Diciembre de 1599
No le costó mucho encajar en el pueblo, aunque, en realidad, nadie podría llamar a aquello «pueblo».
Astrid se había asentado en un terreno ligeramente elevado y aislado, cercano a una ermita, a varios kilómetros de camino de cualquier aldea.
Se sentía protegida gracias al anonimato y a la tranquilidad del entorno.
Casi una década después de su llegada, ya era una reconocida menciñeira entre las vecinas de las aldeas costeras del norte de Galicia.
Había logrado, además, ahorrar lo suficiente como para hacerse con unos cuantos cerdos y gallinas, y cuidaba con mimo su huerto y sus frutales.
De vez en cuando bajaba al mercado en busca de quesos, pescado o salazones, pero, en general, llevaba una vida discreta que mantenía gracias a sus servicios como partera y menciñeira.
No había vuelto a practicar la magia.
Limitaba sus intervenciones a los atados de hierbas o las cataplasmas curativas, un arte que dominaba sin problemas y que le granjeó el aprecio de las mujeres de la zona, que, pese a desconfiar de aquella viuda solitaria y algo extraña,
agradecían su talento cuando había que afrontar un parto complicado, cuando el trabajo en el campo les causaba ciática o cuando una herida se infectaba.
Apenas atendía a hombres; pero tampoco los echaba de menos.
Se sentía más cómoda y segura en la compañía de las mujeres y confiaba en su discreción cuando les daba alguna indicación «poco ortodoxa»: «ponte esta cataplasma al llegar la luna llena», «bebe esta tisana a medianoche, en tres sorbos».
Ellas, con la duda en los ojos, pero obedientes, seguían las instrucciones, y así trataban los sangrados dolorosos o las migrañas persistentes.
A cambio, la obsequiaban con grano, ropa o pescado que ella aceptaba agradecida.
La vida era entonces tan tranquila como la propia casa.
Durante años, Astrid mantuvo a sus hijas alejadas de su herencia y su legado.
Pero cuando las pequeñas cumplieron nueve años, supo que era el momento de resucitar los poderes del aquelarre.
Una noche, Astrid despertó a Aria, le hizo un gesto para que guardara silencio y, con sigilo, la condujo hasta el huerto anexo a la casa.
—¿Qué pasa, mamá? —Astrid le dedicó una sonrisa tranquilizadora.
La pequeña enmudeció al ver que de las yemas de los dedos de su madre emergía una luz cegadora.
Astrid le mostró a su hija el pasado de su nombre, la historia de su aquelarre, pero omitió la última parte: aquella en la que su hechizo separaba la magia de luz y la de oscuridad.
Después de aquella noche, Astrid empezó a instruir a Aria en la magia blanca a diario, mientras Lena dormía plácidamente en su camastro.
Las primeras semanas resultó muy sencillo.
Aria parecía una bruja dotada y feliz de practicar con sus dones, capaz de insuflar vida a las velas con su aliento o de que los frutales madurasen en diciembre.
Sabía, además, que no debía utilizar su don en público, y que solo la excepcionalidad lo validaba en privado.
Ni siquiera delante de Lena podía Aria liberar sus poderes.
Su madre le había insistido en que esa clase de poder no solía ser bien recibido, y Aria había acatado sus deseos con obediencia.
Lo que nunca supo ella es que Astrid estaba secretamente preocupada por mantener a Lena alejada de los poderes a toda costa.
La pequeña Lena era una niña leal, divertida y obediente, como Aria, pero había algo diferente en ella, un pragmatismo oscuro y determinado que hacía que ni un solo pelo de su cuerpo se alterase ante la impactante imagen de la matanza del cerdo de San Martiño.
Astrid no tuvo que enseñarle a degollar pollos o a desollar los conejos, Lena sabía hacerlo de manera instintiva.
Mientras Aria lloriqueaba ante la idea de tener que matar un animal antes de guisarlo, Lena no sentía rechazo alguno hacia la tarea.
Una mañana, mientras Astrid daba de comer a las gallinas, oyó un grito de terror estremecedor que llegaba desde la porqueriza.
Lo que se encontró al llegar le cortó la respiración.
Un enorme lobo yacía muerto en la entrada, con los ojos abiertos y la boca rígida en una extraña mueca.
Pero lo que más le sorprendió es que no había ni una sola gota de sangre alrededor.
Aria temblaba de miedo a solo unos pasos del cuerpo del animal.
—¿Qué demonios…? Aria, cariño, ¿qué ha pasado?
—Quería matarme, mamá, quería matarme…
—Cariño, mírame, mírame —la pequeña trató de enfocar sus ojos llorosos—; sé que estabas asustada, que lo has matado para protegeros a tu hermana y a ti, pero tienes que tener mucho cuidado, no puedes usar así tus poderes, cualquiera podría…
—No, mamá, no…
—Lo entiendo, de verdad, pero es importante que…
—No, no lo entiendes, no…
—No ha sido ella. —Unos pasos más allá, en la oscuridad de la porqueriza, la voz de Lena sonó limpia y alegre.
—¿Qué quieres decir?
Antes de que pudiera contestar, Astrid supo la verdad. Se le heló la sangre.
—Quería matarla, mamá. —Lena hablaba con calma, pero con determinación—. Así que yo me adelanté.
Astrid reprimió un grito y abrazó a sus hijas.
Se las llevó a casa, y mientras amasaban pan juntas, les dio una charla aparentemente tranquila sobre la importancia de no utilizar sus poderes, mucho menos sin su supervisión. Las niñas se reían y jugaban, pero su madre las obligó a jurar que la obedecerían.
Toda la calma que se esforzó por trasmitir a sus hijas se vino abajo en cuanto se quedó sola en su cuarto. ¿En qué momento Lena había aprendido a utilizar sus poderes? ¿Cómo de fuerte era la magia de la oscuridad en ella?
Al cabo de unas horas, Astrid despertó a Aria en mitad de la noche, como era costumbre, pero no tenía intención de practicar con ella sus poderes.
—Cariño —le dijo una vez en el exterior—, es muy importante que me digas la verdad, ¿le has enseñado algo de magia a Lena?
La niña negó con la cabeza varias veces seguidas.
—¿Estás segura? No voy a enfadarme, te lo prometo.
—No, mamá… No hace falta que le enseñe, ella… Ella sabe más que yo.
El corazón de Astrid se aceleró.
—¿Qué quieres decir?
—Lena hierve agua sin fuego, prende llamas en la nieve, hace ulular a las lechuzas a su antojo y es capaz de hacer que cualquier cosa tenga el sabor de las fresas maduras, aunque esté podrida.
El corazón de Astrid se desbocó justo antes de sentir que se paraba temporalmente.
—¿Estás segura de lo que dices?
La pequeña asintió con entusiasmo.
—Sí, mamá. Por eso cuando empezaste a enseñarme magia me hizo tanta ilusión, porque pensé que si practicaba podría hacer las mismas cosas que Lena.
Astrid mandó a su hija de vuelta a la cama y pasó la noche llorando en silencio, lamentando haber errado en el conjuro.
Había separado la magia, sí, pero al impedir que la parte oscura de Aria tomase fuerza, no había hecho otra cosa que dejar indefensa a su hija.
Y mientras tanto, la magia oscura en Lena crecía descontrolada.
Había creído que separando los poderes y privando a Lena de instrucción lograría aplacar la parte oscura, pero se había equivocado. Se había equivocado por completo.