Diciembre de 2017 #5
Me coge de la mano y me conduce a trompicones por la escalera hacia la planta baja.
Oigo ruidos de martillos, pinceles y caladoras aquí y allá, pero no nos dirigimos hacia ellos.
Entramos en la sala. El suelo brilla como si fuese nuevo, no hay rastro de humedades, y los marcos de las ventanas y sus contras están recién pintadas del mismo rojo vino que tanto me gustaba de niña.
Todo parece estar en su sitio, todo menos…
—¡Mira lo que hemos encontrado en el cuarto de la costura!
La preciosa radio antigua es de madera de tres colores, una clara, como de pino, una rojiza especialmente bonita y otra muy oscura, casi negra. Los botones están amarillentos, pero en lugar de afear, imprimen carácter. El dial está desdibujado; en cambio, la aguja roja brilla tras el cristal.
—No hemos conseguido que funcione, aunque tampoco es que le hayamos dedicado mucho tiempo —dice Indi pasando la mano con delicadeza por la superficie pulida y suave—. Igual puedes llevarla a reparar o dejarla como decoración, ¿qué te parece?
Recuerdo esa radio vagamente, pero en mi memoria no está sobre el aparador del salón, sino sobre la mesita auxiliar junto a la mesa camilla.
Aún puedo oír el eco de la estática de fondo en los programas de copla, el género musical favorito de mi abuela.
Cuando la radio sonaba, cambiaba el ambiente.
Si estaba triste porque me había peleado con alguien en el colegio o la profesora me había regañado, o si mi madre tenía uno de sus días melancólicos, esos que ella llamaba rojos, en los que el mundo le parecía denso y pesado, mi abuela se acercaba a la radio,
le daba un golpecito y empezaban a emitir coplas de lo más animadas y pegadizas.
No recuerdo que mi abuela tocase nunca ningún botón o que moviese el dial.
Uno de sus dedos, siempre manchados de tinta, de polen o de la tintura de las semillas, artríticos pero firmes, daba un toquecito a la radio, y Conchita Piquer, Marifé de Triana o Imperio Argentina nos hacían compañía.
A veces también nos regalaba canciones tradicionales gallegas, el timbre profundo de Andrés Dobarro o una voz dulce entonando A saia de Caroliña.
En algún momento esa radio desapareció del salón. Me había olvidado por completo de su existencia y de lo bonita que era hasta hoy.
—Dios mío… —Me acerco con cautela al aparato y lo acaricio, sus formas redondeadas, y las cuatro patas que la elevan—. Ni me acordaba de ella…
—¿Pero sabías que existía?
Asiento con la cabeza.
—Tuviste que verla en la casa cuando éramos pequeños.
—No, qué va. Me acordaría.
—¡Aquí estás! —Uxía entra en el salón secándose las manos con un trapo de cocina—. Anda que si te espero para empezar a cocinar, comemos en julio, tía.
—Perdona, me he entretenido un poco.
—No protejas a este haragán —dice señalando a Indi—, que bien sé yo que te ha entretenido él con su descubrimiento. Pero como ahora el señorito tiene que ayudar a organizar la mesa para comer, ya lo pongo yo a andar.
Acto seguido se dirige a Indi con voz firme.
—Ayuda a los chicos a colocar el tablero y poned la mesa, que el guiso está ya casi listo. Amanda —se gira hacia mí—, ¿te ocupas de localizar sillas para todos? Somos siete, si no he contado mal.
—Ocho con ella —apunta Indi.
—Pues ocho. Ala, a currar, vagos.
Desmantelamos un poco el salón para colocar el tablero, y media hora más tarde estoy disfrutando del mejor guiso de choupa que he comido en años, rodeada de desconocidos a los que siento más cerca de lo que quizá debería.
La tarde se convierte en una vorágine de martilleos, zumbidos y traqueteos que me sobrestimula. Saldría al jardín a trabajar un ratito al aire libre, pero «el aire libre» en el diciembre de Ferrolterra no es precisamente acogedor.
—El taller —me digo a mí misma.
Cargo el portátil bajo el brazo y una taza de café en la otra mano, y con Trina enredándose en mi pasos me escabullo en la antigua leñera.
Las paredes de piedra de la casa aíslan el ruido de las obras.
Las piedras de colores y los frascos llenos de semillas y plantas secas refulgen con la luz del atardecer.
Huele a lavanda y a algo que no logro identificar pero que me calma.
Dedico varios minutos a tratar de poner orden en un Excel que se me resiste, pero mis ojos se escapan cada pocos segundos hacia el cuaderno de tapas verde oscuro.
—A la mierda.
Cierro el portátil y abro de nuevo el cuaderno. La caligrafía bonita y elegante de mi abuela vuelve a saludarme. La sucesión de letras y dibujos sin sentido altera la química de mi cerebro. Algo en este cuaderno me llama, y estoy decidida a descubrir qué es.
Dedico varios minutos a tratar de encontrarle sentido a las anotaciones.
Al principio sospecho que tal vez sea alguna lengua que mi abuela conocía, pero pronto esa hipótesis pierde sentido.
Mi abuela, su madre, la madre de esta y todas las generaciones de mujeres de mi familia hasta donde alcanza la memoria eran gallegas, no tengo antepasados de ninguna otra parte,
así que ¿por qué demonios iba mi abuela a tomar notas en una lengua extranjera y tan minoritaria como para que no me resultase ni mínimamente familiar?
Barajo la opción del rompecabezas, claro.
Tal vez mi abuela idease un código para mantener sus recetas de ungüentos, analgésicos y relajantes ocultas a miradas curiosas.
Pero en su taller solo entraban ella, Encarna y Anuncia, mi madre muy de vez en cuando y, de tarde en tarde, Uxía, Indi y yo.
¿Para qué codificar unas notas que nadie más iba a ver? Aun así, lo intento.
Aíslo palabras sueltas y trato de reconstruirlas reorganizando las letras.
Algunas logran tener algo de sentido, pero tras varias horas de trabajo deductivo, llego a la conclusión de que es una cuestión estadística: si coges diez letras al azar es factible crear con ellas al menos media docena de palabras que parecen encajar en el contexto en que deseas introducirlas.
Es ya noche cerrada cuando asumo que mi abuela jamás escribió ninguna receta real en su cuaderno. Sus remedios para la artritis, el insomnio o la migraña se han ido con ella a la tumba y a mí me han quedado un montón de plantas, hierbas aromáticas, flores y un cuaderno precioso e indescifrable.
***
La semana antes de navidad, la meteorología nos da una tregua. Tras una tormenta mansa pero persistente, que dura todo el domingo, el lunes amanece frío y despejado. Una de esas jornadas de invierno luminosas y agradables.
La luz inunda la cocina mientras preparo café.
Suena Florence + The Machine en el altavoz portátil que he colocado sobre la encimera, y Trina se ha tumbado sobre ella para disfrutar de estos inesperados rayos de felicidad tras dos semanas de lluvia.
Exprimo unas cuantas naranjas mientras se tuesta el pan que sobró del día anterior y sirvo las dos tazas de café con bebida de almendras en la mesa alta del centro.
Durante las últimas semanas, Indi y yo hemos convertido desayunar juntos en rutina, y la verdad es que me asombra lo fácil que me he adaptado a mi nueva vida.
Discutimos los avances en las obras, y cuando a las nueve y media llega el resto de la cuadrilla —más escasa a medida que los trabajos van concluyendo—, ellos se ponen manos a la obra y yo me centro en buscar trabajo,
completar las formaciones online a las que me he apuntado y encontrar posibles compradores para la casa.
A media mañana preparo café para todos y traslado mi ordenador al taller de mi abuela, donde procrastino muy a gusto mientras Trina ronronea en su camita, un enorme cojín que Indi ha confeccionado con unas mantas viejas rellenas de algodón. Las tardes son para la lectura.
Una rutina cómoda y cálida con su propia banda sonora de martillos y pulidora que me tiene anestesiada y feliz.
—Buenos días.
Indi entra por la puerta de la cocina, que abro cada mañana nada más levantarme, igual que la delantera; así me ahorro levantarme media docena de veces para abrir a cada miembro de la cuadrilla.
—Buenos días. —Le tiendo la taza de café y él se sienta—. ¿Qué toca hoy?
—Pues vamos a aprovechar el solecito para los últimos detalles, que, en realidad, es lo gordo: arreglar el tejado y pintar la fachada.
—Casi nada —digo metiéndome un arándano en la boca.
—En realidad, es menos de lo que parece. Los chicos han revisado todo con calma, para el viernes deberían haber terminado de sobra si el tiempo no lo impide.
—Vaya, y después, ¿qué?
—Solo quedará tratar las paredes del dormitorio de tu madre. Alarga una mano y atrapa la mía sobre la mesa—. Amanda, este viernes tu casa estará lista.
—¿Lo dices en serio?
—Totalmente en serio.
—No sé si me acostumbraré a estar sola aquí después de tanto trajín.
—Bueno, tienes a Trina —dice mientras acaricia la cabeza de la gata, que le ronda en busca de un trozo del pavo que acompaña sus tostadas—. Y, además, estoy seguro de que venderás la casa antes de lo que crees.
Durante unos segundos no decimos nada, tan solo masticamos, hasta que Indi da un pequeño respingo.
—¡Ostras, soy lo peor! No te he preguntado por el curro. ¿Qué tal va la búsqueda?
Niego con la cabeza.