoche —me levanto doblando la servilleta— y ahí podremos ver las campanadas en la tele.
Todos me siguen. Anuncia y Encarna alaban la decoración navideña, mientras Indi y yo sacamos las copas y los dulces.
Gonzalo enciende la televisión de plasma que ocupa ahora parte de la pared frente al sofá, y que ha sido mi contribución para modernizar el espacio.
No tengo claro si cuando me vaya me la llevaré o la dejaré aquí.
Ahora mismo la tele parece un condensador de fluzo en medio de esta sala anclada en otra época.
Indi descorcha el cava ante el aplauso emocionado de Anuncia y sirve las copas generosamente.
—Vaya piscina, tío —me meto con él.
—Es que Indalecio tiene la costumbre de emborrachar a mi mujer.
Supongo que Gonzalo quería soltar una broma, estoy casi segura, pero el comentario ha sonado tan mal que hasta Anuncia, que efectivamente está un poco ebria y bastante feliz, detiene su parloteo chispeante.
—Uy, ¡los cuartos, los cuartos!
El gritito de Anuncia rompe el encantamiento y cada cual coge sus uvas. He encontrado un juego de chatos de vino de Sargadelos y los he utilizado como cuencos; queda precioso, pero son un poco pequeños y algunas uvas se escapan y ruedan hasta el suelo.
—¡Mierda! —Gonzalo parece especialmente frustrado buscando una que se le ha caído bajo la mesa—. Joder, vaya mierda.
—No seas borde, está todo precioso —responde Uxía.
—Ay, que se me caen.
Indi trata de que no se le escape ninguna colocando las manos de una manera muy rara.
Anuncia se ha agachado para ayudar a Gonzalo a buscar la uva perdida, pero ahora es incapaz de incorporarse, y mientras Encarna tira de ella, le entra una risa incontenible, sonora y feliz.
Gonzalo ha colocado las uvas en fila sobre la mesa, como soldados listos para la instrucción, y las cuenta una y otra vez para asegurarse de que ningún recluta se escabulle.
Uxía, plantada a mi lado, deja vagar la vista por la sala; Anuncia y Encarna muertas de risa, desestabilizadas y al punto de caer sobre el sofá; Indi con la taza arropada entre sus enormes manos, y Gonzalo murmurando mientras cuenta por enésima vez sus uvas-soldado.
En la pantalla, el carillón de la Puerta del Sol comienza a bajar y los presentadores elevan el volumen de forma tensa y emocionada.
La imagen es hilarante.
Delirante.
Y tanto Uxía como yo rompemos a llorar de la risa, hipando, ahogadas en carcajadas que hacen que todos se giren hacia nosotras desconcertados, sin terminar de entender muy bien qué demonios nos está pasando.
Y entonces todo se queda a oscuras.