Hijas de Lilith Diciembre de 2017 #6
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Diciembre de 2017 #6

—Nada de momento, o al menos nada de lo mío. Todavía me queda casi un año de paro y tengo algunos ahorros, así que de momento no me agobio, pero…

—Ey, no, tranquila… Saldrá algo enseguida, ya verás. Espera a que pase diciembre, es un mal mes. En enero se mueven más las cosas.

—Sí, tienes razón. Tampoco es que haya abierto mucho la mano con las condiciones; de momento solo busco curro de bióloga.

—Veo que te estás actualizando —dice señalando mi portátil.

—Sí, me he apuntado a un par de cursos.

—Y también le estás dando duro al saber popular, ¿no? Que te pasas las mañanas en el taller de Aurora.

Mi risa contenida casi hace que me atragante con el bocado.

—Eso no es saber popular ni es nada; de momento, todo lo que hago es machacar semillas para que la casa huela bien. He intentado seguir alguna receta del libro, pero es que están en clave, literalmente.

—¿No entiendes la letra?

—No, no, la letra la entiendo, pero nada tiene sentido, eso no son palabras. Empiezo a creer que mi abuela usaba ese cuaderno como una especie de juego de escritura automática.

Indi niega con la cabeza y arruga la frente, incrédulo, pero le estoy diciendo la verdad, por mucho que cueste creerla.

—¡Hola!

El grito llega desde el vestíbulo.

—Mmmm… —Indi traga el último trozo de su tostada y da un sorbo rápido al café—. Ya están aquí, ¡manos a la obra!

Se levanta y, en dos zancadas, está frente al equipo, en el vestíbulo. Hemos retirado los cartones, porque ya no queda trabajo dentro de la casa que pueda estropear el precioso suelo de madera.

Cuando por fin lo alcanzo, ya está repartiendo instrucciones.

—Entonces, ¿no va a hacer falta retirar la pintura anterior con arena? —pregunto.

—No, para nada, podremos pintar sin problema sobre la anterior, solo tenemos que tratar los desconchones y no son muchos ni muy grandes. En cuatro días, cinco a lo sumo, tendremos la fachada lista.

—¿Y el tejado?

Se dirige a Anxo y Anxela, abuelo y nieta que trabajan juntos.

El hijo de Anxo no quiso saber nada del trabajo de albañilería, y que su única nieta fuese mujer, le hizo perder la esperanza de continuar con la tradición familiar.

Resultó que Anxela tenía otros planes. Empezó por ayudar a su abuelo en algunos trabajos, pero en cuanto acabó de estudiar pasó a formar parte de la plantilla.

—El tejado tiene un agujero, pero eso ya lo sabes —apunta Anxo—. Por lo demás, sustituir alguna teja, reforzar un poco, nada demasiado grave.

—El agujero es raro, la verdad, pero no tiene problema —añade Anxela, recogiéndose la larga melena cobriza en una coleta alta—. Si no llueve, para el miércoles estará listo.

—Genial. —Indi da por concluida la reunión con una palmada—. Manos a la obra todo el mundo.

—Esperad.

Mi intervención los pilla por sorpresa. Están acostumbrados a verme, a charlar conmigo al final del día y a que les lleve café a media mañana, pero nada más. La cuadrilla se gira para mirarme.

—Quería agradeceros vuestro trabajo; me siento muy afortunada de contar con cada uno de vosotros. He pensado que, tal vez, podríamos celebrar el año nuevo juntos.

Indi me dedica una media sonrisa que me invita a seguir.

—Así que, bueno, me gustaría dar una fiesta de nochevieja. Ya sabéis, para agradeceros el esfuerzo. Algo sencillo. Unas copas, música…

—Vaya… —Indi no sabe qué decir, pero Anxela sí.

—Hostia, pues qué guay, Amanda, muchas gracias. No te creas que hay muchas cosas que hacer por aquí en nochevieja, y yo paso de irme de bares, que están siempre petados.

—¿Sí?

—Claro, cuenta conmigo y con mi chico, si te parece bien.

—Sí, por supuesto que sí —Anxo asiente—. Después de cenar nos plantamos aquí con una botellita de güisqui.

—No, no —niego con la cabeza—, no traigáis nada, yo invito. Venid con vuestras familias y nos tomamos una copa para celebrar el año nuevo y para despedirnos de la casa.

—¿Cómo que despedirnos? Tú te quedas, ¿no? —Quien habla es Efrén, uno de los pintores.

—Bueno, hasta que venda la casa sí, claro.

—¿La vas a vender? —Anxela parece asombrada—. Tía, pues qué pena, es una casa muy guay.

—Ya…

Miro alrededor como si fuese consciente por primera vez de lo hermosa y especial que es.

—Ala, pues ya está, todo el mundo a currar o la fiesta de año nuevo va a ser una fiesta de «no te apoyes en esa viga que la pintura aún está fresca».

Indi da por terminada la reunión, pero Anxo se queda rezagado mientras su nieta se encarama andamio arriba hasta el tejado. Posa su mano, grande y fuerte, en mi hombro.

—Esta casa te pertenece, Amanda —dice con solemnidad—, y siempre será tuya, lo quieras o no. Conocí a tu abuela, una buena mujer, hizo mucho por mi difunta Herminia en sus últimos días, cuando los médicos ya no podían ayudarla más.

—Lamento mucho tu pérdida, Anxo. —Él niega con la cabeza.

—Solo te digo una cosa, Amandiña, cuando las raíces tienen claro dónde están, da igual lo mucho que uno se empeñe en trasplantarlas.

Sus palabras resuenan en mi cabeza durante el resto de la mañana, que dedico a concertar una reunión con las dos grandes inmobiliarias de Fene. Ya he trasplantado mis raíces en el pasado y lo haré de nuevo.